Evocación

Al llegar, la plaza era diferente; no tenía el empedrado en su totalidad, en el centro, alrededor de la estatua del prócer erguida sobre un pedestal, colocaron un piso de mármol blanco, a los lados canteros con plantas y flores.

Pasó mucho tiempo desde la última vez que se encontraron en ese lugar. Al ver la plaza de ese modo sintió la ciudad como algo nuevo, distinto, tuvo el deseo de pasear, pero debía esperar.

Se impacientó al ver el reloj pulsera, el tiempo transcurría con rapidez. Quizá hubiera tenido un contratiempo, temía que no se tratara de algo bueno.

«Tal vez he imaginado que nos encontraríamos», pensó.

Sentado en el banco vio las mesas y sillas del bar de enfrente, desde allí podría verla llegar y beber un café.

Los faroles se encendieron, las luces de los autos empezaron a iluminar, vació la taza. Quienes estaban en el bar cuando llegó, incluso los que vinieron después, se fueron antes que él, también las personas de la plaza. Lamentó que toda posibilidad de verla se esfumara.

Pagó y se marchó admirando la arquitectura de edificios y vidrieras que antes no había prestado atención; las luces de neón hacían más llamativo todo lo que veía, por un momento pudo distraerse. Tuvo la esperanza de que volverían a encontrarse.

Dobló en la esquina, donde termina la pared empedrada de la iglesia, en la avenida principal de la ciudad el tráfico avanzaba continuo.

Sintió un mareo, las luces en la noche giraron alrededor de él, oyó entre bocinazos las detonaciones lejanas y temibles del pasado, vio el cielo nocturno surcado por destellos que lo sacudieron en el recuerdo; el panorama gris, distorsionado por el humo. La proeza le valió una medalla de honor, perdida en algún lugar, en realidad, poco le importaba.

En esa turbulencia de construcciones derruidas y explosiones continuas, en donde el humo parece el padre que da forma a las cosas, cumplía el día diecinueve de la campaña, que se encontraba atrapada cerca de la costa ennegrecida, regada por despojos que el desembarco dejó.

Permanece tendido sobre el suelo con el ojo en la mira, observa una tropa que pasa, las botas negras dejan huellas sobre las cenizas.

—¡Cuerpo a tierra! —grita alguien en la distancia.

Oye un estallido próximo, ve una silueta disimulada por humo, no distingue si es enemigo, a punto de disparar, desiste. Se avecina el silencio, todo parece en su lugar. Un estruendo, se levanta y continúa.

—Hostiles a la derecha —advierte un soldado, aún persisten.

Hemos penetrado el campo enemigo, me separo del resto sabiendo dónde está el objetivo, avanzo entre montículos de tierra y ruinas, no me han visto. Continúo en la hondonada, los soldados pasan ignorando mi escondite. Lejos, un derrumbe, aviones bombarderos destruyen un edificio, el suelo tiembla. En ese momento decido salir, sé que mis camaradas se aproximan. Entro en la casa derruida.

El objetivo era capturar al comandante del batallón diecisiete, terrateniente de esos territorios oprimidos. Recordaba, casi podía palpar la culata del fusil en su mejilla, el rostro de terror del comandante herido en un brazo, rodeado por los soldados con las armas apuntándole. Escucha decir al capitán: «preparen su ejecución». La muerte del comandante es inminente, quizá lo colgaran para desalentar las líneas enemigas.

Regresan al campamento, quiere que todo este asunto termine pronto. No deja de preocuparse. «Que esté a salvo» piensa. Estando cerca, ve el rastro de las explosiones, fueron alcanzados por bombarderos, una parte de la enfermería se ha derrumbado, el polvo flota entre los escombros, acelera el paso y empieza a temer. Entra en shock, se cubre el rostro con las manos, aparta del camino a un compañero que intenta persuadirlo. Los daños son muchos. Al no encontrarla lo abriga una esperanza.

La guerra ha terminado, antes de marcharse deja un mensaje en el muro del puerto junto a tantos de miles.

Volvió con brusquedad de aquel lugar. Algunas personas lo ayudan a pararse, les agradece.

Divagó sin prestar atención a su alrededor, le surgían pensamientos inciertos. Estaba cansado, necesitaba acostarse y dormir.

Al día siguiente se reunió con un amigo en el bar habitual. No era la primera vez que hablaban sobre el tema.

—Todos los días pienso que podemos encontrarnos —dijo.

—Tal vez alguien más te esté esperando.

—No lo creo —bebió café.

—Lo que sucedió solo pudo pasar de esa manera, por alguna razón.

—Tú no comprendes.

Entendía los esfuerzos de su amigo, pero resistía olvidarla.

Regresó a su casa, abrió la puerta con aire cansino, adivinando sus pensamientos al terminar la cena o cuando se acostara. Oyó voces provenientes del televisor que había olvidado apagar. Caminó hasta el patio, encendió la luz como todas las noches, miró el limonero cuyos frutos brillaron por la llovizna que caía.

Fue al comedor, se sentó en el sillón tapizado a ver los programas de televisión, sumido en los recuerdos en los que fue feliz, deseando revivirlos.

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