Caminamos buscando donde estaba, escondida, secuestrada, tal vez había decidido abandonar su triste vida. Nadie sabía cual era su paradero. Pero paciencia era todo lo que necesitaba, y tal vez buena atención médica. Cuatro, cinco, seis días pasaron sin saber su paradero.

La vida como indigente no era tan mala según ella. Confusión era, paradójicamente, lo más estable en sus días. Adoptando desconocidos como hermanos, tíos, familiares lejanos, vivía su vida contando historias que no podía terminar. Eran pedazos de una vida que no lograba recordar.

Miedo y angustia llenaban mi pecho mientras hacía otra llamada a la policía, esperando con esperanza alguna noticia. -“ Probablemente se tomó un tiempo lejos de la familia.”- Nos dijo el policía negligente frente a la seriedad del problema. Pero nosotros nos negábamos a creer que había decidido marcharse.

Desorientada caminaba entre llantos y alegrías, susurrando una canción que había escuchado, quizás en uno de los días más felices de su vida. Empujando su carrito, cual indigente desconocida. Algunos la saludaban, pues su sonrisa inspiraba ternura. Balanceándose de un lado a otro, caminaba con dificultad hacia a la caja en el callejón que había hecho su casa.

Silencios y desesperación, eran parte de nuestra búsqueda. Preguntamos a desconocidos, repartiendo folletos con su foto en tiendas, bibliotecas, calles, supermercados, etc. Miedos cegaban mi mente…accidentes, secuestros ¿decidió realmente marcharse? Dudas cruzaban mis pensamientos, como miedos que se engendran de la nada.

Recibimos la llamada del hospital en el medio de la noche, una vecina la había reconocido tirada en el suelo del viejo y sucio callejón, a tres cuadras de su casa. La charla con los médicos me dejó más triste aún, es la forma más común de demencia, dijeron. Nuestra falta de educación en el tema nos había generado un montón de miedos y prejuicios.

Gracias a grupos en Internet conocimos Asociaciones como AFAGA y grupos de gente con familiares con el mismo problema. Una serie de tratamientos era parte de nuestra esperanza para mejorar la calidad de vida frente al Alzheimer. Desafortunadamente, todavía no existe cura, pero los grupos de apoyo hicieron de una enfermedad incurable, un paseo acompañados, ayudados y entendidos.  A veces es lo que falta: respaldo humano.

Todos sabíamos que algo en ella no estaba bien. Lo acreditábamos a la edad, pero la realidad era mucho más cruda y violenta. Decidimos sacarla del hospital y seguir su tratamiento en casa, pagándole a una persona. Los días pasaron amena mente, entre visitas, salidas controladas y viajes al hospital.

Lentamente agarró la confianza, y en un descuido, cruzó la calle sola. Confundida en el medio entre autos y camiones, no sabía donde ir. Perdió el sentido de la ubicación, y en un segundo su vida. La etapa de la evolución del Alzheimer en la que estaba no la ayudaba, y la falta de información tampoco.

Hoy, nos juntamos no solo para enterrarla, sino para intentar hacer conciencia de esta cruda realidad. Realidad que es parte de una herencia genética que todos poseemos, y estudiarla es necesario para prevenir y tratar cualquier enfermedad.

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