A lo largo de la historia ha existido un debate en cuanto al uso del concepto patriarcado en los análisis de la opresión contra las mujeres. Fue hasta mediados del siglo XIX que diferentes teóricas feministas contradijeron el uso equivoco de patriarcado como categoría de análisis. Las formas específicas en que se estudian las opresiones hacia las mujeres determinan, al mismo tiempo, las características y los contenidos de una época o una sociedad en donde convergen mujeres y hombres.

Es así que se torna importante la revisión teórico-metodológica del concepto patriarcado, no solo en el ámbito científico, sino que también permite una comprensión más objetiva del entorno y la realidad social, además de que ayuda a visibilizar la historia universal de la génesis de la opresión contra las mujeres, a partir de la cual se les sitúa como sujetos productores de la historia social.1

Las vertientes tradicionales por la que se comienzan a mover los estudios se basan en dos concepciones u objetivos principales: la condición de las mujeres y el surgimiento de instituciones, así como de relaciones sociales. Estas dimensiones tradicionales corresponden a dos corrientes de pensamiento que dirigían el análisis científico de ese contexto: el marxismo y feminismo (Lagarde 2005:86). Toda esta serie de debates teóricos que analizaban las diversas formas de relaciones sociales desde el concepto patriarcado, acompañan también la visibilización de las mujeres como sujetos productores de la historia social, a partir de la cual se desencadenan toda una serie de contraposiciones genéricas: la división, la opresión de los hombres hacia las mujeres y demás procesos sociales, que no abarcan la totalidad de las diferentes formas de vida y violencia.

Si bien el concepto de patriarcado puede brindarnos la base para la comprensión de la génesis de diferentes procesos sociales (a partir de los cuales se desencadenan diversas problemáticas en torno a la mujer), sostenemos que este mismo, no alcanza para llevar a cabo el análisis histórico, social y cultural de la opresión, ya que se sitúa en un momento especifico. Es por eso que a lo largo del presente ensayo analizaré el proceso de opresión contra las mujeres desde la categoría de género.

El análisis remite a la revisión de tres posturas teóricas entrelazadas que dan cuenta del uso impropio y deliberado del concepto de patriarcado, que limita y conduce a generalizaciones reductivas o demasiado simples, cuyo problema es que solo responden a un periodo de la historia particular, así como de sociedades concretas no dinámicas, y que, por ende, no se puede universalizar para el estudio total de la condición de las mujeres.

1.- La categoría género frente al concepto patriarcado: una mirada objetiva de la opresión contra las mujeres

La opresión o subordinación femenina se puede explicar a través de la categoría género. Debido a su flexibilidad, podemos analizar diferentes momentos históricos, diferentes ámbitos, relaciones sociales y contextos propios. Además de que este análisis implica tanto la revisión del control histórico del poder masculino y sus situaciones, así como las formas de vida y relación de las mujeres, o sea la organización social relacional desigual entre hombres y mujeres.

A diferencia del concepto patriarcado, que se refiere a la organización social controlada de manera singular por el patriarca y que se reproduce generacionalmente2, la categoría género expone, en un primer momento, la capacidad gramatical de construir un “Yo” como mujer, separado de las concepciones analíticas tradicionales; así mismo, permite resaltar la significancia de la mujer y su papel en la historia social, rechazando la carga sexuada en favor del hombre.

Como segundo punto, la categoría de género permite evaluar no solo la condición de las mujeres oprimidas, sino que también permite estudiar la historia de los hombres como sujetos productores del sistema opresor. Entonces, la acción del género en las relaciones sociales humanas resulta clave para el entendimiento de los significados y percepciones del conocimiento histórico.

La amplitud con que puede utilizarse como categoría de análisis resulta bastante extensa para el carácter teórico. Género es aquella forma de denotar las construcciones culturales que forman las identidades subjetivas de hombres y mujeres. Así mismo, se diferencia de la visión totalizadora del patriarcado, que incorporó la noción universal de comprender las relaciones sociales de manera antagónica, empleando formulaciones tradicionales que proporcionan explicaciones causales o puramente descriptivas.

