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Alex despertó lentamente. Aunque sería más preciso decir que recuperó la consciencia de entre un montón de cemento fresco. Los recuerdos de la noche pasada eran borrosos. Cada parte de su cuerpo le dolía al moverla. Se sentía incluso peor que después de esa noche de box en la universidad, cuando perdió en el quinto round contra Carl, el Mastodonte tuerto.

¿Qué demonios había pasado?

Frunció el ceño al darse cuenta de que alrededor había más personas. Algunos estaban inconscientes, otros no. Todos apiñados dentro de un espacio demasiado pequeño. Los que estaban despiertos hablaban a gritos y al mismo tiempo. El ruido le pareció insoportable.

Se puso de pie y se llevó ambas manos a las sienes.

¿Qué había pasado?

Los recuerdos llegaron con la misma intensidad que los golpes de Carl; el ataque, las máquinas, las garras metálicas moviéndose de un lado al otro, sujetando a las personas y arrastrándolas al interior de las naves, los gritos, el pánico. Frío alrededor de su cintura y vacío bajo sus pies.

¿A dónde los habían llevado? No había ventanas ni tampoco puertas. Solamente cuatro paredes de metal, altas y macizas. Ninguna señal de los atacantes que llegaron a la tierra, de aquellos seres que los secuestraron y metieron a esa caja gris.

Alex comenzó a temblar. Se llevó ambas manos a la boca para no gritar y permaneció en el mismo sitio hasta que pudo recuperar un poco el dominio sobre sí mismo. Después comenzó a recorrer las cuatro esquinas de la caja, intentando encontrar a alguien que le dijera lo que estaba ocurriendo. Nadie lo sabía. Todos tenían una historia idéntica a la suya; primero el ataque, luego el secuestro, después la inconsciencia y finalmente el encierro.

Se gritaban promesas de muerte y se escupían planes de escape. Las teorías rebotaban en el metal. Alex se sentó otra vez, cerró los ojos, colocó las manos sobre sus orejas y comenzó a recitar en voz baja el único pasaje de la biblia que conocía.

Las garras metálicas volvieron.

Frío en la cintura y vacío bajo los pies. Después se encontró en una jaula. Solamente cabía en ella parado. Podía moverse un paso hacia todos lados, pero nada más uno solo. Había otra jaula idéntica a su izquierda y otra más a su derecha. Asomó la cabeza entre los barrotes y se dio cuenta de que la fila de jaulas continuaba hasta perderse de su vista.

– Bienvenido, chico- escuchó una voz agria y giró la cabeza para observar el interior de la jaula vecina. Dentro de ella estaba un hombre adulto.

¡Mi hijo, devuélvanme a mi hijo!

¡No, no, todavía no, no!

¡Quítenmelo de encima, quítenmelo, por favor!

Los gritos llegaban de todos lados. Voces femeninas, masculinas, infantiles. Alex miró con los ojos muy abiertos al hombre que le había hablado. Él esbozó una sonrisa amarga.

– Bienvenido a “la granja”.

– Zippo, más vale que dejes de jugar con tu comida y te la empieces a meter a la boca pronto.

La madre le dio a Zippo una palmada en la mano a modo de reprimenda y luego señaló con la mirada el plato lleno.

– ¿De dónde viene nuestra comida, mamá?- preguntó Zippo, sin inmutarse ante las advertencias de su progenitora y picando un trozo de carne con el tenedor.

La madre puso los ojos en blanco; ahí iba de nuevo Zippo con sus centenares de preguntas. ¿Por qué el sol es azul y el cielo naranja, mamá? ¿Por qué las lunas jamás se tocan entre ellas, aunque estén tan cerquita la una de la otra? ¿Qué idioma hablan las plantas, mamá, y en dónde lo enseñan?

– La comida viene de la granja, Zippo. Ahora come.

Un comentario en «La Granja»

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