La “duración” de la pandemia

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Si observamos el accionar de las agujas de un reloj daremos cuenta que a ese tiempo lo pretendemos encerrar en las dimensiones del espacio. Simultáneamente, sin embargo, sucederán diversas cualidades, que tendrán otro tipo de tiempos, para cada uno de los que lo experimentemos, independientemente sí ese reloj dio cinco millones o cincuenta millones de vueltas.  Así nos despertó Bergson cuando alumbró el concepto de durée (duración) cómo “la forma que toma la sucesión de nuestros estados de conciencia cuando nuestro yo se deja vivir; cuando se abstiene de establecer una separación entre el estado presente y los anteriores” (Bergson, H. “Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia”. Ed. Sígueme. Salamanca, 1999. p, 120). 

El presente contexto pandémico sea tal vez tan o más propicio del originario que surgió como debate, en relación al tiempo como concepto, como noción, entre Bergson y Einstein. 

Una composición musical es la alegoría mediante la cual, el francés nos invita a que vivamos nuestro “yo profundo”, entendiendo que el pasado es una parte indiscernible de nuestro presente, que conformará lo que vivamos sucedáneamente. Podemos diseccionar una parte de la melodía, pero no tendrá sentido sin su totalidad, sin esa duración dinámica de sucesos que se prolongará indefinidamente, mediante sus composiciones heterogéneas. El espacio, aquello que ocurre por fuera de nuestra conciencia, es una composición homogénea, a la que mediante el instrumento número, forjado para conocer lo extenso, nos genera la otra experiencia de la duración impura, la que también nos podrá, determinar, llevándonos al yo superficial, donde finalmente emparejamos, maridamos o mixturamos al tiempo con el espacio, confundiéndolos y confundiéndonos. 

Ninguna de nuestras experiencias, que nos constituyen y nos seguirán constituyendo, pueden ser dimensionadas por una realidad contada, en la repetición de los movimientos de una aguja girando sobre un eje. Tal colección de unidades idénticas sitúan lo escenográfico, como un elemento secundario, como un fenómeno posterior, donde se vuelca el contenido. 

En el fluir constante de nuestra dimensión de los hechos, los situamos a estos como diacronías, es decir que se suceden en una suerte de espiral en donde constituimos el pasado, el presente y el futuro. Sin embargo, los mismos nos habitarán en nuestra conciencia de un modo no espacial, sino sincrónico. Kant hubo de encontrar la metáfora del mito griego de Gea y Urano, separados por la acción violenta de Cronos (castra al padre), que precisamente es el tiempo físico, que surge, en el entre, el cielo y la tierra (que constituían sexualmente lo homogéneo e indiscernible). Bergson, sin refutarlo expresamente, nos dirá que esa separación no ocurre dentro nuestro, sino en un afuera, que debe ser mensurable por una determinación temporal-numérica, pero que no modifica sustancialmente la “durée” o duración. “Se espera que la experiencia futura sea como la pasada” nos alecciona y el sentido más cabal y cotidiano lo narrará majestuosamente, un pariente político suyo, Marcel Proust en su obra “En busca del tiempo perdido”. 

Más acá en ese “tiempo” convencional, lo retoma otro gran literato como Jorge Luis Borges en parte de su obra, pero que lo podemos apreciar taxativamente en su cuento “El milagro secreto”. “Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: Un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo Alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurriría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.”

En el contexto pandémico, el tiempo que no es duración, el homogéneo y tal vez inconscientemente insoportable, fue modificado radicalmente. Las medidas políticas y sociales que se tomaron en todo el globo, modificaron las conductas más habituales que dimensionábamos como las más habituales y constitutivas. La educación, el trabajo y el divertimento, se restringieron en el campo espacial. Forzosamente y sin que nos explicaran, de buenas a primeras, los gobiernos, nos exigieron lo que nunca alimentaron. Que todos y cada uno de nosotros, quedándonos reducidos en movimiento, habitáramos más en nuestro yo profundo, que en nuestro yo superficial. La técnica claro, fortaleció y profundizó los recursos telemáticos y a distancia, de lo contrario, tal vez hubiéramos padecido suicidios en masa.   

En el fluir constante de las palabras que me habitan y que pretenden una comunicación con lo otro y con el otro, recibo muchas veces señalamientos atendibles en cuanto a la exposición tanto en su forma y contenido, como difícilmente comprensibles o muy exigentes para ese público al que tutelan o dicen representar esas voces o respuestas. Opera en mí entonces, la duración, no es algo novedoso y posee muchas aristas. Dado que el calendario, al que hemos sacralizado, en virtud de nuestra composición numérica para comprender lo que está afuera y de allí comunicarnos sin tanta subjetividad, alerta que estoy próximo a las cuatro décadas, decidí lo siguiente. Dí a leer el presente texto a mi hijo Máximo, a quién le agradezco y me apiado por su infortunio de tenerme como padre, para que agregara lo que considere una vez finalizada la lectura. El mismo calendario que me determina en mis cuarenta años, sitúa a mi hijo en catorce. Escribió lo siguiente:  “En mi conciencia una tarde jugando podría ser un tiempo muy corto empero estuve 5 horas divirtiéndome, sin embargo una acción realizándola obligado o que no sea del todo agradable podría ser eterna por mas que solo pasen unos cuantos minutos”. 

Sonaría muy naif, pretencioso y marketinero el proponer “aprovechemos la duración de la pandemia”, para darle otro sentido a la dimensión temporal que no es, unívocamente, la espacial, la que nos repite, sin ritmos, sin tonos, sin melodía, sin composición, la réplica de números, de muertos, de enfermos, de contagios, de empleos perdidos, de pérdidas económicas, de encuentros no dados, de besos, abrazos y demás acciones restringidas. 

Cuando me canten nuevamente el feliz cumpleaños, lo sentiré como la vez primera, o cómo aquella que no me gusto tanto, no será lo mismo ni tan diferente, pero me hará dar cuenta cómo de tanto en tanto, fluyo y fluiré en un océano de palabras, que ha sido, es y será tu risa, tu llanto, tu silencio y tu canto.   

 

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