La función desconocida

La función desconocida

Es constitutiva del ser humano una funcionalidad (absolutamente desconocida), a la que estamos determinados a brindarle una respuesta determinada, acabada y específica. Hasta el momento mismo de hacerse efectiva la finitud de todos y cada uno de nosotros, la operatividad de tal función, se manifiesta en la incesante disposición que alienta, hasta el final, la pulsión de vida, y que junto a la característica primordial de ser seres deseantes, nos lleva a que creamos haber correspondido a esa demanda congénita de haber entregado la respuesta (pretendida y anhelada) que nos dispuso como finalidad misma: precisamente aquella de dotar de sentido lo que en términos conocidos y expresados no lo tiene –ni lo tendrá en los campos de la razón disciplinada o lógica concluyente–, y que significará para cada uno de los seres humanos en cuanto tales, que construyamos la disposición hacia la intención existencial o la función dentro de las estructuras que nos moldean, para convencernos (de acuerdo a los diferentes procesos individuales y graduales que llevamos a cabo), que tal desconocimiento de lo que vivenciamos o para lo que tenemos o debemos vivenciar, excede el cumplimiento normal, efectivo y común de las funciones corporales que nos mantienen con vida.

Así como lo fue para Sigmund Freud el inconsciente, y para Jacques Lacan el objeto a, la disposición desconocida es la tercera arista que complementa, completando tal vez, la tríada de elementos que no figuran de modo asequible o asible, pero que son constitutivas del sujeto en relación, en su condición de tal y de su experiencia en calidad de humano en su aquí y ahora determinado.

Es desconocida, dado que no opera desde la ubicación física de un órgano determinado, pero tal conformación o dotación espectral, la hace integral, omnipresente en su ausencia expresada y acabada.

No existe ser humano en la tierra que en un momento dado no haya creído, sentido, intuido o razonado, que su existencia, que su presencia, que su manifestación viviente, se debe, obedece o se corresponde con una funcionalidad, una disposición o intención, de orden natural, energética o colectiva de la que es parte, para alcanzar una suerte de objetivo, de finalidad o sentido que, precisamente, tiene como mandato llevar a cabo, en el tiempo que tenga (o incluso se de para sí) como habitante en el presente plano.

Lo que se llama o define como destino, es la huella y el rastro de búsqueda que viene realizando el sujeto, para dar con el condicionante que lo impele, lo intima a denunciar, expresar y armonizar, colectiva e históricamente, esa demanda natural, ínsita, de brindar una respuesta que satisfaga la operatividad de la disposición o la función en sí misma y para cada uno de los sujetos.

Es decir, podrá ser en un determinado momento, la consecución de logros materiales, acumulativos, vinculados a un rol familiar o social dentro del ámbito laboral, artístico, deportivo, profesional, informal o el que fuere. Lo cierto, es que siempre será esa respuesta que se le debe a esa función, a esa disposición que demanda.

Al creerla, sentirla e intuirla como tal, en nuestra condición de sujetos, tenemos la inacabada e inexpresada sensación, de que en algún momento conocimos (previo al arrojo existencial) esa determinación, ese objetivo, esa función, ese sentido, para el que tenemos paso obligado en esta experiencia que llamamos vida o, en su caso, que finalmente lo haremos (cuando nos sobrevenga la muerte).

Entendiendo la importancia nodal que posee, en todos los momentos, desde que tenemos consciencia de nuestras existencias, podemos dar cuenta de cómo hemos conformado nuestra experiencia colectiva en el mundo.

La dimensión numérica de contabilizar para generar resultantes, obedece obcecadamente a esta disposición, así como el forjar antecedentes y precedentes, en una suerte de saga, para la que creemos que venimos a ser parte, con un rol, con un papel específico y determinado.

Todos y cada uno de los conceptos que nos hemos construido a fuerza de nuestras experiencias, tienen como punto de encuentro, junto a las otras características fundantes de nuestra condición de sujetos, el saciar, el responder, el otorgar, el brindar, el dar, el ofrecer, una respuesta a esta función; a esta intención que permanece desconocida, y que desde tal lugar, pretendemos descalzar, dislocar, correrle tal velo de ocultamiento, para sentirnos plenos, felices o realizados.

Dada esta peculiaridad, que comparte con los aspectos fundantes de lo humano, nunca puede ser absoluta, ni definida o encontrada, y por ende, encerrada o anatematizada.

Esto que en un a priori, podría significar un elemento –negativo o denotativo de un disvalor–, en realidad dinamiza e imbrica la consecución del sujeto por la libertad, como desapego del mandato, la misión, el rol o el papel a tener o a ejecutar.

Es decir, esto mismo al estar oculto, no expresado, orbitando en tal ámbito de lo desconocido, y pese a condicionarlo de forma tal, lleva al sujeto a una búsqueda como construcción de sentido, tanto existencial como social; le permite el juego, la oscilación, generándose la sensación de libre albedrío que cada tanto se experimenta.

Es decir, como uno no sabe (ni nunca sabrá a ciencia cierta), ese rol inespecífico, no determinado –pero que se siente, se intuye y se hace presente mediante esta función o disposición desconocida–, la libertad a conseguir, se equilibra o tensiona, con esa función del destino, previamente asignada o escogida. Se libra una suerte de disputa, como entre las fuerzas o pulsiones de Eros y Thánatos, entre las Moiras de la mitología griega, a quiénes acudiremos para la alegoría de determinar la función, la disposición o la intuición desconocida. Son tres, Cloto (disposición), Láquesis (función) y Átropos (intuición), quiénes se debaten en la constitución del sujeto y en la decisión de este, condicionando la dinámica misma del objeto u objetivo que ese sujeto determinado se vaya trazando en los diferentes períodos de su vida. El ir y venir, las contraposiciones y demarcaciones de las Moiras entre sí, que pululan como los tironeos o movimientos que siente, intuye o percibe el sujeto dentro de sí y que lo llevarán finalmente a tomar una decisión (que también podrá ser cambiada), es finalmente la libertad adquirida o adquiriente que puede traducirse como felicidad, por el descubrir de aquello desconocido (la función o disposición primigenia) y el manejo que haga de tal demanda en el decurso de su propia existencia, liberando y alimentándose a la vez, de la energía de la libertad, que se nutre de las condiciones previas y anteriores que permiten que ese cuerpo, sobreviviente, cumplimentando sus funciones vitales, se constituya en sujeto –sujetado pero liberado a la vez– de ese libreto que es destino (elegido o asignado en un tiempo anterior o ulterior) como posibilidad de libertad, a cada rato y en cada momento, definiéndose este interactuar como el sentido mismo de una instancia o un instante de felicidad.

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