Entre “Las Meninas” de Velázquez y el “Guernica “de Picasso

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Así como Thomas Lawrence manifestó la consigna de “la filosofía en la pintura”, nosotros haremos lo propio con respecto a la dimensión política de esta última. Se propone un pacto lúdico, donde usted, ante las obras mencionadas, dirá cuál le gusta más por las razones o sinrazones que fuesen, y nosotros, desde nuestras conjeturas, le diremos qué vemos de su gusto o cómo se traduce su elección estética en una opción política. 

En Las Meninas de Velázquez, el observador no sabe dónde ubicarse con respecto al cuadro, ni cuál es la figura central a la que prestarle mayor atención, preso ya de esa necesidad inexplicable de encontrarle un sentido al arte (situación que nos lleva a emparentarlo con la vida misma, encontrarle un sentido por más que no lo tenga, y de aquí su vinculación con lo filosófico: el canal más preciso e inexacto para brindar sentido).  Todos parecen querer invitarnos a estar dentro del palacio. En el lugar que fuere y con la función que sea, pero la clave parece ser invitarnos a estar dentro. Posiblemente, la figura de los Reyes, en el famoso juego de espejos, contra-espejos  y retratos, sea la más incómoda, como para definir en dónde ponemos a la Realeza. Una pregunta que ni España ni Europa han definido, ni con precisión ni con armonía, y que siempre despierta tensión, como en el cuadro, y como en la historia. Velázquez parece exhortar al espectador: que ponga esa presencia de acuerdo a como la observe, como la sienta o como la quiera, pero independientemente de donde, será una imagen ineludible e insorteable. A quien lo mire, el cuadro le despierta el gusto, el deseo de pertenencia o de querer estar dentro del palacio, donde incluso está hasta el propio artista; se trata de una invocación a formar parte de lo palaciego, de lo intramuros, de situarnos en cualquier lugar, por más que no sepamos donde, ni siquiera la conveniencia o la razón del porqué. Nada ocurre afuera, todo está dentro, y lo metafórico excede propiamente a la realeza y a sus cortesanos. 

El Guernica de Picasso, es el otro rostro de la simbología propuesta, como contracara, contraparte o anverso y reverso de lo mismo y lo diferente. Internacionalizado el pequeño pueblo vasco cuyo nombre da título a la obra, podríamos arriesgar que se transformó, en un cierto sentido, en una pintura profética, en relación precisamente a la conflictividad vasca y al alto grado de violencia irracional desplegada, aún en tiempos democráticos. La tensión en el cuadro es más que evidente, incluso desbordante, tanto en sus colores (o en sus no colores, más allá del blanco y negro, y su combinación grisácea) como en sus símbolos cincelados. Es más que obvia y harto estudiada la referencia a la llamada “Guerra Civil Española”, así como a los primeros pasos de lo que sería englobado bajo el mote de “franquismo”, el cual aún no ha sido debidamente revisado por las autoridades judiciales de las diferentes partes de España ni de occidente en general, ciegas ante el hecho de que bajo argucias varias, se hayan perpetrado crímenes de lesa humanidad que ni la democracia ni el capitalismo debieran tolerar o pretender enterrar bajo lo fatuo e injusto del olvido. Es imposible no sentirse interpelado por el Guernica, no reaccionar ante lo que nos propone Picasso, quién indefectiblemente cumple con su propuesta, cuando afirma que la obra es “un instrumento de guerra, ofensivo y defensivo, contra el enemigo”.  Podríamos decir que la obra de arte dibuja todo el afuera, no existe ningún adentro; el cuadro, incluso como secuencia o tríptico, no deja de ser una intemperie que nos conduce a todo lo que no está en un sitio seguro, sea este una casa o un palacio. 

España, la Españolidad, Iberoamérica, Europa y Occidente, pueden leerse en los dos cuadros mencionados. Uno del lado del otro, en sus entradas y salidas, en sus adentros y afueras, en sus tensiones, en sus profecías, en sus texturas, en sus colores, y por qué no, en los olores y sensaciones que puedan despertar. 

Seguramente no se tratará de hacer trampa en el juego propuesto, sea que le guste alguna otra pintura, la tenga como preferida o le resulte más cercana o familiar. Ante tal variante o posibilidad, sugerimos la obra Sin pan y sin trabajo de Ernesto de la Cárcova,  pintor argentino que nos remite a que pensemos que el niño, incluso siendo amamantado, no deja de estar fuera de la seguridad del útero, lugar del que tuvo que salir por fuerza; mientras la madre, en su condición de tal, no tiene posibilidad de traducirse en mujer desde otras perspectivas, y el hombre, en claro desdén con lo que está viviendo, desde su adentro, desde su hogar, se muestra insatisfecho, por más que lo que nos quiera sugerir la obra es que en el afuera en el que está mirando, todo está mucho peor.

La realidad en la dimensión pictórica nunca es determinante, y puede ser valorada con más amplitud que en muchos otros campos de lo humano. Preguntar y preguntarnos es una obligación saludable que se genera frente a la imagen que un cuadro nos presenta. 

¿Seguimos siendo parte del cuadro de lo humano? ¿Quién es el pintor del mismo? ¿Cuánto nos agradan los cincelazos que conforman el trazo, el diseño, la técnica que dibuja lo que miramos?  

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