Filologías sonoras: Alcohólico

La palabra “alcohólico” es casi onomatopéyica y asemeja ya desde su grafía una ampolleta de extravagantes ondulaciones. De inicio, su sonido remite a la oquedad de la botella vacía por esa prolongada “o” en medio de la palabra que insiste en perpetuar su sonido con esa “h” muda y cómplice. Mientras que la consonante velar oclusiva, la “c” que se encuentra al principio y al final, evoca el agudo choque entre los vidrios, botellas vacías que se acumulan en un cuarto oscuro, un vaso que se estrella en el piso, o por el festejo cotidiano de brindar por estar tomando una vez más. Por último, es su inaugural vocal, la más abierta de todo el alfabeto, la gran “a”, la que sugiere en microtonal imagen la impaciente bocaza del enfermo sediento a punto de empinarse su inevitable medicamento. Sin duda, la palabra “alcohólico” tiene una paridad siniestra con “acólito”, aquél acompañante que hace las de compinche, efebo o monaguillo en celebraciones de cualquier naturaleza. El alcohólico pues como supeditado al dios Baco, que nunca queda ahíto del elixir mortal del que feliz se embebe hasta el quebranto de su última esperanza, su último y definitivo trago.

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