Nos habíamos congregado en una iglesia con el ánimo de estar con la comunidad para celebrar lo que ellos y algunos de nosotros sentíamos como algo necesario e importante, la novena de navidad. Como estábamos acompañando a la comunidad, nos ubicamos en una banca contra la pared, entre el sacerdote y el pueblo, un poco distantes pero sin estarlo completamente, en un lugar donde podíamos verlo todo.

La celebración había entrado a la parte donde se le daba la comunión a los fieles. El cura estaba repartiendo las últimas hostias y nosotros aguardábamos. De repente y por mi lado derecho, lo veo desde atrás y por todo el centro, entre las alargadas bancas que estaban dispuestas en dos lados y por un ladito de los que habían recibido la comunión, intentando impulsar su silla de ruedas con languidez y con la única mano disponible y con los pocos dedos que podían hacerlo, y entonces recuerdo con precisión lo que sentí en ese momento, y puedo decir que es uno de esos pocos momentos en todas las vueltas al sol que he dado, muy pocos, que algo me detiene la vida, y qué felicidad decirlo, que algo tenga ese poder tan increíble de detener la vida, que nuestros reinados se caigan de vez en cuando y podamos entender que somos de carne pero que también somos movimiento y pausa y somos ritmo y punto cero y que esto es tan valioso como el mayor de los triunfos, porque aquello tiene ese poder de darle una pausa a lo que no lo tiene, de buscar un espacio donde no lo hay, de darle un lugar a algo.

Aquel hombrecito de la vida, poco a poco iba ubicándose al frente mío y él mismo me fue mostrando lo que trae un evento como este, el silencio, en el que no se oye nada ni el cuerpo pronuncia algo, porque dice aquí estoy. Cuando se ubica al frente mío, me doy cuenta de su discapacidad, porque mueve su cabeza como un péndulo sin armonía al tiempo que va retorciendo su cara, su boca, sus gestos y todo su cuerpo mientras intenta mover su silla de ruedas. Sigue de largo y se dirige hacia una columna que está en uno de los costados y se hace al frente de una figura de la virgen María. Después extiende con lentitud y tiesura su mano rígida y con los dedos doblados, toca sus piececitos mientras la mira desde abajo con una mirada colmada de frases, deseos y buenas intenciones, y con un brillo en sus ojos que yo veía claramente y que iluminaba todo el lugar. Luego de terminar, da la vuelta como puede y se va. Por una extraña razón que no entiendo, tengo un espacio vacío en mi memoria porque simplemente en un momento me veo abalanzarme sobre él, tomando la silla de ruedas por los soportes de atrás y sacándolo de allí y la otra imagen es su mirada que vuelve a verme y me sonríe desde su propia naturaleza.

Después de salir por la puerta principal de la iglesia, le pregunto hacia dónde debemos dirigirnos y le entiendo que tenemos que doblar a la izquierda y subir por la pendiente que es bastante empinada, y así, con todas mis fuerzas, empujo y ascendemos con dificultad unos veinte metros pero cuando estamos por llegar, me pregunto cómo él iba a subir esta cuesta que costó remontarla, sin embargo a esta pregunta sobrevino otra que hacía referencia a un cómo enorme y sumamente elocuente, que se hacía cada vez más grande y se repetía en mi cabeza porque cómo, cómo lo había hecho antes. Luego de esto, en esa esquina doblamos nuevamente y bajamos levemente por la calle según me indica él y unas cuantas casas después llegamos a donde vive. Como puede, él abre la puerta y entonces lo primero que escucho es la terrible tos de su madre, que se prolonga sin descanso y es una tos enferma, lánguida pero seca y que tiene un sonido que tiene que ver con lo infecundo o devastado en el cuerpo hasta el punto de ser estéril hasta el punto que desataba en quien lo escuchara, una inestabilidad que mostraba que ese cuerpo no tenía el aliento. Por un momento doy un vistazo a la casa y observo que son sólo unos cuantos metros de fondo y que hay ruina, que viven en la miseria más absoluta, que hay una vitrina a un lado en el que se exhiben algunos víveres a la venta y que me llevan a suponer que ambos sobreviven con lo que ganan. Reconozco en la pared del fondo, una máquina enorme que tiene como finalidad asar el pollo para venderlo a los comensales. Escucho la tos nuevamente y entonces sé que su madre languidece. Él se dirige al mostrador y hasta donde sus manos lo permiten, toma con su mano unos dulces, los saca y me los entrega. Yo miro esos bellos caramelos del cielo y quedo desconcertado porque no sé qué hacer, porque no sé si devolvérselos porque no soy nadie en su mundo, porque no he hecho nada para ganarme esos tesoros que a ellos les puede servir mucho más o recibirlos aunque sé que debo aceptarlos, entendiendo que pueden ser una fortuna para ellos, pero es precisamente esto lo que debo entender, que me está dando lo mejor que él tiene.

Luego de la corta visita, salgo de allí y vuelvo, pensando en todo lo que había visto y recordando que cuando salía de allí, alguien me había dicho que ellos tuvieron la necesidad de cocinar con leña, pero peor aún, que para salvar la vida de su hijo, comenzó a comercializar con aquella máquina que empezó a emanar un hollín que se fue metiendo por sus pulmones y los fue consumiendo. Voy llegando a la esquina entonces entiendo todo, entiendo que esa mirada llena de luces y que él le dirigía a la virgencita, hablaba de una súplica y de las frases que decían cuídala por mí, cuida a mi madre, es lo único que tengo.

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