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Más allá de nuestra imposibilidad cuasi fáctica de imaginar el final del sistema de cosas vigente —confrontada con el despliegue abundante y prolijo con el que constantemente proyectamos visiones de un posible fin del mundo (reeditado generación tras generación)—, queda la dimensión articulativa de relatos sociales que es, en verdad, la ficción literaria. Sea certero o no afirmar que nuestra condición exacerbada es aquella de la imposibilidad de imaginar un mundo distinto —un real alternativo, al que correspondan las líneas de una nueva imaginación económico-política—, lo cierto es que aquellos precisos momentos de proyección hollywoodense del instante abrazado por la catástrofe final (radicalmente anulatoria de nuestra existencia presente), aunque no correspondan sino a una repetitiva impresión ideológica, representan quizá uno de los pocos caminos para imaginar (aunque de forma desviada) la propia realidad fetichizada en que, paradójicamente, habitamos sin posibilidad de una plena habitabilidad. Así, quizá, no haya más que un intento, diría Fredric Jameson, de «imaginar el capitalismo al imaginar el fin del mundo». Porque en la manifestación televisiva de la catástrofe, después de todo, no hay otra cosa que nuestra imposibilidad de apreciar la esencia del modo de existencia alienado en que pervivimos, tan solo apreciable por la dimensión estetizada de sus efectos acontecimentalmente catastróficos.

Por ello, en Teresa Magazine hemos convocado a polivalentes voces narrativas que, con sus variadas propuestas escriturarias, han construido ficciones que sospechan de lo real y sus pulsiones finalistas. Nuevamente, la literatura —y el aquelarre aquí convocado no ha sido la excepción—, corresponde al ejercicio concreto de dar sentido a los relatos que circulan socialmente por doquier y desde diversos registros, tonos, ruidos y síncopes de significado.

Quedan aquí pues estos relatos emanados de la evocación narrada del fin de fines, tratada como lo que es, una dimensión viva de la cuasi inaprensible forma en que lo existente se revela como ficción invisibilizada, y en un atisbo apenas perceptible, vehículo y pasaje hacia un mundo otro.

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