—Te mereces lo mejor. —Es lo que decía cada mañana al traerme el desayuno a la cama, hoy no fue la excepción. Cuando pregunté por la enfermera me dijo que no había venido, pero que todo estaría bien, él me cuidaría lo que restaba de la recuperación—. Vamos, pruébalo —insistió, señalando el desayuno, sus ojos brillaban con emoción con cada bocado, repasaba sus labios con la lengua cuando la grasa del guisado empapaba la hogaza de pan y luego escurría por la comisura de mi boca. En nuestro matrimonio, Pablo era el cocinero, y era bueno.

Afuera llovía, no se veía nada a más de diez metros y no es que hubiera mucho qué ver, llevábamos dos meses en esa residencial entre cincuenta hectáreas de bosque y diez semanas de casados apenas. Lo amaba, sí que lo hacía, él era encantador, escuchaba, siempre escuchaba, y me daba lo que necesitaba, no hablo de dinero o lujos sino de emociones y atenciones, pero sí, Pablo sabía manejar el dinero. Me deslumbré con su encanto y seis meses después le di el “sí, acepto”.

—La cena —dijo a modo de introducción. Noté que estaba un poco más pálido y tenía la frente con el brillo aperlado del sudor, llevaba la bandeja en manos con un fino corte de carne en una salsa sonrosada y olorosa a orégano, espárragos salteados con pimienta negra y paprika y unas tiras de pan frito con especias; a un lado un zumo de naranja recién exprimido. Desde la operación de apéndice no lo veía comer conmigo, siempre lo hacía solo, si es que lo hacía.

—¿Te sientes bien? —le pregunté, alargando la mano hasta su frente, pero no tenía fiebre. Él la retiró con suavidad tras dejar frente a mí la bandeja, y besó la punta de mis cinco dedos, uno a uno, deteniéndose a lamer el meñique.

—Estoy perfecto. —Pero temblaba—. Come.

Obedecí, sus ojos tenían el deje de admiración felina cuando el cuchillo atravesó la carne y el tenedor se acercó a mis labios, probé, la carne estaba tan suave que se deshacía en mi lengua. Él sabía cuál era mi término preferido.

—Es lo mejor que he probado hasta ahora —dije, limpiando la comisura de mis labios con la servilleta—. ¿Tú no comes conmigo?

—Come tú —respondió, ésta vez se estremeció como si una ráfaga de aire frío le entrara por la espalda, se relamió los labios y creí que su mirada era por el deseo sexual reprimido por tantos días—. ¿Lo estás disfrutando?

—Sí, mucho —respondí con la boca llena. La salsa y los espárragos hacían un equilibrio perfecto de sabores, permitiéndome resaltar el gusto de la carne en la lengua, las tiras de pan obtenían la reacción explosiva con el toque de ajo en ellas, cuando menos lo esperaba, ya tenía más de medio plato vacío. No sabía por qué después de la operación tenía tanto apetito.

El suelo se sacudió con un rayo, había caído demasiado cerca de la casa, quizá cien metros. El estruendo me causó un sobresalto, grité y di un bote al punto de botar la mitad del zumo sobre el plato, arruinándolo por completo, incluso sentía el camisón adherido a uno de mis senos, pero no podía verlo. Pablo encendió la linterna de mi teléfono, chasqueó la lengua al ver el reguero en la bandeja, siempre en control.

—Es una pena, no creo poder hacer otro corte así de nuevo —lamentó, retirando la bandeja de mis piernas para dejarla en el buró, con la servilleta se apresuró a limpiar mi seno.

—Perdóname, amor, cuando pidas la despensa puedes encargar otro corte —respondí, sintiendo un escalofrío por el roce de la tela. Mis pezones se erizaron, Pablo lo notó y se inclinó para llevar uno a su boca, pensé que lo llenaba la lujuria.

—No tiene caso, lo disfrutaste, es lo que importa. —Cerraba los ojos cuando respondía y lamía el pezón, haciendo círculos con su lengua; recostado boca abajo como estaba pude ver su espalda, la camisa blanca sencilla tenía una mancha escarlata en la parte baja. El cielo se iluminó con otro relámpago y la mancha se hizo más grande. Aparté sus caricias sujetando sus cabellos azabaches, rizados y tersos.

—¿Te lastimaste? ¿Qué pasó? —pregunté, pero él sonrió. Juro que su sonrisa fue tan amplia que tocó el nacimiento de sus orejas y los ojos le brillaron negros por completo, o eso me pareció a la luz de los rayos, ya no estoy tan segura de qué pasó.

—Todo lo hago por ti, te mereces lo mejor, mi amor —explicó sacándose la camisa y girándose de medio cuerpo. Un cuadro de tela y gasas arropaba su abdomen bajo y su espalda, incluso parte del glúteo—. Fue difícil obtener un corte limpio, temí que la anestesia no fuese suficiente, pero sabía que tenía que hacerlo por ti.

—Pablo… ¿Qué… Qué hiciste? —Me olvidé que era yo la recién operada e intenté incorporarme para ver su herida, pero él se alejó de mí, de rodillas en la cama me mostró las manos abiertas y esa sonrisa tan larga larga.

—Todo lo hice por ti, y lo disfrutaste.

Miré la bandeja de comida en el buró, luego a él, tembloroso y pálido, la mirada embriagada por el éxtasis. Él estaba feliz cuando di arcadas sobre la cama, pero el dolor punzante de la cirugía evitó que vomitara, tosí entonces y fue peor. Pablo, o quien quiera que sea, intentó acercarse a mí y sujetarme con palabras y movimientos lentos.

—¡No me toques! —gruñí, intentando alejarme de él.

—¡Shh! No te preocupes —me susurró en la oreja justo antes de lamerla, su lengua me pareció más larga que nunca—, falta mucho para que estés en tu punto, mi amor.

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