Irrenunciable

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

La recuerdo, ella cantaba con esa voz que se ahoga entre el llanto y sus nostalgias, bailaba de allá para acá y el viento llevaba el ritmo de la música de los latidos de su errante corazón. Sí, la recuerdo, entre los alcatraces blancos que hacía crecer con el rocío que emanaba de sus dedos. Y cuando la recuerdo también la veo sentada leyendo “Una habitación propia”, y después comenzaba a suspirar; por pequeños que parezcan los instantes, los recuerdos no alcanzan a cubrir esos años cuando se acercaba y decía infinitas palabras que significaban algo distinto cuando ella las pronunciaba.

Pero de todos los recuerdos, hay uno más existente que los demás: es el recuerdo de sus sueños irrenunciables, a los que se aferraba con anhelos que su naturaleza le exigía. Los tomaba con sus manos y con las fuerzas que ella jamás imaginó poseer, porqué le repetían con impaciencia su debilidad y atada a otras condiciones que el destino forjó para ella sin su permiso, sin avisos ni despedidas. Dicen que se la llevaron, negaron su existencia, negaron que habían tenido una hija, no hubo rastro de ella y por aquellos años nadie sabía que derechos tenía una mujer, pero conocían a la perfección sus obligaciones.

Teresa me cargaba entre sus brazos, estaba obligada a hacerlo porque le pagaban para mis cuidados, pero eso no incluía las incontables historias que escuchaba de su boca.

Me alejaron de Teresa porque estaba en edad de tener sus propios hijos y no cuidar a los ajenos, además, valía lo suficiente para seguir pagando las necesidades de su familia. Cuando regresaron a buscarla sólo respondieron con historias que inventaron, pues fueron capaces de cambiarle el nombre, pero en mi corazón siempre se llamará Teresa, mi Teresa.

Veinte años después supe que no me había abandonado, no conozco el rastro de aquéllas huellas y tampoco espero que me recuerde. Yo la llevo entre mis pensamientos deseando que mi Teresa sea la última pero cada día aumentan las cifras.

Teresa no tuvo una habitación propia, no pudo escribir su historia, no hubo espacio para su libertad. Teresa jamás conoció a Virginia, aquello fue una invención de mi parte, pues a Teresa nadie le enseñó a leer.

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