El verdadero error

Rosario estudió con ahínco durante los últimos meses para presentar el examen de selección de estudiantes de intercambio. Se angustiaba demasiado por los contenidos; repasaba sin cesar conceptos, fórmulas, reglas y excepciones por muy cansada que estuviese. Consultó las guías en línea del instituto; comparó sus dudas con las de sus compañeros para así encontrar los errores más comunes entre su grupo e identificar los que trabajaría más de la cuenta antes de presentar el examen. Solicitó tutorías personalizadas del mismo modo. Su plan de trabajo dio resultados inesperados: no solo pasó la primera fase, sino que aplicó a una beca para estudiantes sobresalientes. Ella no lo podía creer. Recibió unos días antes del examen presencial, la última etapa, una guía con el temario a estudiar. La lectura fue muy extenuante porque incluía lenguaje no verbal y un vocabulario que no había conocido por ella hasta ese momento. Aunque se apoyaba del diccionario, los textos y las ilustraciones eran difíciles de traducir. Leyó hasta al final de las lecciones, fatigada, una y otra vez. Un día antes del examen encontró, al final del libro, unos anexos. Aunque los consideró de poca importancia, porque no eran más de cinco páginas, los leyó e hizo anotaciones. Encontró algo que le llamó tanto la atención, que lo marcó en rojo. Al día siguiente, camino a la sede, repetía lo que había subrayado como si fuese un mantra o una letanía. Una vez en ahí, la ansiedad se incrementaba lenta, pero ininterrumpidamente con el avance de los turnos. Era la decimoquinta examinanda de veinte. Llegado su turno, con las manos sudorosas, se presentó antes los evaluadores. Estos plantearon sus preguntas de forma parsimoniosa, sin gestos ni expresividad alguna. Ella respondía las preguntas sin dificultad, a pesar de estar muy nerviosa. La expectación entre los demás aplicantes y los examinadores, crecía cada vez más. Se respiraba un ambiente tenso: con ella el examen había durado más de lo habitual y existía una razón muy importante detrás. Los examinadores no hablaron entre sí, pero se comunicaban por unas papeletas que se daban mutuamente. Todo esto sin mostrar el más mínimo asombro o impresión por los gestos de sus caras. Llegó la última pregunta, una que no habían formulado hasta ese entonces. Una pregunta con respuesta en rojo. Pasaron 10 segundos y los puños de la estudiante se cerraron. Se escuchó una frase, con voz muy débil, sucedida por un silencio.

Pasaron dos semanas después y Rosario estaba muy inconforme consigo misma por su desempeño durante el examen. Tanto, que descuidó sus deberes escolares. Su madre, al ver que estaba muy absorta, le pidió que limpiara el buzón de correo. Lo hizo con desánimo, pero de buen modo. Entre la correspondencia habitual encontró un sobre con remitente desconocido. Intrigada, abrió la misiva, leyó y lloró con un sentimiento mucho mayor: había obtenido la beca y estaba citada en la embajada para ratificar la carta de aceptación el 5 de septiembre. Pero estaba leyendo la notificación el 6.

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