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Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro.

No quise hablar de la censura sino de la educación

que el mundo tanto necesita.

Ray Bradbury

 

En la portería del edificio se veían los recortes de periódico. Ahora ya no los recuerdo bien, pero los encabezados decían más o menos así: “Jueves 9 de julio del 2015. Alarmantes resultados del Censo de Salubridad en la capital del país: 85% de la población de escasos recursos con obesidad mórbida”. Otro más decía: “Viernes 17 de julio del 2015. Programa RENACER: nueva generación de edificios que cuidan la salud de sus inquilinos y los ayuda a bajar de peso”. Y, ¿cómo olvidar cuando por fin el edificio se abrió? “Miércoles 31 de agosto del 2016. Es inaugurado en Iztapalapa el primer edificio inteligente”.

—Después de las buenas noticias nos mudamos, ya casi todos en la cuadra tenían una nueva casa y, además de todo, muy moderna y con los mejores adelantos; “a este paso vamos a adelgazar bien rápido” decía Pancha, y se acomodaba la lonja que le colgaba hasta medio muslo. ¿Te acuerdas de su lonja? La portera que se dio ese título, según recuerdo nadie la escogió, pero tampoco opusieron resistencia.

—Sí, la recuerdo bien; y tú, ¿cómo es que te acuerdas de las fechas del periódico?

—No sé, sólo lo recuerdo y ya. Hay cosas que por más que quiera uno, jamás se olvidan.

—¿Te acuerdas de su milagro de Pancha? Me daba mucha risa cuando empezaba a decir “Nosotros nada más piense y piense mal, si ya sabemos que Dios aprieta pero no ahorca y le tentó el corazón a los gobernantes para que nos repartieran lo que nos toca. Es como si nos hubieran hecho un milagro, seguro que por fin la virgencita de Guadalupe escuchó los rezos de todo México”.

—¿Y es muy necesario que continúes con el repertorio de Pancha?

—Sí, lo es. Ya habíamos hablado de esto antes, desde la primera vez.

—Cierto, entonces creo que debo decir mi parte… —y Esteban recitó algunas frases que Pancha decía cuando el edificio fue inaugurado. Después de aquello reinó un completo silencio, Esteban y Jorge no tenían ganas de seguir con el diálogo aquel.

—¿Qué pasará después Esteban? ¿Qué sentido tiene sobrevivir?

—Shhh… ¡Cállate! Respira profundo y cálmate. Es necesario sobrevivir porque sí, porque así nos enseñaron, porque no sé qué más hacer.

—¿Y si ellos nos encuentran? ¿Si también inician la feroz cacería por la comida? —Jorge se quedó pensando en silencio, en efecto, cualquier respuesta sería una tontería, no sabía qué hacer­­— “Soy el ingeniero especialista en inteligencia de estructuras habitables y vengo para iniciar el sistema del Edificio ATE”, dijo el tipo que llegó instalar cosas nuevas, ¿te acuerdas?

—Sí, después dijo: “El programa Edificio ATE, es decir Asistencia y Tratamiento Especializados, no necesita supervisión, funciona solo; está programado para supervisar su salud, estará al pendiente de su presión arterial, peso, etcétera, durante las 24 horas, diariamente. Con base en las estadísticas, el edifico les dará a conocer las medidas de salud que deben tomar, por ejemplo: alguno de ustedes requiere bajar de peso, ATE les dará aviso de los alimentos específicos y la rutina de ejercicio que deberán seguir, con la frecuencia exacta. Por supuesto que si alguno no cumpliera con sus tareas, el sistema le aplicará una medida correctiva o por el contrario, si cumple con los parámetros establecidos en tiempo y forma, merecerá un incentivo, ya conocerán los detalles con el tiempo. El mismo ATE tomará las medidas que sean convenientes para la mayoría, sobre la temperatura, la luz, y cada detalle del ambiente y la seguridad. Nadie, por ningún motivo intente manejar de forma manual el servidor, el programa tiene un sistema de auto protección contra agentes extraños y no permite reprogramaciones. ATE permanecerá cerrado en su totalidad hasta que el 50% de la población haya llegado a la meta establecida de peso, talla y condición física”.

—¿Ya te sientes mejor, verdad?

