Hacia el siguiente universo

La vernissage se había extendido demasiado tiempo, el alcohol había fluido con demasiada… fluidez. La pegajosa noche de Buenos Aires, con esos diálogos plagados de referencias pseudoculturales, series de moda, escándalos de la farándula y alusiones que no comprendía del todo, se tornaba insoportaba a medida que los minutos se aplastaban uno sobre otro.

Esperé lo que me pareció un tiempo prudencial para desaparecer sin que mi ausencia repentina fuera tenida en cuenta y que el dialogo, tan insípido como insulso, continuara sin más. Eso significaba perder, como mínimo, dos horas. Podría haber huido antes, pero se parecería demasiado a una estampida de búfalos huyendo de cazadores inexpertos en las planicies; como la que se produjo con la llegada de las bandejas del catering y las copas de sidra disimulada como si se tratara de champagne. Esto reforzaba el estereotipo de que todo artistas es, en un porcentaje medianamente indecente, un muerto de hambre (¿”metafóricamente hablando”?). Regalé más de mi tiempo de lo que en cualquier otra situación hubiera aceptado para algo semejante, lo sé.

Claro que acceder a la invitación había sido el primero de los errores. Acercarme al lugar el segundo. Llegar media hora antes del inicio, el tercero. Y la lista se tornaba cada vez más extensa a medida que transcurrían los segundos.

Pero, ¿para qué mentir? Al menos algunos de los bocadillos tenían buen sabor.

El problema era otro.

¿Por qué había aceptado ir? Aun sabiendo que ese tipo de espectáculos resultaba, como mínimo, aburrido, como máximo, demoledor para el humor y la cordura.

Luego de empalagarme con algo que tomé de una de las bandejas sin saber su nombre ni poder establecer tampoco una descripción medianamente coherente para señalar su filiación, si pertenecía al mundo de lo dulce o lo salado, o a ese otro espacio de lo agridulce, descubrí la mejor ruta de escape: los baños se encontraban en la misma dirección que la puerta de salida.

Ni siquiera hizo falta que me despidiera.

Tan pronto como salí a la calle, hice señas a un taxi vacío. Me encontraba en una de las avenidas del centro donde el barrio se abre paso por sobre la ciudad y el mantener un Centro Cultural, o un Espacio de arte, o alguna denominación similar, resulta más económico. No sospeché que el subirme a ese taxi, que nada tenía de casualidad y lucía tan extrañamente común, sería el inicio de la segunda parte de mi aventura.

Si, todo lo anterior no era más que el prólogo para comprender cómo había llegado a subir a ese taxi. Saludé al chofer con el habitual gesto de cabeza y le pedí que avanzara sin más, que se alejara tan rápido como había cerrado la puerta.

Dejé pasar varias calles, creo que alguna avenida, o algo así, esperando a que las burbujas del falso champagne se calmaran en mi cabeza. Desde la lejanía escuché la áspera voz del taxista, sin dudas habituado al trabajo nocturno pero no por ello menos cansado, menos necesitado de sueño(s), descanso, ver el sol dorándole la piel y vaya uno a saber cuántas cosas más:

—¿Dónde lo llevo jefe? —preguntó. Ignoro realmente qué era lo que le molestaba de la situación. El taxímetro estaba funcionando y pagaría lo que fuera a indicar cuando me bajara; ¿por qué tanto apuro?

—En la próxima calle gire hacia el siguiente universo —respondí aún con los ojos cerrados.

El silencio que provocaran mis palabras me obligó a abrirlos y descubrir la mirada del taxista en el espejo retrovisor. No había odio en su mirada, ni resignación por ser el objeto de innumerables bromas mal dirigidas y de pésima calidad, ni por la infinidad de pasajeros que no sabía cómo mantener un diálogo de situación. No, no había nada de eso sino que, al contrario, lo que en ellos vi resultó por completo diferente. Sus ojos brillaban en aquel espejo.

Y ese brillo, tan fuera de lugar en unas pupilas tan marrones como comunes en esta parte del mundo, ¿era de júbilo?

—¿Qué…? —comencé sin saber muy bien qué decirle.

—Llevo años esperando a que sucediera algo como esto —me interrumpió—. Será mejor que se ajuste el cinturón y se coloque el casco.

—¿Casco? —pregunté mientras veía se colocaba un casco en su cabeza que no podría decir de dónde había sacado. Me hizo un gesto con una mano señalando hacia atrás, allí me di cuenta que llevaba guantes sumamente gruesos y de aspecto pesado (de seguro eran muy caros, en la lógica de los 90s). Detrás del asiento que ocupaba había, efectivamente, un casco similar al suyo. ¿Cómo no lo había visto cuando subí al taxi? ¿Cómo es que no llamó mi atención antes?

Giró en la siguiente calle, como le había pedido que lo hiciera; no llegué da darme cuenta si lo hacía en la dirección correcta, tampoco era lo que me importaba en ese momento. Comenzó a aumentar la velocidad más y más, mucho más que ochenta y ocho millas por hora, en un lugar que no estaba preparado para algo semejante.

—¿Qué está haciendo? —le pregunté.

—¡Póngase el casco! —ordenó.

Con movimientos torpes, de quien nunca utilizó nada semejante, me coloqué esa cosa sobre mi cabeza, el vidrio estaba espejado, era tan negro que apenas sí podía ver. Las ruedas delanteras golpearon contra algo que parecía ser un reductor de velocidad y el salto me hizo golpear contra el techo de la cabina y darme cuenta que ni siquiera había llegado a ajustarme el cinturón de seguridad.

—¡Más despacio animal! —grité.

—Pero… —respondió el chofer en un tono más tranquilo—, era la velocidad de escape necesaria.

—¿De qué rayos (no usé la palabra rayos, sino otra que deberán imaginarse) está hablando? —dije mirando hacia el frente luego de acomodarme una vez más en el asiento y dentro del casco.

Contemplé ya sin estupor, porque por esa noche había superado la cantidad de emociones a las que podía recurrir para una descripción, el vacío y las estrellas que nos rodeaban. Una galaxia en la lejanía, un planeta enano que pasaba a nuestro lado, un puesto de venta callejera de artesanías indígenas sobre un asteroide, y tanta negrura que parecía tragárselo todo.

Mi mandíbula se abrió de tal manera que, de no ser por el casco, habría golpeado contra mi pecho.

—¿Qué es eso…? —pregunté sin saber muy bien a qué parte de cuanto me encontraba mirando, me refería.

—El camino hacia el siguiente universo —respondió el chofer—. Dos horitas, más o menos, si no hay mucho tráfico, llegamos.

Miré los números que no dejaban de crecer en el taxímetro junto con otros símbolos extraños y por completo desconocidos para mí. Pero lo que más me preocupaba en ese momento no era el posible astronómico valor del viaje, sino la remota posibilidad de encontrar, en algún momento del trayecto, un baño en el cual liberar a mi vejiga de tanto champagne sabiendo que aquella sería la última vez que tomara un taxi al salir de una maldita vernissage.

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