Indiana Christov

Juego y Reflexividad Pictórica

 

I

En el arte más cercano al vórtice del juego y la sombra, el pensamiento deshebra a la persona por el camino de la máscara y el simulacro. Cada acontecimiento hecho pintura deviene una paleta de colores secretos, una exploración en los pliegues de la creencia y la impostura ante el fetiche teológico, que ve vaciados sus ojos de toda vista canónica de lo divino. Abdicando a su dolor estetizado por siglos, figura ahora como representación que se desgarra en el cuerpo desarticulado de un autómata. En cada pintura de Indiana Christov, la maquetación de colores remite a un escenario cuyo fondo se encuentra entre el umbral de la abstracción y la ilusión sin llegada del conocimiento infuso.

Al mirar cada imagen, puede apreciarse la soledad de una presentación “pública” regida por la emergencia de lo incompleto: un momento petrificado que no termina por hacerse, pero que precisamente encuentra su divertimento en ese inacabamiento y genera una conversación con el espectador que, dicho sea de paso, se siente arrobado por un mundo definido por lo secreto.

En cierto sentido, el conjunto presentado tematiza el problema de la identidad en el umbral evocado: el de los rostros anónimos de un santoral sutilmente trastocado. Despojados ya de su performatividad divinizante, yacen inmersos en un ludismo que descoyunta los cuerpos revelando la centralidad de los gestos teologales en las miradas piadosas, las delicadas manos, las genuflexiones… todo ello introduciendo siempre una dimensión estética que desacraliza cada gesto. En este sentido siempre tendiente al juego, las pinturas son un ejercicio de analiticidad estética. De ahí la alegre fragmentariedad de la “epifanía sacra” presentada en cada unidad pictórica.

II

La pintura de Christov emana del mundo del juego de las evocaciones infantiles, y se ancla en la nostalgia reflexiva aplicada al universo de cada figura retratada: el de los espacios silenciosos donde el martirologio y el fetiche sacrosanto habitan vibrantes espacios de luz y sombra. Sin embargo, lejos de todo significado críptico e intocable, en el universo de Christov, hay liberación y mutabilidad, así como una sensualidad que se vacía en dinámicos pliegues de color.

Llama la atención la visión sugerida en las cuencas vacías de los ojos de cada personaje. Ella bien pudiera narrarse por el camino de una revelación cuasi budista, retorciendo de forma hilarante cualquier inmersión en la comprensión de la experiencia (lúdico-estética) de la santidad.

III

Los retratos revelan la multiformidad simbólica sometida al juego, siendo esta su dimensión más estimulante. Cada imagen pintada por la artista, explora viejos mundos gobernados por historias infantiles que se entrecruzan. Todas ellas historias de silencio contemplativo y exploración. Se trata de la religión infantil, por llamarla de alguna manera, de los espacios secretos, los espacios de luz y sombra, de curiosidad y secreto. Todos ellos habitados por seres fantásticos de llamativa presencia, pobladores de un mundo gobernado por la silenciosa palabra de los dioses. Sin embargo, ninguno de ellos pareciera arredrarse ante la divina palabra. En ellos no hay espanto ante lo inmensurable. Cada uno de ellos teatraliza la metafísica de las realizaciones posibles con lo que pareciera una conciencia dramáticamente gozosa. De aquí la fuerza del arte de Christov, del cual emana una filosofía no siempre fácil de abordar, pues conjunta dos vías en apariencia incompatibles: la del homo ludens por un lado y la de los fundamentos primeros por el otro. Sin embargo, aquí ambas danzan, danzan la danza alegre de las muchas noches herrabundas, de la mirada aniñada y cercana a los orígenes de la más original ensoñación.

IV

Es este un arte de arquetipos donde cada zona de sombra y silencio, se oculta tras la apariencia de un mundo de muñecas y risotadas ensordecedoras de niños filosóficos, emulando los sitios más sombríos de la imaginería simbólica humana, desde sus recovecos teologales hasta sus obsesiones de pureza, eternidad y conocimiento.

Fascina la contemplación de la disociación juguetona y oronda de los ídolos de la ecclesia, que danzan pétreos y trastocados por el pincel de la artista, vertidos cual ruina luminosa sobre el lienzo bellamente emocionado por la sobriedad de la paleta de colores apastelados.

Si la pintura religiosa fue en algún punto un campo de investigación de lo divino, de su revelación, en el trabajo de Indiana Christov –que aunque sea lateralmente toca el tema-, no es más que el registro crítico de la irónica interrogación que a los propios sujetos trastocados se les revela como la imposibilidad de acceder a la región de los misterios. Están aislados con su entendimiento, privado ya de la mítica sutilidad que les daba acceso a los secretos más fundamentales. Ahora, no pueden hacer otra cosa que avizorar su propia sombra reflejada en el espejo. Somos nosotros quienes los miramos presas de un extrañamiento sin forma precisa, tentados a repetir, “sin mí, nada puedes hacer tú”.

V

En última instancia, como emanaciones de la materia, los personajes de Christov, no revelan más que los sufrimientos que le son propios a cada átomo del ser martirizado y excelso en busca de un sentido quizá menor, no infuso, aunque todavía preso de viejos terrores asociados a una educación primera, anclada en una pseudoteología venida a menos. La eterna e inmensurable unidad está rota. En definitiva, no es el hombre quien llena ya todas las cosas.

VI

Vistas como una oda a las máscaras jungianas, las pinturas de Indiana Christov bien pueden funcionar como evocación de la expresión colectiva dirigida por la dinámica del inconsciente personal, que -lejos del perfecto mecanismo newtoniano, y un tanto más cerca de una mónada leibniziana animada por los hermanos Quay (si tal fantasía fuera posible)- nos enseñan con prudencia e infantil curiosidad, a sospechar de cada rostro cargado de historias centenarias, invitando a reinterpretarlo desde la luz angustiosa de nuestro presente, acompañados por la poiesis visual de Svankmajer y el sociometabolismo descrito por Huizinga en su Homo ludens.

Aquí no hay cárcel, cada imagen ha sido liberada por fin y, como en el inicio de inicios, vuelve a estar en el horizonte de la sobriedad poética, no lejos del romanticismo más audaz, y de una mirada artística hecha de muchos mundos, edades y posibilidades. Después de todo y sin contradicción alguna, en la pintura de Christov encontramos otra manera de proyectarnos a cientos de millas por encima del firmamento, más allá de toda criatura, en busca de la unidad inmutable y autogenerada, sin antes ni después, sin tiempo, espacio ni superficie cognoscible y, por ende, inexpresable.