Jefe, no me lo va a creer

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En México existe un estigma, un prejuicio y un miedo irracional a algo “peor” que ser pobre, que ser prieto, que ser madre soltera, que ser gay, que ser poliamoroso o ser filósofo, y eso es: ¡Estar loca!

La locura es usada como un adjetivo negativo, como una ofensa o se considera como algo a lo que hay que temer.  Es común escuchar que la gente aclara “o sea voy a terapia, pero no estoy loco”; sin embargo también existe el otro extremo: el romanticismo usado por poetas y enamorados que dicen estar locos de amor, aunque son los menos, pero se les justifica su locura porque en nombre del amor todo es válido.

Y es que de todo puede haber retorno: el pobre podría volverse rico, la madre soltera puede ser una gran heroína, los homofóbicos podrían dejar de serlo, las personas podrían ganar la lucha contra el cáncer, pero todos saben que de la locura no hay retorno, que se apacigua, se controla, se contiene, pero jamás vas a ganarle la batalla.

Con todo este escenario ahora imaginen ser prieta, (según Viridiana Ríos) ser pobre y loca: el combo perfecto para que ninguna empresa te reclute. Me enteré de mi primer trastorno a los 19 años: Trastorno Limítrofe de la Personalidad. Con el flamante servicio de salud en nuestro país y psiquiatras de pacotilla, abandoné el tratamiento y me aventuré  a estudiar tres años de licenciatura entre la depresión y arranques de adrenalina extremos. A los 26 años, después de otra ronda de estudios, se dieron cuenta de que el trastorno 1 tenía un mellizo: Bipolaridad de Ciclación Rápida. Para ese entonces llevaba más de siete renuncias en empleos donde me amaban por responsable, perfeccionista y disciplinada, pero me odiaban por hostil, sarcástica y agresiva, en mis días tristes.

Sabía que no era buena en mi trabajo, era excelente; pero eso no importaba, pues cada vez que obtenía lo que yo creía era el empleo de mis sueños, en un cargo acorde a mi carrera, en una gran empresa, tenía que afronter el obstáculo de los exámenes psicométricos presenciales, pues cabe aclarar que la vez que me colé en dos empresas trasnacionales como personal operativo, fue porque los exámenes los hice desde casa, con ayuda de mi terapeuta en turno; para las grandes ligas no podría llegar y decir: -Oiga, no me haga estos exámenes, pues fíjese que tengo dos trastornos, pero soy muy buena en lo que hago-.

Al final de mis 27 años, y a sabiendas de que los grandes corporativos no eran para mí, me dediqué a buscar trabajo en redes sociales y ahí encontré mi trabajo soñado: buena paga y a unos cuantos minutos de mi hogar. La contratación fue en base a una entrevista sencilla y cero exámenes, aparte de tratar temas que realmente me apasionan. Dejé el tratamiento porque debía pagar deudas, aprovechar este empleo y, según yo, me sentía más que perfecta. A la fecha es el empleo que más me hizo picar piedra con gusto, pues siempre había grandes recompensas. Pronto comencé a ver que mis otros ocho compañeros tampoco estaban muy sanos mentalmente, y eso me dio confianza.

Un día, recibí la llamada de una muy querida ex-terapeuta que había comenzado con una pequeña fundación a favor de difundir información sobre la salud mental. Me dijo que quería mi testimonio, que prepara una conferencia. Comenzamos  a trabajar en lugares remotos donde la salud mental ni se conoce y las personas llegan al grado de ser los vagabundos de la colonia. Fue impresionante como nos recibían y todas las preguntas que hacían sin chistar. Fue una experiencia muy diferente a cuando me tocó ir a programas de reclutamiento de dos renombrados bancos, donde los reclutadores se hacían para atrás en sus sillas, entornaban los ojos o apretaban lo que tuvieran a mano, cuando escuchaban que yo padecía de dos trastornos. En esas ocasiones, sus preguntas las hacían con miedo y preguntaban por los clichés que conocían, muy parecidos a aquellos que vieron en películas o series. Al final, muchos dijeron en sus cuestionarios que no estaban dispuestos a compartir la oficina con alguien como yo. Cuando comencé a ir a las conferencias, acudí a la oficina de mi jefe y sin un gran preámbulo lo solté: –Jefe, no me lo va a creer, pero vivo con dos trastornos mentales y me gustaría llegar un poco tarde el jueves porque daré una conferencia sobre ello.- Me miró, y con su resonante voz, me dijo que sí tenía permiso y que ya sabía lo de mis trastornos pues nadie cuerdo hacía lo que yo hacía, ni nadie cuerdo podía ser tan excelente en su trabajo, y que cada vez que necesitará permiso para las conferencias o citas médicas no dudará en pedirlo.

El gusto me duró casi dos años y medio, pues el Covid y el gobierno acabaron con la empresa. Tengo 30 años y hace un par de meses mis mellizos decidieron ahora ser trillizos. No estoy lista para hablar de este tercer trastorno, pero sí para emprender un nuevo empleo de mis sueños, donde desde el primer día que hablé de mi situación mental, mi jefa sonrío y me dio la bienvenida.

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