Encerrados II

Una colaboración de La Pandemia de la Desinformación

I

Como árboles, todos plantados en casa. Como animales, deseando ser libres. Como agua, queriendo fluir libremente. Como aire, anhelando resoplar en todo lugar. Así, los humanos se quedaron encerrados, deseando ser todo, menos humanos.

II

– ¿Qué puedes ver cuando todo es igual? Dime, ¿qué ves cuando todo es lo mismo? Volteas a un lado y es igual, volteas a otro lado y siempre lo mismo; así se siente.
Después de aquella charla con el hombre ciego, el joven ya no se quejó de estar en casa.

III

La luz era tanta que no podía caber en sus ojos. Es como si no conociera nada, como si fuese una extranjera en la calle que la vio crecer. Tuvo que taparse la cara, el sol la quemaba. Dio tres pasos y las piernas se le doblaron.
Todos parecían estar igual, desorientados. Caminaban lento, como queriendo sentir el aire limpio. No habían pensado que volverían a salir.
De pronto, la chica de piernas débiles se sintió tan feliz, que ya no regresó a su casa más que a morir de vieja.

IV

La pandemia no se detuvo. Se infectaban cada vez más, pronto no tuvieron escapatoria. La vida se les hacía corta, no sabían qué hacer, se contagiaban más y más. No había un patrón de síntomas, siempre era diferente; los médicos diagnosticaban el virus “desinformativo” para todos.

V
A Cindel

La ochentena encadena, almacena y nos envenena.
Ella espera, no se altera porque quiere estar afuera.
Se conmueve, se decide y ataca a la ochentena.
En un abrir y cerrar de ojos, la ochentena se aligera.
Así, ella conquistó lo que parecía convertirse en una noventena.

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