Las licorerías nunca estuvieron tan llenas.

Detrás de mí, una señora de 80 sale vestida distinguida con dos vinos bajo el brazo.

Yo vengo por un chocolate.

Me esquiva la vista.

Nunca osaría a condenarla.

Le aplaudo el porte, el tapado, y los zapatos.

Yo me arrastro.

Cada quien habita el encierro como puede.

Una botella de perfume, intacta en el gabinete del baño, me guarda rencor.

Pienso tanto en Georgia que hasta le inventé un nombre.

¿Vive sola?

La imagino plácida sentada a la mesa, agitando su copa para despertar el aroma.

Con los zapatos puestos.

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