Elvira y sus invitados

Como cada tarde me senté en la vieja mecedora del porche. Ese era mi momento preferido del día. Cuando el sol se ponía lentamente, se adentraba entre dos encinas quedando enmarcado en ellas. Como si los dos árboles pretendieran evitar su solsticio y apurar unas horas más a la fuente de vida que suponía este astro.

Mi marido siempre decía que esas encinas éramos él y yo. Que al igual que ellas, estaríamos juntos toda la vida. Yo le miraba y le decía que era un romanticón, pero en el fondo me gustaba que me dijera esas cosas y observaba a las dos encinas con un cariño especial.

Mi porche no era muy grande, pero para qué necesitaba más. En él podía tener mi mecedora y una mesa. Antes estaba lleno de plantas de todo tipo, helechos, de gitanillas de todos los colores. Pero hace un tiempo mi marido se empeñó en que las plantas me daban mucho trabajo y que yo ya había trabajado bastante cuando teníamos las vacas. Así que las plantas comenzaron a desaparecer poco a poco.

Sentada en el porche el tiempo se detenía. Creo que me gustaba tanto ese momento del día porque era el único en el que conseguía no pensar en nada, tan sólo observar el horizonte y la silueta de mi marido, siempre agachado y batallando en el huerto en el que tantas horas pasaba.

Allí en ese porche, por fin mi cabecita descansaba, el pensamiento se detenía y disfrutaba de mi momento de soledad . Bueno soledad a medias, porque siempre que salía al porche se acercaba a mí ese maldito perrancano color negro. No sé de dónde había salido, pero siempre se colocaba a mis pies y me miraba con ojos de adoración, como si de la Virgen María se tratase. Siempre aparecía a la misma hora. Quizás necesitara también su momento de soledad.

Mi marido Antonio cada vez estaba más pesado, últimamente me seguía a todas partes, siempre que me daba cuenta lo tenía detrás de mí, observando lo que hacía y ofreciéndome ayuda. Ayuda él, ¡Ja!. Estaba claro que de los dos, yo siempre había sido la fuerte, pero eso no se podía mencionar. Imagínate, le hubieran tratado como un pelele al pobrecito. En nuestra época los hombres tienen que disimular que mandan y las mujeres que obedecemos. Cuándo él me conoció ya sabía de mi carácter y fortaleza, y como ya lo sabía, nunca intentó domarme porque hubiera galopado rápida.

Pero Antonio, ¿no tienes que ir hoy la pueblo? Los lunes mi marido solía bajar al pueblo con su vieja bicicleta para comprar algunas de las pocas cosas que no podíamos conseguir en el campo, como esas malditas vitaminas que se había empeñado en que yo tomara. Qué pesado, siempre con la pildorita en la mano. Y como la leche. Mira que vender las vacas, a quién se le ocurre. Toda la vida bebiendo y comiendo queso de verdad y a mi marido se le ocurre vender las vacas. Creo que se está haciendo mayor y no quiere reconocerlo. Imagínate, me dice que ya bajó ayer al pueblo y trajo aceite y arroz. Será embustero.

Vivíamos en una casa a unos 15 km del pueblo. Y así lo prefería yo, al estar retirados nos librábamos de vecinos chismosos, ruidos en la calle, niños correteando. A mí que me dejen de tanto ajetreo que yo estaba muy tranquila en mi casa. Además el pueblo cada vez crecía más y más rápido. Parecía como si la gente tuviera una competición para ver qué casa era las más bonita o la mejor pintada. Ya no era como antes, cuando todo el mundo tenía lo mismo y todo se compartía. Ahora la gente se había vuelto egoísta y egocéntrica. Se creían que sabían de todo y no sabían de nada, y eran expertos en repartir consejos cuando nadie se los pedía. Así que ya hacía tiempo que había decidido no bajar al pueblo, porque no se me había perdido nada por allí.

El alimento nos lo daba la tierra, los animales, el sol. Mi marido y yo alimentábamos el alma con la tranquilidad y la rutina.

Pero esa rutina duró poco tiempo. Un buen día, al atardecer, mientras descansaba en mi mecedora escuché un coche llegar. En ocasiones venía el médico a verme, por expreso deseo de mi marido. El coche aparcó en la zona de las cuadras, donde antes teníamos las vacas y Antonio fue hacia él.

Tardaba en volver, pero este hombre mío se enrollaba como las persianas. – – Pues sí que están habladores hoy -pensé.

