Heredera de Las Maravillas

Cuando ella nació, eso no estaba escrito. Pero quién habría dicho, como tampoco pudieron decirlo con su madre veinte años atrás, que Melissa tendría las suficientes estrellas en los ojos para ver esto. Cuando ella nació, ni el doctor ni alguna de las niñeras alcanzaron a percibirlo, y, a fin de cuentas, ¿hay quien sepa que es tan real y posible como ellos mismos? Si con su madre no fue suficiente, Melissa tal vez logre terminar de convencer al mundo –al nuestro– de que esto es verdadero. Y sin embargo, cuando ella nació nadie creyó que viera en su vida el pozo o, menos todavía, que pudiera entrar en él y las Maravillas la aceptaran.

Eso ocurrió un día de abril a la misma hora en que le pasó a Alicia. Ella, lejos y sin que le fuera fácil asegurar algo, lo sintió sin duda alguna. “Ya está adentro”, se dijo. Durante esos primeros siete años de madre, se la pasó diciéndole a su hija lo que recordaba; contó lo que no pudo contarle a nadie como algo más que un cuento para entretener.

-Hijita mía –comenzaba Alicia–, si no rechazas la magia, tal día se te concederá conocer un País. No es como ningún otro ni hay manera de señalarlo en un mapa; su nombre, si mi memoria no se ha revuelto con las emociones de mi alma, es de las Maravillas.

-¿Qué maravillas, mami? –le preguntó Melissa desde bebé.

-Todas cuantas seas capaz de imaginar, preciosa. Y ese País, como su nombre lo dice, no tiene fronteras.

-¿De veras?

-Tan de veras como que esto no es un cuento.

Alicia, al ver que se acercaba su hija a una edad suficiente como para mandarla al campo en el que se encontraba –si acaso la encontraba– la puerta de entrada a su País, comenzó a añadir a su historia y promesa un “pero”. Melissa, igual de curiosa que ella y un poco más inquieta, sentía extraño ese “pero” en la boca de su linda madre. La primera vez se lo preguntó…

-¿Qué cosa, mami?

Y la seriedad con que Alicia le contestó (“Pero tendrás que volver siempre antes de que acabe la hora del té”), le bastó para entenderlo y no preguntárselo de nuevo.

Cuando Alicia supo que los días se acercaban, le permitió salir a jugar hasta donde el riachuelo se parte contra el árbol de hojas blancas, y al noveno día, sucedió. Alicia lo supo sentada en la sala leyendo un libro, porque algo se reafirmó en su pecho y el llanto salió como el de quien a pesar de tantos años y todas las negativas, su sueño le dice “Sí” de vuelta. Deseó ver a Melissa, alegre, vivir las anécdotas que durante su corta vida le había contado cientos de veces, conocer a sus viejos y entrañables amigos, hacerlos suyos y salir con mil recuerdos propios.

Melissa, por su parte, en cada sitio del País de las Maravillas tuvo enormes deseos de compartir los paisajes con su madre, de asombrarse juntas con las personas, animales y cosas que habitaban ahí dentro. Cuántos dodos había ahora. Qué desensombrerado dejó al loco del té con los trabalenguas y acertijos que le dio. Qué apaciguada vio a la Liebre ese abril. Cuántos murciégalos titilaban según el Lirón. Cuán rápido encontró Melissa al Conejo, que más que blanco comenzaba a ser gris. Vaya gritos los de la Reina y qué barajas tan rígidas, para gusto de Melissa. Cuántas lágrimas le sacó al Gato de Cheshire al repetirle las historias de Alicia, sin saber si eran lágrimas de nostalgia o contento. Qué complejo es el Tiempo y qué impuntual es en el País de las Maravillas, pues la niña, hija de la primera mujer que allí entró, creyó haber viajado más de lo que dura una tarde, y al recordar la hora del té pensó que sería la hora del té del día siguiente, sin embargo, aún faltaba un par de minutos, y no había prisa.

En la residencia Wond, Alicia recibió una inesperada pero agradable visita, un tal señor Charles Lutwidge, y a él le contaría su mejor anécdota mientras su esposo llegaba. Alicia siempre había dicho: “Quién sabe; alguien ha de haber que sabrá contar mi historia de más bella manera que yo. Siempre es bueno que las aventuras lleguen a más gente”.

Melissa salió del País Las Maravillas con la promesa empeñada de regresar, y de tampoco olvidar. Alicia tenía la certeza de que su hija haría más.

Hasta el día de hoy, por la insistencia y necedad de la tatarabuela Alicia, más la hermosa palabra de Melissa, las chicas Wond, mujeres con estrellas en los ojos, ven en el campo un pozo que nadie más en el mundo tiene la gracia de ver.

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