De repente Facebook se convirtió en mi barrio. Salgo todos los días al muro y me encuentro vecinos, diciendo cual y tal cosa sobre la pandemia. Mis días transcurren transversal a los múltiples discursos que se disparan por mi pantalla. Se entrecruzan ante mis ojos viejas profecías, decretos de necesidad y urgencia, teorías conspirativas, conferencias de prensa, testimonios de desconocidxs, lecturas astrológicas, clases virtuales, audios de médicxs, y memes, muchos memes. Para complementar toda esa información, tres veces por día intento leer los portales web de los diarios “más importantes” del país.

Tal dispersión de información satura las costuras de mi capacidad de procesamiento.

No estoy siendo capaz de organizarla. Ni suministrarla. Ayer creí comprender aquella frase tantas veces escrita en la literatura: todo cambió. Confieso que antes me sentía incapaz de comprender tal nivel de radicalidad. Pero ciertamente por estos días, me asalta, como oleadas, la comprensión de aquellas dos palabras. Entiendo que no tanto por las condiciones impuestas por la cuarentena, sino por sus consecuencias dentro de cada subjetividad y, sobre todo, por los desafíos que plantea a los espacios intersubjetivos. Cuando se nos rompe un hueso, aprendemos el valor del esqueleto.

Cuando se rompe la normalidad, cuando ésta se interrumpe… ¿Qué es lo que podemos valorar? Es difícil valorar la normalidad, fundamentalmente porque es una sumamente desigual. Sin el motor en automático, aparecen ante nuestros ojos de manera más clara las fisuras, el movimiento se congela y la inercia no parece ser suficiente para poder seguir fingiendo semejante ceguera. El “párate” nos puso anteojos y los cimientos ya no son tan bonitos, ni seguros, y hemos de decir que jamás han sido justos. En el barrio virtual son usuales los posteos buscando recomendaciones para el entretenimiento, especialmente de series y películas. También aparecen links de bibliotecas virtuales abiertas, pero… ¿abiertas a quién? En el muro de mi barrio también una bandera que reza: “romantizar la cuarentena es privilegio de clase”. Este silencio tan prolongado en lo que nunca para pareciera una clara demostración. Quédate en casa. ¿Cómo se absorbe una misma consigna en superficies tan irregulares? ¿Cómo esperar que se escuche una voz donde nunca se miró? ¿Cómo convertir de un plumerazo en visibles a lxs invisibles? ¿Cómo se seduce lo arrojado? Aunque en las márgenes de los grandes centros realmente es costumbre tener ciertos accesos vedados. Esta tarde, cruzando necesariamente la cuarentena, vi personas en la calle y debo decir que bastante más de las que debería. Pero casualmente eran personas que no estaban violando ningún decreto, puesto que, así como andaban, deambulando, estaban de hecho permaneciendo en sus casas.

El virus Covid-19 viaja y se esparce en avión y la velocidad de uno. El virus del hambre, sin embargo, se contagia vía congénita y para llevar mejor las estadísticas se le acuñó el concepto de pobreza estructural. Hay una parte, una parte latiendo, que tenemos sesgada en nuestras percepciones diarias. Una insensibilidad que poco a poco se va configurando como un órgano más de nuestra anatomía. La increíblemente egoísta sensación, de que todxs gozan las mismas condiciones que nosotrxs y la falacia de que el acceso al mundo está garantizado para todxs. Exijamos, entonces, distanciamiento social para las familias hacinadas en una habitación. Hablemoles del hashtag #yomequedoencasa a lxs indigentes. Habilitemos urgentemente licencias a lxs changarines, extendámosle salvoconductos a los pibitos y pibitas triplemente huérfanos, de padres, del Estado, y de la sociedad, que encaprichadxs insisten en patear la calle en plena cuarentena global. Humildemente deseo que esta adversidad mundial nos devuelva más humanxs. Más conscientes de nuestras fragilidades, de que al mundo lo movemos entre todxs, de que nadie sobra, aunque se empeñen en asegurar lo contrario, que ya prefiramos salir con anteojeras para no ver.

Deseo que el inminente beso con el ángel de la muerte del algún modo nos despierte, como el príncipe a la bella durmiente, para ayudarnos a darnos cuenta por fin de que todo es un cuento, pero uno al que le faltan hadas. Que el miedo por nuestros viejos nos espabile el amor por la vida, que encienda las ganas de una familia más ampliada, de vínculos comunitarios. Creo sinceramente, que quienes tenemos el dichoso privilegio de acceder a la información, tenemos también la responsabilidad y el deber ético de educarnos, intelectual y espiritualmente. Alguien escribió en alguna pared de San Francisco: “Si el voto cambiara algo, sería ilegal”. Seamos entonces, cada unx, inmensos agentes de transformación. Y ojalá que el virus derribe todas las coronas, que sea el inicio del final de la palabra privilegio y que podamos hacernos cargo también de nuestra visceral necesidad del otro. De ese otro tan distinto, que con su diferencia no arriba, sino siempre para salvar o sanar, para salvarnos del verdadero y severo encierro y de la misma muerte.

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