El diario de Charles

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Alicia era la reina de corazones y había prometido cortarme la cabeza. Cheshire iba delante de mí indicándome el camino. El ejército de naipes nos perseguía. Si tropezaba o disminuía la velocidad sería mi perdición. Y pensar que estaba tan emocionado de volver a Daresbury, para volver a ver a mi Alicia. Recordaba sus ojos de zafiro y su cabello lacio, dorado. Me gustaba pasar mis dedos por él, mientras me contaba las historias de Infratierra, un país de las maravillas que sólo ella podía visitar. A veces nos quedábamos despiertos en la noche, hablando en voz quedita. Yo la escuchaba con el pretexto de poder abrazarla y oler su cabello. Me contaba sobre sus amigos, un conejo y una liebre y un vendedor de sombreros. Sobre una oruga que fumaba pipa y un gato que desaparecía a voluntad. Casi siempre era muy divertido, excepto cuando me hablaba de la reina de corazones, una malvada mujer que disfrutaba de decapitar a las personas.

Esperaba con ansias el fin de semana para verla, jugábamos todo el día y por la noche me contaba sus nuevas hazañas. Eso, hasta que crecí lo bastante como para que mi tía Margaret no me dejase dormir con ella. Alicia y yo nos distanciamos por entonces. Quizá más yo de ella, puesto que había comenzado a desarrollar ciertos sentimientos inapropiados, después de todo era mi prima y no había manera de que pudiera ser. Por muchos años dejé eso atrás. Hasta hace una semana que recibí la carta de mi tía, donde me preguntaba si sabía algo sobre ella. Cancelé todos mis compromisos del fin de semana y viajé a Daresbury.

Mi tía me dijo que últimamente hablaba acerca de convertirse en reina. Que había huido de casa dejando todas sus pertenencias atrás. Yo aún no podía creerlo. Esa noche me dejo quedarme en su habitación. Ya no era la habitación de una niña, no había tonos pastel, tampoco peluches. Estaba pintada de color marfil, con cortinas púrpura. Había un estante con algunos libros, El arte de la guerra, El príncipe y La Íliada. Cuando niña, Alicia era más del tipo de Julio Verne o Robert Louis Stevenson. Temía encontrarla y no reconocerla.

Salí al balcón, a tomar un poco de aire. El cielo era una hoja negra bañada de diamantina plateada, pero ni la infinidad de estrellas eran nada frente al brillo de la luna, enorme y espectral que me sonreía burlona.

—Seguro es el cansancio. ¿Una luna que sonríe? ¡Qué ridículo!

—¿Quién dijo eso?

Sobre la luna dos ojos felinos se materializaron. Giré a mi alrededor y sobre la barda del balcón vi una cola de gato. Sólo la cola.

—Puede que yo. Aunque también podrías haber sido tú — dijo un gato de rayas moradas y rosadas que apareció frente a mí.

—Alicia… Alicia me habló de ti. Eres el gato de Cheshire — dije yo.

—Vaya, y supongo que si estuviésemos en Liverpool sería el gato de Liverpool. Hay un pueblito en México que se llama La Chingada, que suerte que no vengo de allá.

—¿Estoy soñando? — le pregunté.

—Quizás esté soñando yo. O quizá seamos el sueño de alguien más y cuando despierte dejaremos de existir.

—Tú…tú puedes llevarme donde Alicia.

—Vaya, por fin alguien que sabe a dónde quiere ir. Sígueme — ordenó el gato.

Sobre las aventuras en Infratierra y de la travesía que pasé para llegar al palacio de la reina de corazones escribiré si regreso. Ahora mismo me estoy preparando para volver allá. Algo cambió a mi Alicia, algo oscuro, haré un último intento por traerla a casa. He escrito otro libro, para que el mundo la recuerde como yo: curiosa, gentil y aventurera. Lo he publicado bajo un seudónimo.

Publica este manuscrito en caso de que no regrese en un mes.

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