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Era invierno. El viento sur provocaba un golpeteo intermitente de una ventana mal cerrada que estaba detrás mío. El frío impiedoso se colaba por la parte baja de mi espalda y trepaba como un escalador, vértebra tras vértebra, por mi columna hasta llegar a mi cuello y provocar un escalofrío general que paralizaba todos los músculos de mi cuerpo. Aquella sala de espera de hospital no era mucho más calidad que un banco de estación de pueblo a las cuatro de la mañana. Llevaba ahí alrededor de una hora, o tres, quien sabe. Cuando el sonido de una puerta me trajo de regreso de aquel viaje con que soñaba despierto reviviendo escenas de un pasado, no tan pasado, en ese mismo sitio. Me acerque lentamente y recuerdo que me resultó extraño no verlo con la típica bata de cirujano, mientras comenzaba a hablarme. Por alguna razón que desconocía, su boca se movía en cámara lenta mientras yo pensaba que se habría sacado la bata antes de salir a verme. Tras dar por hecho que así sería, volví a hacer contacto con sus ojos y note una expresión de condolencia seguido de un gesto con la boca en que levantaba su labio inferior y hundía sus mejillas. Puso su mano en mi hombro, como tomando distancia en la formación del colegio, giró sobre sus pies y se metió nuevamente tras la puerta que quedó yendo y viniendo como el mar en alguna orilla. Ya no sentía frio, ni calor, ni miedo, ni dolor, simplemente no era capaz de sentir absolutamente nada. Me quede parado mirando por la pequeña ventana de la puerta como él se alejaba mirando el suelo que aplastaba con sus pasos por un largo pasillo, hasta que, tras un giro de 90 grados, salió de mi campo de visión. Hice lo propio en dirección a la sala donde estaba sentado anteriormente. No sin antes cerrar la ventana para luego apoyarme en ella. Sacar una bolsa de gomitas. Tomar una naranja y una roja, dejando intencionalmente la verde dentro. Pasó otra hora, o tres, cuando el golpe de la camilla en la puerta volvió a robar mi atención. Ella venia dormida, sin saber, ni sentir que su cuerpo estaba mutilado. Dos enfermeras la dejaron en un cuarto cercano. Una de ellas, me esbozó una sonrisa tímida y salió. La otra comenzó a hablar y decir que mi mamá despertaría en un “ratito” mientras yo me preguntaba por qué sería que la ventana de la habitación también tendría que estar abierta en pleno invierno con el frio que hacía y me dispuse a cerrarla. Tras acomodar un suero, la enfermera que quedaba, también salió de la habitación. Quedamos solos, mi mamá y yo. Me quede parado a un costado de la cama, mirando su rostro inexpresivo y en paz, con la mandíbula relajada y una hendija en los parpados que permitía ver parcialmente su mirada. Pensaba, pensaba tanto que no sabía que pensaba. Deslicé mi mano izquierda entre la sabana y una de sus manos, que también reposaba sin peso y puse mi mano derecha encima de la suya. Apoyé, una tras otra, mis rodillas en el suelo y brotó desde dentro un llanto que no pude, ni quise contener. Deje caer mi cabeza sobre la torre de manos que yo mismo habría construido y tuve por primera vez un pensamiento claro. “Como es posible que esto esté sucediendo nuevamente.” Levanté mi mirada al techo cual creyente y pregunté “¿Por qué?” como si hubiera respuesta para esa pregunta. No la había, claro que no, ni la hay, ni la habrá. Me paré, froté la manga de mi saco por mis ojos y me senté en una silla que había a los pies de la cama para esperar a que despierte de la anestesia. Cerré mis ojos un instante y supongo que me habré quedado dormido, porque al abrirlos, ella me estaba mirando fijamente, con una expresión que me revelaba que tenía la certeza de lo que yo no me atrevería a decirle. “Era malo ¿no? Era cáncer nomas.” Me dijo, porque no lo preguntó, lo dijo. El nudo en la garganta no me dejó ni pronunciar un “sí,” apenas si me dejaba respirar. Tomé una bocanada de aire, como querido aspirar valor de algún lado, me puse de pie, me acerqué, apoyé mi mano en su frente y le dije que todo iba a estar bien, tratando de convencerme más a mí que a ella. Sonrió, cerró sus ojos y dejó que el sueño la poseyera nuevamente. El frio se colaba por la parte baja de mi espalda y trepaba, vértebra tras vértebra, por mi columna hasta llegar a mi cuello y provocar un escalofrío general que paralizaba todos los músculos de mi cuerpo. Era invierno y todas las ventanas estaban cerradas.

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