Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 11 segundos

Cada cierto tiempo se conforma una expedición hacia lo más profundo de la selva. Todos buscan la ciudad perdida y sus inimaginables tesoros. Nada parece detenerlos, ni el fracaso de todas las partidas anteriores ni las múltiples desapariciones de expedicionarios.  En este lugar el optimismo es más peligroso que la mordedura de una serpiente. El tipo tiene un acento extraño. Sus compañeros permanecen en silencio mientras acordamos la paga por servirles de guía. Nunca he tenido éxito, pero soy el único que se atreve a adentrarse en la selva. No tengo que prometer nada, solo la posibilidad de un regreso seguro. Partimos al amanecer. El calor, la humedad y las nubes de mosquitos son los primeros obstáculos que debemos franquear. Los tipos no se quejan. Quiero ver cuánto les dura el entusiasmo. Nos abrimos paso a punta de machete. La vegetación crece tan aprisa que las brechas se cierran a nuestras espaldas. Sin mí se perderían en cuestión de minutos. Las copas de los arboles forman un dosel impenetrable. No sería posible ubicarse por la posición de los astros. Avanzamos unos cuantos metros cada hora. Durante la noche apenas cerramos los ojos. Los vampiros abundan en esta zona y las hormigas son enormes y tenaces. Los días transcurren penosamente. Algunos parecen dudar. El tipo que parece ser el líder les habla en un idioma extraño. Sus ojos brillan y entrelaza sus manos como si sostuviera algo entre ellas. Sé que les habla de incalculables riquezas y oculto el rostro para que no me vean reír. Una mañana uno de ellos señala un claro en la selva. Las esperanzas renacen. Hay una vereda bien marcada en el suelo de hierba. La seguimos. Los gritos de alegría se suceden cuando llegamos hasta un templo de piedra. Sus muros están cubiertos por enredaderas y una bandada de extraños pájaros alza el vuelo entre un coro de furiosos llamados. Entramos al templo que se ilumina de pronto con las luces de las linternas. Los hombres retroceden asustados. Su líder desenfunda un revólver.  El estampido de los disparos me taladra los oídos; sin embargo, permanezco impávido. Me arrodillo e inclino la cabeza. Siento una fría corriente de aire y un hedor insoportable cuando la criatura pasa a mi lado.  No necesito ver para saber lo que ocurre a mi alrededor. La criatura está reuniendo a los aterrorizados hombres como un perro entrenado reúne a un rebaño de ovejas. No tienen que morir todos, les advierto. Solo es necesario un sacrificio. Pero deben decidir rápido. Hay murmullos de protesta. Les repito que se apresuren. Discuten y la criatura gruñe con impaciencia. Un nuevo disparo seguido por un golpe seco contra el suelo. Escucho los chasquidos de la criatura al desgarrar la carne y sé que puedo levantarme. Me retiro caminando de espaldas, sin levantar la mirada. Los demás me siguen. Cuando estamos afuera el tipo me toma del cuello y me amenaza con el arma. La criatura ruge amenazadoramente desde las sombras. El tipo baja el arma y me mira con desprecio. Sabe que ha perdido. Emprendemos el regreso de inmediato. ¿Desde cuándo sirve a ese monstruo?, me pregunta. Me encojo de hombros. Desde siempre, le digo. Durante siglos un miembro de mi familia ha sido designado para ser su sirviente. Cada cierto tiempo debe ser aplacado con un sacrificio. Antes debíamos elegir a un miembro de nuestra familia. Afortunadamente ahora han llegado los buscadores de tesoros. Mi pueblo ha olvidado su existencia, pero sigue siendo su dios. Si los sacrificios cesaran lo destruiría todo. Al menos eso es lo que dicen las viejas leyendas y no estoy dispuesto a averiguar si son acertadas. Continuamos en silencio. Sé que al regresar a la ciudad no dirán nada de lo ocurrido. La criatura se encargará de adentrarse en sus sueños y advertirles con un gruñido que lo mejor es mantener cerrada la boca. Caminamos en fila, mientras la noche comienza a envolver a la selva como si fuera un sudario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *