Eso me enseñó mi familia

Eso me enseñó mi familia

Cuento seleccionado en la convocatoria de “Todos Somos Teresa”.

A Teresa no la habían acostumbrado a estar sola, en su linaje no existía un divorcio. Visualizaba a las mujeres de su casa unidas a toda costa a sus esposos como si no quisieran elegir otra opción del manojo que ofrece el cielo. El silencio le proporcionó durante años una pócima de resignación y atrancamiento de sus palabras, y eso, era virtud para una mujer. Sus estudios los abandonó en quinto de primaria, porque bordar era preferible que la cultura para una fémina. El sistema así lo impuso.

Se casó con un tipo que no la dejaba cortar el cabello, que no proporcionaba el dinero suficiente para la estabilidad de sus hijos y que no le dejaba utilizar pincillas en los vestidos para que la cintura se le deformara.

El caballero llevaba dos semanas sin aparecerse por su hogar. Los chismes por las calles del pueblo contaban que se había ido a disfrutar de la belleza de una chica de diecisiete años. Justo a esa edad la conoció a ella, a Teresa, y se casaron de un momento a otro únicamente con Dios como juez.

Y ahora, mirando al espejo no veía absolutamente nada de aquella jovial mujer que firmó el papel donde decretaba entregarlo todo. Teresa no se reconocía. Eran pedazos de su persona lo que le quedaba: las bolsillas debajo de los ojos, una mirada de esferas sin brillo, la piel manchada y una cabellera reseca por el tiempo. Entrejuntó las manos rasposas por el trabajo diario que realizaba en el metate y el lavadero. Teresa podía sentir la boca seca por la noticia que el chamaco de la colonia le fue a dar.

Me manda su señor… pa´ pedirle el divorcio, doña.

La frase le dio tantas vueltas en la cabeza, ¿divorcio? Ni se utilizaba en ese lugar, nada más se largaban los viejos cuscos con las viejas busconas y ya, pero por lo visto él quería volver a casarse… En centésimas de segundo, a Teresa le gustó la idea de que se largara a la chingada, de no tener que lavar más calzones ajenos, de no darle de tragar a la hora que se le antojara, ni esperarlo por la noche. La posición de la mujer es tan abrumadora. Ella es la responsable de alimentar bocas ajenas, aunque no hayan evolucionado en su vientre. Sin embargo, Teresa no sabía estar sola.

Jesús resolvió que ya no quería estar a su lado y tiraría a la fosa común un matrimonio de once años. Para ella, la situación la estaba revolviendo el estómago, así que decidió salir al corral a tomar aire para reponerse.

Desde niña le gustaban los animales y las plantas. Se acordó de su madre: con la muerte de su marido no le quedó otra alternativa que trabajar en lo que fuera para sobrevivir; con todo y el miedo, se hizo de un pequeño negocio donde vendía comidas exquisitas, tamalitos, postrecitos, guisos, de todo… así se la paso por el resto de su vida, trabajando por sus hijas. El caso era distinto: se murió su compañero, no la abandonaron. Pero ella, Teresa, no tenía la capacidad ni de proteger su propia persona.

Se sentó al lado de la camelina a la que las flores se le empezaban a caer, esa imagen le entristeció más. Su mente voló con el viento que le acariciaba la nuca. «Parece un funeral y yo… ando por la comodidad que ofrece la negación. ¿Por qué no tendría que pasarme a mí? Uno nunca acaba de conocer a las personas». Sentía que las mejillas se le tornaban de un rojo tenue por la sensación de enojo. «Como que traigo coraje, hubiera tenido el valor para decírmelo él y no mandar al chamaco apestoso de doña Juana. ¡Pinche Jesús!». Le corrieron unas lágrimas de tristeza. Era ese llanto que aunque se quiera guardar, nomás ya no queda lugar adentro, en el corazón. «A poco no le pesan sus hijos», el viento le descompuso el rebozo, «claramente no, es como la gallina que en aquel momento picoteaba el cuerpo de uno de sus pollos aplastados». ¡Calma Teresa! Respiró profundo, vendría la aceptación… Ella no sería la que quedara entera y rígida sosteniendo un ramillo de nube entre sus manos mientras aventaba tierra al muertito. Ella sería la que percibiera las rocas caer en su cajón, porque ella era la que falleció ante la percepción de “mujer” de su marido y el olvido es la peor muerte, sino es que la única.
La voz de una niña la hizo salir de sus pensamientos.

–Señora ¿A usted le gustaría casarse?
–No, no me gustaría -contestó inmediatamente.
–Yo sí quiero casarme, con esos vestidos bien elegantes que traen las novias y tener muchos hijos.

Teresa sólo le sonrió. Y la niña le dio una figurilla en la mano.

–Mi Abu me la regaló, pero te vi muy triste señora, rézale para que te cuide –y se fue, respondiendo al llamado de un señor que parecía su abuelo. Teresa echó la vista a la estatuilla. Era una muerte, pero no la botó con horror, como lo habría hecho en otro momento de su vida. Algunas personas contaban que era Santa. Llevó a sus labios la imagen y le pidió con fervor que le regresara a su marido porque ella no entendía la vida sin un esposo. Eso era lo que le habían enseñado, lo ideal y apropiado. Apretó los ojos en señal de concentración, y unas cuantas lágrimas brotaron de ellos nuevamente.

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