Ilusión

Desperté de golpe. Mi cuerpo empapado en sudor, mi respiración errática y el corazón casi atravesando mi pecho. Me llevé las manos al rostro mientras recargaba mi espalda en el cabecero de la cama poco a poco. Froté mis ojos y entonces le vi, junto a la puerta de la habitación. Un halo carmesí rodeaba su silueta. Deseé tocarle, pero una rara fuerza me impidió moverme.

– ¿Te quedarás? – pregunté. No hubo respuesta. Sólo permaneció ahí inmóvil. No pude distinguir si me miraba o no. Por fin pude moverme. Levanté mi cuerpo de mi lecho y resolví acercarme lentamente. Su sombra permanecía en el mismo lugar, erguida e imponente. – Háblame – le dije con desesperación. Ni un sonido.

Estiré el brazo y deslicé suavemente mis dedos en lo que parecía ser su rostro. No sentí nada más que frío.

Posé entonces mis labios en su mejilla, esperando encontrar aquél sabor dulce que me hipnotizaba. En su lugar hubo un gusto amargo y metálico.
– ¡Suéltenme, suéltenme! – grité, pero fue inútil.
– Quédese tranquila María, duerma, descanse -. Inyectaron algún líquido en mis venas.

Desperté otra vez pasados unos minutos, abrí los ojos lentamente e intenté buscarle de nuevo junto a la puerta de la habitación; Ahí estaba, un abrigo amarillo colgado en una percha, iluminado por la luz de la luna que se filtraba por una de las ventanas del psiquiátrico.


Marcela María Parra Avila / México

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