Puede resultar incómodo y hasta poco conveniente rescatar los aspectos positivos de una atroz pandemia durante tiempos que parecen ser difíciles en sentido económico, político, pero sobre todo social en toda su estructura. Sin embargo, no se pueden ignorar los acontecimientos que continúan sucediendo en las calles y que, además, exponen tajantemente los desequilibrios que el ser humano le ha propiciado a su propia existencia.

No es coincidencia que desde el principio de las cuarentenas exista un considerable dejo de culpa cargado completamente hacia la humanidad, sin apelar a señalamientos discriminatorios ni separatistas.

Sobre un mundo moribundo que pide a gritos que se le respete, el Covid-19 sirve no sólo como un aviso, sino también como un respiro para la madre naturaleza de su propia plaga: parados en dos patas, erguidos, “pensantes” y “racionales”.

En los grandes y pequeños medios de comunicación así como en las distintas redes sociales se puede observar cómo en diversos sitios surgen, casi de una nada abandonada y cuasi extinta, flora y fauna que perdió momentáneamente el miedo a aparecer en territorios bárbaros que antes estaban repletos de personas que se han empeñado a darles caza en su mismo hogar. Sienten una verdadera libertad que se les arrebató hace siglos.

¿A quién le pertenece la Tierra, entonces? Quizá a nadie, quizá a todo ser vivo, pero a nadie exclusivamente. No hay dueña ni dueño válido con privilegio de suelos. Éstos últimos deben ser imperantemente compartidos, no por reglas divinas ni leyes naturales o humanas, más bien por razón de verdad y lógica empática, pues tuvimos la suerte de nacer en el mismo espacio, lo suyo es llevar respetuosamente la vida de la mano de cada ser existente.

Es evidente que la reducción masiva forzada de gente en las calles que se han quedado en sus hogares debido a la pandemia de Coronavirus redujo a cantidades sublimes los altos niveles de contaminación y basura. Basta con sólo un par de meses para dimensionar el daño que se ha hecho por siglos, con huellas de las barbaridades más atroces que una especie puede cometer. Ahora surge la contaminación propiciada por miles de cubre bocas en las aguas, por ejemplo, que puede justificar tristemente lo anterior.

La funesta oportunidad es lo que significan los tiempos del 2020, llenos de muerte, enfermedad, carencia y desesperación. Es una brusca cachetada del ser humano hacia sí mismo orquestada por nadie más que la cansada naturaleza; un regaño que sin duda ha cobrado vidas de gente inocente, pero que duele pensar en que quizás es necesario (el regaño y no las muertes per se) para poder salvar el verdadero futuro, ya no de los hijos ni de los nietos de ellos, ahora de nosotros mismos, también de los que no son racionales y de la cercanía. Es la dolorosa nueva oportunidad que la naturaleza le da al ser humano para conservar su única verdadera casa lo más pronto posible.

Que estos momentos de poca actividad mundana sirvan para que la sana reflexión aflore y la gente se dé cuenta de lo que se está haciendo mal, para que se corrija y se ahogue la indiferencia que sólo ha traído autodestrucción. Tal parece que desde lo social muchas cadenas de injusticias se han empezado a romper, de a poco, pues los actos racistas y discriminatorios están comenzando a ser combatidos mundialmente de manera significativa desde hace años. La naturaleza tendrá un gran respiro por ahora esperando afuera. Para no estorbarle a la vida misma, el ser humano (sí, en general) debe resolver cómo es que volverá en su desarrollo si es que se logra combatir la enfermedad de manera efectiva.

En el peor de los casos, la pandemia terminará pero el ser humano se encargará de terminar con su existencia y su planeta de paso con más pandemias o alguno de sus otros métodos de aniquilación, pues a veces no se necesita debilidad visual para ser ciegos ante las situaciones que claramente hablan por sí mismas.

Claro que hay esperanzas aún, ¿pero cuánto tiempo nos queda?

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