Ahí estaba yo, ensimismado en mis pensamientos, mirando esa mancha negra en la pared de mi recámara desde hace varios días, observando, siempre observando cómo crecía poco a poco ante mis ojos. Tenía la barba sucia y una sábana sobre mi cuerpo, el ventilador en su máxima potencia. Pasaban de las cuatro de la tarde y aún no me levantaba de la cama. Llegué a Tuxtla hace seis meses, pero todavía no me acostumbro al calor sofocante de la canícula. Mis primeros días aquí fueron para toda una experiencia. Me asombraron los paisajes espectaculares de los ríos, el cielo azul, el clima cálido del lugar y los animales más extraordinarios y estrafalarios que yo haya visto alguna vez. Recuerdo el primer golpe de calor que recibí cuando baje del avión, era para mí una sorpresa, y más en noviembre, porque todo era tan distinto al frío de Tlaxcala. Estaba acostumbrado a dormir con dos o tres cobijas en invierno, pero aquí todo el año es caluroso. Tuve que rentar un departamento con aire acondicionado para poder dormir por las noches, pero ni eso me ha servido, ya llevo varios días con insomnio, al principio pensé que era por el calor, pero mientras más días pasan, más me vuelvo loco. Cada tanto que paso por el espejo veo unas ojeras cada vez más profundas, casi como el color de esas malditas hormigas que suben a mi pecho por las noches.

Mi primer día en el trabajo las vi formar una fila tan larga que iba desde el árbol de mangos hasta la maleza de un parque. Unas recogían, otras caminaban. Entre negras y rojas, eran tan rápidas, tan eficientes y me asombraba verlas caminar. Mi fascinación creció tanto por ellas que salía temprano de mi casa por las mañanas para poder ser parte de ese momento, pasaba por el parque para verlas trabajar cargando hojas, restos de comida e infinidad de cosas. Muchas veces me desviaba de mi camino a casa para quedarme junto al árbol al menos 15 minutos, solo para mirarlas un poco más. Me habían ganado rápidamente. Nunca había visto cosa igual en mi lugar de origen. Sí había hormigas negras, pero no del mismo tamaño ni tenían la misma rapidez que estas. Muy pronto comencé a obsesionarme poco a poco con esos pequeños animales. Empecé a fotografiarlas con mi celular, después las subía en mis piernas para poder sentir su caminar, pero mi obsesión alcanzó un nivel más alto cuando sentí la necesidad de llevarme a casa algunas para verlas más de cerca. No tenía idea de cómo criar hormigas en mi propia casa ni cómo había que alimentarlas, pero nada de eso me detuvo. Saliendo de la oficina compré unos tacos, comí un poco y dejé sobras para ellas. Las envolví en plástico con mi comida y emprendimos nuestro camino.

Al llegar a casa se me hizo fácil dejarlas en la mesa. Tuvieron que pasar varios días para que me diera cuenta que de repente toda mi vida giraba en torno a ellas. Cada vez me levantaba más temprano para verlas caminar sobre mi mesa, el piso, la cocina. Dejó de importarme la limpieza y mi trabajo, faltaba dos o incluso tres días a la semana, poniendo la excusa de que me sentía muy mal por el calor sofocante; el clima y los paisajes dejaron de impresionarme, y lo único que tenía sentido en mi vida eran esas hormigas. Podía perderme en su color tan intenso por horas. Al poco tiempo ya tenía incluso hormigas rojas y grandes viviendo conmigo. Y aunque todo parecía en su momento muy emocionante, a los tres meses de recibirlas en mi casa empezaron los problemas. Perdí mi trabajo por las faltas acumuladas y mi casero me dio un ultimátum para abandonar el departamento, pero ni eso me importó. Recibí la noticia sin interés y seguí mirándolas insistentemente, siempre viéndolas trabajar. Tuve que vender algunos muebles para poder subsistir, primero me deshice de la sala, luego del comedor, y por último, de la televisión. No necesitaba todo eso, me sentaba en el suelo para estar cada vez más cerca de ellas y no hacer otra cosa más que verlas. Mi situación económica se agudizó y llegue al extremo de empeñar cosas más personales como el celular, la computadora y la cámara que me había costado tanto. Ahí empezó mi muerte lenta. Me dejé crecer la barba, me bañaba cada dos o tres días; empecé a comer menos para no desperdiciar ni un solo centavo.

Las cosas se empezaron a salir de control cuando las vi caminar en los botes de basura y después empezaron a invadir mi comida; la fruta se infestaba de hormigas a los pocos minutos de comprarla. Caían de la caja de cereal devorando con una rapidez infernal todo lo que encontraban. La conexión de mi cuarto también se infestó de esos animales negros y rojos; todas eran rápidas, muy rápidas para mis manos. No podía matarlas, cómo iba a matar algo que yo amaba. Traté de rociar productos para espantarlas, pero ni así se fueron, siempre regresaban por las noches. No me explicaba cómo, pero cada día aparecían más y más. Hasta mi colchón llegaron buscando comida. Al acostarme las sentía subirse por mis piernas, pasar por mis brazos, mi pecho. En esos momentos temía que se me metieran por la nariz o las orejas y fue en ese momento en que dejé de dormir. Pensaba que caminarían sobre mi cuerpo y me devorarían poco a poco por dentro.

Ya sin comida en mi sistema, empecé a fantasear y simplemente perdí la cordura, la única solución que había encontrado hasta ese momento era dejar migajas de lo poco que comía en el piso para que fueran tras ella y cuando las veía infestadas de hormigas las envolvía en bolsas de plástico y las metía al refrigerador para verlas morir poco a poco en el congelador. Esa era mi única diversión. Podía pasar los días enteros atrapándolas para sentir cómo agonizaban. Después, me llevaba a la boca los restos para sentir su textura en mi boca. Llegue a crear hielos y paletas con hormigas y con pedazos de frutas que me saboreaba con un placer descomunal como si estuviera poseído.

Nunca salía de la casa por miedo a que me desalojaran y me pasaba gran parte del día murmurando, hablando a sus espaldas para que no me oyeran. Por las noches me sentaba en una esquina del cuarto, alucinando que lo que veía en la pared no era una mancha negra que se movía, sino más bien el Cañón del Sumidero. Pero entonces me di cuenta que la sombra negra sí se movía muy lento y parecía estar viva. En ese momento no lo pensé demasiado y simplemente decidí levantarme del único mueble que había sobrevivido a toda esta tortura, mi cama. Aposté mi pierna derecha en el suelo y sentí una picadura y un cosquilleo, pero no me importó, coloqué la otra y sentí lo mismo. Bajé la mirada y la mancha negra había invadido también el suelo. Miles de hormigas subían a mis piernas, a mis muslos, al pecho, a los brazos y al cuello. Todo repleto llegue hasta la pared y ahí estaba lo que hace meses esperaba. El hoyo negro se fue abriendo poco a poco hasta que lo único que pude ver fue algo rojo salir de la oscuridad. Era ella, la reina que estaba a punto de comerme. Cerré los ojos. Cuando desperté, vi al casero con el fumigador, sin duda venía a matarnos.