La ciencia y la venganza

En aquel apartado laboratorio clandestino, del excéntrico doctor Piñero, debía probarse la nueva droga experimental.

Con una sádica sonrisa, y con la jeringa en la mano, se acercó lentamente a la diminuta jaula, donde la pequeña figura del animalito lo miraba temblando, aterrado a más no poder.

Desde que ese maldito experimento de cambio de cuerpos había terminado (con desastrosos resultados), el conejillo de indias disfrutaba cada día más haciendo sufrir al indefenso científico.

Sin embargo, este último lo soportaba.

A su enemigo solo le importaba la venganza, pero, en su caso, sabía que todo ese sufrimiento era por el bien de la ciencia.

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