He comprendido que la vida no es un instante, que es un vaivén de situaciones creadas más allá de lo personal. Jamás supe el valor real de un abrazo, de una reunión familiar, de un grupo de amigos juntos por el solo hecho de compartir como hasta ahora. Bastó solo un microscópico virus que nos empujara al acantilado de la desesperación, la locura, la ansiedad y el miedo a lo incomprensible; hoy debo ir a trabajar con temor en mi mente pero con fuerza en el corazón porque soy enfermera.

En estos momentos considero que no hay persona más vulnerable física, moral, anímica y e incluso socialmente que todos los que laboramos en un hospital. Para algunos somos héroes, pero para la gran mayoría de las mentes ignorantes constituimos un foco de infección que deambula por las calles de la ciudad.

­–¡Turno de la noche!– dijo la jefa. Por un instante mi corazón cobró algo de calma, ya que en ese turno pocas veces hay aglomeración de gente; sin embargo, un martes veintiuno de abril, aproximadamente a la una treinta de la madrugada en el Triage de Covid19, paciente con dificultades de insuficiencia respiratoria, fiebre alta y tos… ingresa a urgencias. Mi corazón y pulso se aceleraron, empecé a sudar, un inexplicable escalofrió recorrió cada milímetro de mi piel, cada latido se sulfuraba cada vez más como esa llamarada de miedo que todos hemos sentido alguna vez en nuestras vidas.

Mantengamos la calma, como nos indicaron en las capacitaciones y cursos que hemos tomado, sin embargo me encuentro en las puertas del infierno llamado grupo de contingencia. La gente común y corriente no tiene idea de lo que es estar aquí; miles de imágenes vuelan por mi cabeza, unas con palabras de aliento, otras con situaciones risibles que hacen especular sobre la calidad de los seres humanos que constituyen nuestra sociedad.

Es ya la una cincuenta y siete de la madrugada, es declarada muerta paciente de sesenta y cinco años. Mientras tanto, sellan entradas y salidas de la clínica, así como cerraron también la boca de muchos que nos encontramos frente a este miserable, diminuto, pero peligroso virus. Se selló así también información crucial para evitar el pánico en mi pequeña ciudad. Fue así que estallé en cólera contra el sistema de salud, así como contra el político. No se supone que la campaña “¡Quédate en casa!”, sumada al aislamiento social, suponga también el aislamiento informativo… lamentablemente trabajo para el gobierno. Cavilo pensando en las mayorías: “quédate ignorando lo que sucede en realidad, no sabes lo que nos espera”. Siento una gran impotencia por no poder difundir información a mi familia y amigos sobre lo que verdaderamente está pasando en nuestro ambiente. Miles de preguntas sobresaltan mi entendimiento, pero debo callar.

Lloro por dentro al mirar a una mujer entregarme una carta para ser leída a su padre que se encuentra en la antesala de la muerte. Dos opciones, dijo la funeraria: fosa común o incineración. –De cualquiera de las dos formas, cuando esto pase, no veras a tu padre– exclamó el hombre de mirada seria y delgadez extrema.

Me alejé por el pasillo rumbo a la cama ocho. Llegué a donde se encontraba el señor Joaquín, y le dije con un semblante y un aire sumamente positivo: -¡Estará usted bien! Esto es solo un momentito. Mientras, levantaba mi dedo pulgar en señal de ánimo y esperanza. Me dispuse a leerle aquellos sentimientos atrapados en una cuartilla, escrita con letra temblorosa, como el corazón de aquella chica; al leer la carta, por algunos momentos tuve que controlarme para que mi voz no sonara entrecortada.

“¡Papi, estamos todos esperándote en casa para continuar nuestras vidas! Aquellos planes de verme vestida de novia y entregándome en el altar siguen en pie. Sé fuerte que Dios está contigo. Saldremos de esta situación juntos. Te amo”. 

Los sonidos de los monitores de signos vitales se aceleraban cada vez más, los registros en ellos subían y bajaban vertiginosamente como si el monitor se hubiera vuelto loco. Fue ahí cuando el señor Joaquín con sus ojos dispersos, cara de angustia, miedo, dolor y soledad, me tomó la mano tiernamente y suspiró un “Dios te bendiga”. Ahora mismo no sé si fue para su hija o para mí. Solo sabía que Joaquín se había ido en ese momento.

Posteriormente a todo el protocolo de intervención y entrega del cuerpo, mi mente siguió divagando entre el ir y venir de mi vida que aún comienza. Soy profesional de enfermería pero también hija, esposa, hermana y en unos meses madre. Situación que yo no sabía porque acabo de saberlo el día de ayer, y no puedo gritarlo a los cuatro vientos porque de eso depende mi basificación en este hospital.