—Sí. Pero no tengo hambre, ¿y si lo dejamos para después? —y Jorge empezó a sentir la desesperación de antes, aquella que lo volvía loco de tantos olores mezclados— Sabía que las cosas se pondrían peor cuando estaba ejercitando en el salón gimnasio; era un olor a plátanos fritos, prohibidos en mi dieta. Estuve un tiempo con la salivación intensa, lleno de inmensos deseos de comer hasta hartarme de aquel sabor tan dulce. El edificio subió la intensidad del ejercicio, de la frente escurrían chorros de sudor y mis piernas temblaban de cansancio. Pensaba constantemente en la recompensa de aquel que llegara a la meta primero: vivir en el Penthouse y varios millones de pesos para tener comodidad de por siempre; me sentí vulnerable y estremecido… como ahora. Y no quiero seguir con esto, prefiero que sean ellos los que me encuentren, ya no puedo Esteban. —Jorge se puso a llorar como si fuera un chiquillo indefenso—. Todavía me acuerdo de la cara de Pancha, parecía que se estaba librando de todo, disfrutó que todo acabara para ella. Estaba acostumbrada a las guajolotas y los champurrados, no podía conciliar el sueño por las noches, se pasaba en vela pensando en todo aquello a lo que había renunciado, postres, sonrisas, felicidad, saciedad, y cada platillo en su memoria se materializaba en sus alucinaciones, sentía que las paredes tenían escondidos los más deliciosos manjares, más de una vez se acercaba a seguir ese aroma a chilaquiles que juraba emanaba de las paredes. El programa la castigaba severamente por su fracaso, cuando no le quitaba una de las escasas comidas, la hacía trotar horas seguidas, hasta que sus tobillos inflamados no podían sostenerla. Y ahora así me siento yo… quiero ser el próximo, no quiero seguir vivo Esteban.

—No es fácil sobrevivir. Quizá tampoco lo fue comernos a Pancha, o a su perro cuando fue necesario. El edificio nos estaba matando, pero no me voy a comer a mi mejor amigo. Eso no lo puedo hacer. Repetimos la historia para darnos fuerzas, para que todo salga bien, se trata de supervivencia, diario te lo debes repetir para que no tengas problemas. ¿Ok? Entonces, empecemos desde el principio, ¿te acuerdas de los periódicos del pórtico?

—Sí, me acuerdo, pero no quiero empezar otra vez, mejor donde nos quedamos. ¿Qué sigue? Ah, sí, ya recuerdo: “La gran mayoría de los vecinos compartían la creciente frustración de no lograr las metas. Los antojos eran cada vez más intensos y muchos inquilinos aseguraban que las paredes del edificio lanzaban olores que los acercaban a la locura”.

—Por eso fue que decidimos intervenir el servidor para acabar con la tortura. Hicimos una junta para discutir lo que haríamos. Todos gritaban, querían hablar al mismo tiempo, nadie sabía cómo abrir el edificio. La gente tenía miedo aunque no lo decía abiertamente. Me di cuenta que necesitábamos sobrevivir, pero… ¿cómo sin poder salir del maldito edificio? Y Entonces se te ocurrió que podríamos alterar la configuración del server.

—Y no funcionó. Resultó peor, se cerraron los almacenes de comida. La pantalla sólo tenía un letrero que se repetía como una letanía. “Error 404, error 404, error 404”. Todavía no sé qué es eso, pero no dejo de repetirme que el error 404 tiene la culpa de lo que ha pasado.

—Error 404, fue lo primero que dijiste al salir de ahí. Todos estaban aterrados, ya sabían que no tendríamos comida y estaban observando al perro de Pancha; nunca había visto miradas así. Me dio miedo, por eso quise que fuéramos los primeros en actuar, quizá si nos manteníamos vivos, alguien vendría a abrir el edificio y nos encontraría.

—Sé que quedamos pocos, después de que entre todos nos cominos al perro de Pancha, cada uno se fue ocultando, empezamos a sospechar que nos daría más hambre, que nos comeríamos entre nosotros.

—¿Y si ya no queda nadie, Esteban? ¿Qué vamos a hacer?

—Sí hay más. Mira, allá puedo ver una sombra, si mis cálculos no me fallan, se trata de Miguel. Hemos cambiado mucho en todo este tiempo, pero lo reconozco. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, Jorge?

—No sé. Hace mucho que ya no cuento los días, ni los meses, ya no cuento nada…

­ —¡Shhh! ¡Cállate! Ahí viene Miguel, y yo tengo mucha hambre.

Un comentario en «Error 404»

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