El amor nos hace cometer estupideces, yo, por ejemplo, comencé a frecuentar restaurantes mexicanos teniendo los intestinos delicados. En serio, ¿qué pasa con ésta gente que le pone chile a todo? Digo yo, ¿el biberón se los preparan con algún condimento también para comenzar a entrenarlos? ¿Lo peor? Que es una jodida delicia: chilaquiles, sopas, tacos, enchiladas…, ¡Ah!, y las mujeres.

Ella me preguntó al menos cinco veces si estaba bien. ¡Dioses! Era tan bonita con su carita prieta y mejillas redondas, unos ojitos achinados y el cabello lacio y largo, negro negro. Mis vísceras hacían lo posible por interrumpir en la conversación y hablar por mí con su gorgoriteo continuo y sentía que si me reía muy fuerte algo más que aire saldría por la puerta trasera, ¡vamos!, nadie quiere cagarse en una cita. Apreté. ¡Aguanta, aguanta!, me decía mientras cruzaba las piernas.

Pedí una limonada sólo para ver si me ayudaba a calmarme, pero, ¡coño!, que la méndiga tripa estaba suelta y como feria de pueblo. Rogué porque no se oliera nada, me pareció ver un deje de gesto en su nariz, como contrayéndola tras oler algo desagradable: yo; la mesa de atrás no se quejó al menos, creí que no era tan malo. Tras ese pequeño y silencioso alivio me sentí más tranquilo por unos minutos más, pude apresurar un poco la despedida y llevarla hasta su taxi. Lo vi en sus ojos, vi que esperaba un beso al menos, pero no quería besarla así. ¡¿Cómo?! Con una bomba de mierda a punto de explotarme en los intestinos. Le di un beso en la mejilla, y le rogué que me escribiera cuando llegara a casa porque nunca se sabe, no quisiera ver su fotografía junto con el slogan de “DESAPARECIDA”.

El trayecto en autobús era una auténtica tortura. Salto, pedo, salto, pedo, soca, soca, que no salga. Abrí la ventana para que entrara algo de aire y poder evitar que alguien se diera cuenta de lo que me pasaba, en cambio los pasajeros de los asientos traseros se quejaron.

—¡No se caguen en el bus! —gritó alguien, y para mitigar las sospechas me quejé también, cubriéndome la nariz con la camisa como hacían otros. Ahora, todos se miraban unos a otros con sospecha y yo ocultada mi cara de vergüenza, me sentí como un criminal haciendo una fechoría y saliéndose con la suya: ¡John Dillinger, señoras y señores!

Pero el trayecto llegaría a su fin y tendría que hacer la caminata más larga de mi vida. Ningún maratonista, ningún deportista olímpico o uno de esos fit o bodybuilders podrían haber hecho lo que yo hice en esas dos cuadras desde la parada de autobús a mi casa. Por cada tres pasos tenía que detenerme agarrarme de un poste o un buzón de correo e inclinarme para apretaaaaaaaar, luego un par de pasos más y se salía algo entre húmedo y aire. Era noche ya, pero había una que otra persona.

—Buenas noches —decía, deteniéndome a ver la pantalla del celular para esperar a que pasaran, sólo entonces comenzaba con mi caminata lunar. Por la sombra proyectada en el suelo podía ver que mi caminar me hacía ver como un amanerado o como un bailarín de los cincuenta, sólo yo sabía lo que sufría por dentro.

Llegué a mi edificio sudado, temblando y sin sangre en las mejillas, si pudiera concentrarme en cualquier otra cosa como en ese momento me concentraba en no cagarme encima, les juro que sería el puto maestro Yoda. Pensaba ir directo al elevador, pero el portero me detuvo. Raúl siempre tenía la tendencia a charlar sobre deporte cuando me veía o a pedirme consejos sobre cómo cuidar el cabello, ¡vamos, hombre, a los cuarenta y cinco la calvicie no se arregla con nada! Raúl, ya deja de hablar que me cago, por favor. Raúl, si se me sale un pedo te lo hartas. Raúl, tengo un leño atorado en el horno, ¡apiádate de mí, hombre!

Para cuando el elevador se abría y me dejaba caminar a mi apartamento ya sentía la cabecita, supongo que así se sentiría ser cogido desde dentro hacia afuera. Las manos me temblaban y las llaves casi se me caen, cuando logré abrir la puerta hasta la dejé abierta y me lancé a obscuras por la sala, soy de los que conoce su casa y sabe dónde deja cada cosa así que no fue problema llegar hasta el baño.

Veía luz por fin, veía esperanza y alivio para el afligido, las puertas del cielo y a San Pedro recibiéndome, tal vez me reprocharía por la mancha café en los calzoncillos. Cuando mis nalgas peludas recibieron el beso frío de la taza del inodoro mi tortura llegó a su fin, exploté en placer y calma vaciando mi interior como nunca lo había hecho, como una unción del cielo que me elevaba hasta un estado superior del alma y del cuerpo, un sublime orgasmo que me salpicó todo el culo e hizo eco en el cuarto de baño durante varios minutos.

Cuando recobré el sentido también la noción de que había dejado la puerta principal entreabierta y la luz apagada. El mundo era distinto de pronto, la vida me parecía más bella, más luminosa y perfecta, no había para mí tristeza ni amargura, todo estaría bien, de eso estaba seguro, así que no me preocupé por la puerta. Me quité el pantalón, los calcetines y los zapatos, en el orden coherente, tiré el calzoncillo manchado a la basura, y, es que uno no sale de una para meterse en otra: ¿Por qué, Juan Manuel? ¿Por qué eres así?, me pregunté cuando vi que en las compras del día no había papel.

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