El término no es usual, pero refiere, de acuerdo con quién lo puso a rolar con un significado más amplio, a “una puntuación afortunada” (Lacan). Los puntos permiten respirar al texto. Las restricciones impensadas a nuestras libertades más básicas tienen por objeto que se nos garantice la posibilidad de seguir respirando.

No sabemos qué palabras vendrán después de este punto y aparte, ¿largo e inesperado? No sabemos quiénes tendrán mayores responsabilidades de escribirlas. No sabemos si tendremos la posibilidad de seguir contando con las palabras.

No sabemos. En algún punto, tan equivocado como fatídico, hemos asociado no saber con no respirar. El quiebre, la ruptura, el disloque de esta conjunción, como de toda otra, es lo que nos genera tanta zozobra y pavor.

La escansión es un fenómeno que surge de lo textual, no podemos escandir un asiento contable, en lo numérico los puntos pierden el sentido mismo de su esencia. En verdad, en ciertos contextos, el punto en relación con los números es señal de multiplicación. Réplicas automáticas y automatizadas, por ende, viralizadas. No se puede poner punto a la ganancia ilimitada (en términos o expresión contable). O tal vez sí, pero no lo hemos intentado o no lo hemos querido. En otro punto equívoco y fatídico, asociamos imposibilidad de cambió y modificación en el campo o en el plano de lo numérico. Las palabras pueden variar su significante y significado, pero el dos siempre seguirá siendo la suma de uno más uno y la resta de seis menos cuatro.

La espiritualidad apofántica de nuestro logos, del sistema mismo de comunicación, nos habla de las carencias a las que nos sometemos al afirmar que una cosa es tal para que en el mismo momento, deje de ser tantas cosas. Es el principio de no contradicción, auspiciando y generando la aceleración ya desatada con el poema de Parménides.

En ese después –que nos hará entender lo que no comprendemos y no aceptamos asumir que no sabemos–, se juega el destino y su azar, ya sin afirmar ni preguntar, teniendo al humano como testigo, como enclave y como autor de una obra que cree suya, como para volver a realizar una escansión.

Puntuar nuevamente, para que el relato (respiro mediante), resignifique el conjunto de signos y los pueda fundir efectivamente con su contraparte numérica o continúe en su reiterado intento por.

Cuando el uno deje de ser tal, la multiplicidad no será necesaria para explicar eso otro que afanosamente terminamos transformando en la amorosa búsqueda de la verdad, en la alocada carrera en la que estamos insertos y en la que, a la larga, terminaremos diluyéndonos para evitar nuestra condición incierta e indeterminada.

El párrafo finalizó. Tal vez sea también el fin de un capítulo o de la narración. Puede que simplemente un descanso, como tantos más.

Tenemos eso sí, la posibilidad de que luego, podamos explicarnos más acabadamente, con signos numéricos o lingüísticos, o de los que fuesen necesarios para una humanidad más entendida (o como la queramos llamar).

Necesitábamos dejar de respirar –o saber de cierta tal posibilidad–, para saber que el otro, en cuanto me complementa, puede ser el peligro que me extermine, asumiendo la contradicción tajante de que, sin su existencia, como reflejo o espejo, ya nada tiene sentido; ni siquiera el respirar si no lo puedo escuchar haciendo lo mismo que para uno, en su desafío múltiple, puede ser tan cotidiano y natural.

Punto.

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