Posteriormente, el concepto de género permite escindirse de la sexualidad, eliminando el determinismo biológico que se les adjudica a las mujeres para analizar científica y objetivamente el conjunto de relaciones sociales. La existencia de la “feminidad” se legitima precisamente a partir de los esquemas de lenguaje que asimilan la existencia de las mujeres con la naturaleza, la procreación, etcétera. “No es la sexualidad lo que obsesiona a la sociedad, sino la sociedad la que obsesiona la sexualidad del cuerpo” (Scott, 1996: 146)

El concepto de género subraya la identidad de mujeres y hombres dentro del esquema simbólico cultural, y como es que este marco de heteronormatividad compartida crea identidades subjetivas que asumen un rol especifico en las relaciones sociales de feminización y masculinización. De esta concepción se derivan las relaciones de los sujetos sexuados con cargas diferenciadas de poder y significado que controlan los elementos más básicos; que van desde el acceso restringido o minimizado a los recursos materiales y simbólicos.

Podemos observar que la evolución del concepto de género amplia el campo analítico de las diferencias sexuales, planteando científicamente el conjunto de relaciones sociales que son la base de la vida diaria de todas las mujeres, teniendo como objetivo eliminar este antagonismo culturalmente construido y crear de manera objetiva un término que dé cuenta de las diferencias de sexos y permita comprender las complejas conexiones entre varias formas de interacción humana.

Scott (íbid.) distingue los elementos conformantes del género y señala cuatro principales:

1. Los símbolos y los mitos culturalmente disponibles que evocan representaciones múltiples.

2. Los conceptos normativos, que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos. Estos conceptos se expresan en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas que afirman categórica y unívocamente el significado de varón y mujer, masculino y femenino.

3. Las instituciones y organizaciones sociales de las relaciones de género: el sistema de parentesco, la familia, el mercado de trabajo segregado por sexos, las instituciones educativas, la política.

4. La identidad.

Estos cuatro elementos, señalan las relaciones sociales entre sexos y la forma más objetiva de interrelacionar los estudios de género en el debate teórico.

Conclusiones

En conclusión, el concepto de patriarcado resulta vacío frente a la necesaria amplitud explicativa de las relaciones sociales entre sexos que se basan en diferencias cualitativamente complejas. Debido a la visión totalizadora del concepto de patriarcado —amplificada e incorporada en el discurso cultural normativo y en el ámbito científico-académico sin la explicación de su uso–, así como a su carácter limitado y su poca amplitud teórica,  éste fue conducido a la intrascendencia.

Por lo tanto, es pertinente recalcar que el uso debido de la categoría género amplia el estudio argumentativo y analítico de los orígenes de la subordinación femenina. Es por eso que se escinde la categoría género del concepto sexo para comprender la simbolización cultural de la diferencia sexual. Dentro de esta relación dual encontramos que el carácter de correlación entre esferas es constante, y es entonces que el concepto de patriarcado resulta inútil para el estudio ampliado de los poderes múltiples.

En resumen, el concepto de género es cualitativamente más útil que el de patriarcado para analizar la situación de subordinación de las mujeres, aquella que se visualiza a partir del acceso desigual visible en factores como el lenguaje, así como la desigualdad laboral, política, cultural y económica, legitimada a partir de la instauración cultural de los roles de género que producen la condición inferior de las mujeres a través del predominio masculino.

Bibliografía:
-Lagarde, M. (2005), ”Las opresiones patriarcales y clasistas” en Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, México.
-Lamas, M. (1996), “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género” en Lamas Marta (Comp.), El género: la construcción cultural de la diferencia sexual, PUEG, México.
-Scott, J. (1996) “El género: una categoría útil para el análisis histórico” en Lamas Marta (Comp). El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. PUEG, México. 265-302p.

Notas al pie de página:
1 “La creación de la categoría patriarcado sucedió como parte de la creación de las utopías-socialistas y feministas-, así como de las preocupaciones teóricas evolucionistas del siglo XIX. Como uno de los elementos centrales de sus nuevas formas de conciencia, acompañó y expresó el surgimiento de las mujeres como sujetos de la historia” (Lagarde, 2005: 87)

2 “El Patriarcado, como sistema social ha quedado plasmado en nuestra lengua como “la organización social primitiva en que la autoridad se ejerce por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aún lejanos de un mismo linaje”. (Lagarde, 2005: 87).

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