Hoy mi miedo más grande es no saber con certeza si conoceré al único y verdadero amor de mi vida, pues todo puede terminar en cualquier instante. Por eso te digo: ¡Quédate en casa! Porque yo tengo ganas de salir corriendo de aquí y terminar mi jornada de agonía. Sí, quiero que acabe cada día y quitarme de la cabeza esta desazón que me acompaña hoy más que nunca.

El miedo es un sentimiento que nos pone alerta ante situaciones impredecibles, y ¿sabes cuál es el mayor temor de un médico o una enfermera? Es que para salvar la vida de alguien más expones la propia. Es triste pero real: no contamos con los recursos necesarios y de calidad para protección personal. Ahora son momentos difíciles para todos, ya que vivir y morir resultan eventos similares. Aquí en el nosocomio de la vida, sin duda, sé que ambas son caras de la misma moneda y debemos hacer nuestro trabajo sin miedo y de frente, para que cuando nos toque ese inevitable tiempo de trascender, podamos abrir los brazos y entregarnos por completo a la libertad de morir sin temor tras haber vivido intensamente.

Siento rabia e impotencia al escuchar en los medios de comunicación que hay condiciones favorables para manejar pacientes: es por completo una mentira. Una mentira disfrazada de verdad para controlar a las masas, como muchas que se dicen en este momento de crisis: cifras maquilladas, verdades a medias. A leguas se encuentra la muda verdad. Muchos son los ejemplos sobre las mentiras que constituyen la base del cualquier sistema político, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero.

Para la dama blanca llamada muerte, es solo cuestión de tiempo, y espera pacientemente el final de cada uno de nosotros. En las paredes de los hospitales, anclados quedan los recuerdos de aquellos momentos de dolor en el desconsuelo, la soledad y la desesperación de aquellos que ni siquiera pudieron decir su último adiós. Este es el lugar donde la vida y la muerte son un mismo instante, un fino e impresentable hilo del cual tirar para salvar o enterrar; sin embargo sigo aquí, en mi jornada de agonía, pero firme al pie del cañón recordando aquel juramento que prometí cumplir ante todo.

Por mi conciencia y honor, seguiré ejerciendo mi trabajo con profesionalismo, dedicaré mi vida al bienestar de las personas a mi cuidado, haciendo todo lo que esté a mi alcance para salvaguardar la salud del ser humano.

10 thoughts on “Jornada de agonía”

  1. Cuanta razón y cuanta rabia me da que muchas personas no entendieron el quedate en casa y anduvieron paseando y siguiendo su vida como si nada pasara y hoy estamos pagando consecuencias de esa irresponsabilidad… Ojalá, ahora si lo entiendan y sigan las indicaciones del sector salud

  2. Una lectura con mucha concientización respecto a lo que se está viviendo, con un panorama diferente, de esa noble labor que muchas veces olvidamos o hacemos menos.
    Me encantó.

  3. Hermoso texto que nos invita a reflexionar sobre lo vulnerables que somos y como en medio de la tragedia existe gente con vocación que aunque temerosa ante la incertidumbre expone su propia vida por salvar la de otros.

  4. Una muy buena reflexión que nos lleva a valorar el trabajo del personas que trabaja en hospitales y que arriesgan su vida día a día

  5. Más que nunca debemos tener conciencia como sociedad sobre la responsabilidad que debemos de tener ante situaciones de esta magnitud, es cierto existen muchas dudas que son generadas por tanta información que hay, y que en ocasiones algunas de ellas te llevan al miedo, incertidumbre y tristemente en algunas personas a la incredulidad de lo que estamos viviendo, es hora de apoyarnos unos a otros y que cada quien desde su trinchera haga lo que le corresponde.

  6. Excelente publicacion, felicidades amiga, gracias por compartir este relato, sin duda alguna la cruda realidad de diferentes actores ( enfermos, doctores, familia, gobierno) en fin cada uno desde una perspectiva diferente pero con un dolor e impotencia compartida. Dios nos bendiga.

  7. Excelente publicación doctora, nos permite poner en perspectiva lo frágil que es nuestra vida y considerar que el personal de salud hace lo humanamente posible y como es que no valoramos su trabajo, yo en lo personal viviré enternamente agradecida con todo el personal del hospital regional del ISSSTE en Puebla, gracias a ellos hoy estoy aquí y espero esto nos sirva para dignificar aún más el trabajo y sacrificio de los profesionales de la salud.

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