Cual fue mi sorpresa cuando vi aparecer a cuatro personas junto a mi marido. Un chico moreno, delgado, con gafas, así como paliducho. No dejaba de mirar al suelo, como si le diera vengüenza. Una mujer enérgica, con melena rizada y larga de color como naranja. Ojos verdes, boca pequeña y mirada felina. Esa no miraba hacia el suelo, esa miraba de frente, de arriba a abajo diría yo. Un muchachito de unos doce años, delgado como un palillo, con un flequillo largo hacia el lado que le tapaba media cara. No podía ver hacia donde miraba porque no levantaba la cara de un aparato cuadrado que llevaba en las manos. Movía muy rápido los dedos. Y una niña de unos seis años. Era muy parecida a la mujer, pero con el pelo negro y con una mirada diferente. Cogía de la mano al hombre y sostenía una pequeña maleta.

Los cinco allí , delante de mí en el porche. Antonio vino despacio hacia mí y me llevó dentro de la casa:

– ¿Quiénes son esos Antonio?, ¿Qué quieren?- pregunté.

-Elvira cariño, es una familia que han tenido un problema con el coche.- respondió Antonio comenzando a sudar.

-¿Y qué? ¿Si han venido en coche qué problema tienen?-

-Pues han conseguido llegar de milagro, porque tienen un problema muy grave en el motor. Y como ya está anocheciendo…-

¿Qué?- Me lo veía venir, me conocía la mirada de bonachón de mi marido.

-Pues que van a quedarse aquí.- Me dijo desviando la mirada hacia el suelo y quitándose la boina al mismo tiempo.

-¿Cómo que se van a quedar aquí? ¿Tú te has vuelto loco verdad?- Comenzaba a notar ese fuego que me subía por el estómago cada vez que me enfadaba. -Que se vayan al pueblo Antonio, o ¿es que acaso somos un hotel? ¿Somos una pensión, Antonio? Si lo somos ¡dímelo! Porque me gustaría saberlo. Si no los conocemos de nada. ¿Y si nos roban?-

-Pero ¿qué nos vas a robar, Elvira?- Antonio alzaba las manos como un sacerdote cansado.

-No sabía que eras tan desagradecido, tenemos mucho Antonio, mucho. Durante la guerra no tuvimos nada, ¿acaso no te acuerdas? ¿Acaso has olvidado el hambre que pasamos? Sí que olvidas rápido.-

-No olvido Elvira, no olvido cariño. ¿Te acuerdas cuando ayudamos a tu tío Herminio a esconderse de los nacionales? Pues esto es lo mismo, es una buena acción. ¿Cómo vamos a dejar que se vayan andando al pueblo, si ya casi es de noche.? Que se vayan cuando arreglen el coche. Si sabes que aquí sobra sitio.- Todo esto me lo decía aguantando mi enfadada cara entre sus rudas manos curtidas de tanto trabajar el campo.

Siempre sucedía lo mismo, yo gritaba y Antonio me hacía entrar en razón. El pobre salió fuera, cuchicheó algo con los visitantes y estos entraron. La mirada de la mujer me inquietaba, era como prepotente. Yo sólo pensaba: serán unas horas y ya está.

Subieron las escaleras, Antonio les enseña la parte de arriba de la casa. Nosotros no la utilizamos, a mí me cuesta subir las escaleras y nosotros tenemos nuestra habitación abajo. A veces la casa se me hace demasiado grande. Los invitados suben. Escucho pisadas y como la mujer habla con el hombre.

-Ya está cariño, no le des más vueltas. No puedo hacer nada. No me agobies por favor, vamos a ver cómo va todo- escucho decir al hombre.

Está claro que esa mujer tiene un carácter fuerte y que el hombre es un bonachón. Baja muy dispuesta por las escaleras preguntando qué dónde están las sábanas y las toallas. Pensión completa, oye.

Lo mejor viene a la hora de la cena. Se sientan en la mesa y la susodicha comienza a sacar una especie de cajas con comida dentro y pregunta por un aparato para calentar. No he visto a nadie que ande por ahí con la comida. Que dice que su hija no sé qué no puede comer. Lo mira todo de reojo como con cara de asco.

El hombre en cambio está hablando con mi marido de lo bueno que son los tomates y los huevos de gallina. Este mozo es más apañado. El chiquillo pregunta por no sé qué de una guifiii. Y la madre le dice que no tenemos de eso. ¿Y ella qué sabrá lo que tengo o no tengo yo?

Mi marido empeñado en hacer la cena y en agradar a estos intrusos. Yo qué sé, a la mejor estaba aburrido conmigo y por eso se alegra de tener a alguien más. Estoy deseando terminar para irme a la cama, incrédula de mí, sin saber que lo peor estaba por llegar.

A la mañana siguiente me encuentro a la bruja piruja del pelo rojo, con unos guantes hasta los codos limpiando todo como una energúmena, como si no hubiera una mañana, dice que es alérgica al polvo.

