Daniel Valdez Puertos

jarritobarrodaniel

Daniel Valdez Puertos: de ausencia y found footage

En el comienzo, antes de la explosión primigenia, fue el found footage con toda su gama de indicios, avistamiento de capas sobre capas de historias no contadas, o tan solo parcialmente sugeridas.

La estética de Daniel Valdez Puertos, si fuese ella evocación de un constructivismo pedagógico, podría contribuir a delinear un proceso de deconstrucción para el barroquismo de los enigmata latinoamericanos. Quien hurga en sus estampas fílmicas, visita el segundo piso del onirismo indiciario de una mente polifónica y política. No hurgues en los archivos pues no consta en actas, título de una de sus piezas, bien podría ser el retrato antropofágico de una alucinación complotaria de Costa Gavras, presa del delirio de necesidad marcado por la distopía, químicamente abrasiva, de una materialidad subyugadora.

En meros términos fenomenológicos, el desenvuelto suceder de lo sígnico en las obras del artista, se presenta como la intermitencia de las huellas de múltiples registros, unos velados y otros más bien enigmáticamente lúdicos, llenos de rítmicos desgarramientos del espacio sinestésico. Si hay una historia detrás de cada pieza fílmica, ella está hecha de necesidad, situación que, diría Fredric Jameson, impedirá en todo instante su tematización/cosificación, como simple objeto de representación o, en una variante, como código clave entre otros.

Los cortometrajes de Daniel Valdez, no funcionan como vehículos simples de un tipo de contenido (tan solo el found footage y la reapropiación concreta en turno), sino más bien como la manifestación inexorable de lo acontecido. En ellos impera una narración sin causas primeras, dominada por la visión de un inconsciente político que retextualiza las historias bajo el manto de un ruido estetizado, a la vez que desdibuja la linealidad típica en la manera de presentar los acontecimientos. Así, no propone nuevas representaciones, sino que nos abisma en la suspensión política de las causas; de ahí la sensación de ausencia enigmática que se manifiesta como un loop noise existencial, cargado de referencias a lo que podríamos denominar como posmarxismo noise interestelar.

En vez de buscar un nuevo paradigma para la imagen intervenida, cada obra explora lo ausente en todo registro filmado, como en Tom, Tom, el hijo del flautista (homenaje al Tom Tom, the piper´s son de Ken Jacobs). Y esa ausencia molesta hincando sus espolones sobre nuestra pinealidad primigenia; se manifiesta  como franco rechazo de la totalización pornográfica de nuestros deseos, imponiendo en todo momento un límite a nuestra praxis ideologizada (lo hacen pero no saben que lo hacen). Ahí radica la audacia estética del trabajo de Valdez Puertos: nos ofrece una desolación juguetona que es toda ella un retrato de los efectos y por lo tanto, una problematización constante para toda fenomenología de la mirada, que, ya sea que descanse sobre una Angélica María desdoblada y virginal entonando un grito infinito en dirección a las pléyades, un Marx alienígena que mira severo a los hijos maltrechos del tercer mundo o, por qué no, un Lenin teórico interestelar, evita constituirse a sí misma como fuerza cosificada.

Ante la visión de sus delirantes jugarretas estéticas, nos encontramos en presencia de la mitad inasible de toda totalidad. Es por ello que las imágenes de Daniel Valdez rompen el continuum de la representación para hallar en la imagen sonorizada un discurso de lo posible distópico. Lejos del convencimiento posmoderno por el populismo estético, el artista ironiza en cada registro de experimentación fílmica y nos regala una mueca químicamente tratada, plagada de nostalgia política y cinematográfica por el sentido conocido de un mundo que, sin piedad, se disuelve en el aire en cada fragmento de película rescatado del basurero de la historia. Este es de hecho su leit motiv exploratorio: comprender la lógica de disolución biopolítica de ciertas narrativas inmortalizadas por el lenguaje cinematográfico, y ello en un plan de fenomenólogo del relajo. Sea el collage, la superposición y toda forma de intervención, el trabajo de Daniel Valdez con el found footage, lejos de funcionar como el divertimento estético de un saltinbanqui visual, explora en las capas no visibles de una ontología de segundo orden, cuyo lenguaje es anterior, es musical y reacio a ser nombrado, lleno de términos viajeros que van entre la ensoñación dadaísta y el manifiesto político venido a menos en una época de apoliticidad cínica del lenguaje. Así, a contrapelo de la realpolitik de la mirada, cada pieza del artista hace un homenaje a lo soterrado, al rompimiento de los forzados equilibrios pop de la imagen posmoderna, y, a la vez, una declaración sobre la imposibilidad perenne del decir en la lógica cultural del capitalismo tardío.

Al abordar el contenido difuso de la totalidad, vertida a lo largo de innumerables registros, propios de una ontología extraña y siempre fuereña (la del occidente pleno), las experimentaciones de Daniel Valdez muestran en un tour de force antropofágico, la táctica apropiativa del barroquismo estético latinoamericano que, como Darcy Ribeiro frente a Levi-Strauss en aquel mítico encuentro, se rebela contra el negacionismo que el orondo cogito del maestro le espeta en su intento de relegarlo al universo de la res extensa, que es el suyo por obra de una estratagema transhistórica, propiamente natural.

Sin más, los dejamos con una muestra del trabajo del artista. Cada uno hunda sus filamentos hermenéuticos en el proceso de desbrozar ruido, imagen y política en sus poéticas auscultaciones fílmicas.