-Antonio, Antonioooooo.- llamo gritando a mi marido. -Fuera. Fuera de mi casa. Que se vayan, pero ¿quién se ha creído qué es esta para venir a mí casa y llamarme guarra?-

-Y te escucho cuchichear cosas de mis tierras… – le grito en la cara a la bruja usurpadora. -¿Qué quieres de mi?

Noto como mi corazón late más deprisa de lo normal, sólo quiero que se vayan y volver a sentarme tranquila en mi mecedora. Mi marido no deja de recordarme que hay que ser buen samaritano y me persigue por casa con la dichosa vitamina en la mano. No entiendo como este hombre mío puede confiar tan rápidamente en las personas. Si no nos gustan. Por eso decidimos vivir lejos del pueblo. Porque no te puedes fiar de las personas.

El hombre paliducho sólo sabe mirar al suelo, al niño del flequillo parece que le ha dado un aire, tiene en la cara un rictus permanente. No sé si está contento, enfadado, triste, si tiene hambre.

La niña, la niña está sentada en el suelo, junto al perro negro, al lado de la mecedora. Da unas palmadas en el cojín para decirme que me siente. Está jugando con unas muñecas rubias con las tetas grandes. Cuando yo era pequeña las muñecas eran de cartón.

Mi marido, la bruja pelirroja y el flojo hablan en la cocina, bajito, la bruja levanta los brazos y el flojo parece que está a punto de llorar. No sé lo que pretenden, pero cada vez estoy más cansada. Necesito volver a la tranquilidad, necesito que mi cabecita deje de pensar, no quiero pensar.

Me siento en la mecedora, agotada. Hoy está el día nublado, se está bien. La niña se levanta del suelo y comienza a acariciarme el pelo con mucha dulzura, con mucha suavidad. ¿Será posible que hayan enviado a la niña para distraerme? Sé lo que intentan. Quieren quedarse con la casa. Han engatusado a mi marido y nos van a echar. Pero no se lo voy a poner fácil. No saben con quién están tratando.

La niña me sigue mirando con una mirada especial, como con cariño. No lo entiendo, por un lado me calma, me da paz; ahora me acaricia la mano, me dice que las tengo arrugadas, me acaricia la cara. No puedo dejar de mirarla, estoy como hipnotizada. Pero no me puedo dejar engañar. Definitivamente no, ésta es mi casa y nadie me echará de ella.

Me levanto, el perro negro ladra, y eso es raro porque nunca ladra, he llegado a pensar que era mudo. Los tres siguen hablando y conspirando en la cocina, no se dan cuenta ni de que paso a su lado, de que escucho que dicen : os tenéis que ir, os tenéis que ir.

Voy a la habitación, debajo del armario. Allí está, silenciosa y oculta nuestra tizona de ojos negros, la que tantas veces hemos utilizado para ahuyentar a los lobos. La sujeto todo lo fuerte que puedo entre mis manos, mis brazos ya no aguantan como antes.

Los sorprendo en la cocina.

-¡Fuera, ahora mismo! ¡Fuera!- grito más nerviosa que nunca, pero la adrenalina hace que me mantenga en pie. Señalo con la escopeta directamente a la bruja del pelo naranja.

-Está loca.- balbucea ella. -Está loca. Te lo dije, te dije que no era buena idea venir, te lo dije.- le grita al bobalicón que no puede articular palabra.

-Elvira por el amor de dios, baja la escopeta- me dice Antonio -Por dios te lo pido, baja la escopeta. Te lo puedo explicar.-

-¿Explicar qué, Antonio? ¿Qué vas a dejar que estos dos nos echen de casa?- Noto como la boca se me seca y la cabeza me baila. Una pequeña niebla aparece en mis ojos, y la escopeta cada vez pesaba más en los brazos. De repente todo se pone negro.

Unos pequeños golpecitos en la cara y no dejo de escuchar la palabra “por favor” “por favor”. Cuando abro los ojos, el flojo está arrodillado a mi lado, llorando. Es él que no deja de decir “por favor”. Me agarra la mano fuerte, llora, llora con mucho sentimiento; Antonio está blanco del susto, la bruja pelirroja habla con alguien, el del flequillo no sé dónde está y la dulce niña en ese momento se acerca. Está asustada, pero se nota que es fuerte y valiente. Se arrodilla junto a mí, me acaricia de nuevo el pelo blanco, la cara, y entonces se acerca a mi oído para susurrarme: -Qué pena que no te acuerdes de mí abuela, Elvira. Pero yo sí que me acuerdo de ti.-

3 thoughts on “Elvira y sus invitados

  1. Precioso cuento, tengo el honor de conocer a la autora, Julia Baviano, y ha sido como si me lo contara ella en persona.
    Tenemos que querernos más y ayudar más a las personas con Alzheimer, debe ser muy duro.

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