La lectura de los otros

¿Qué leía la gente en el pasado? ¿Cómo leía y en qué circunstancias? Éstas son las preguntas que intenta responder UK RED.

UK RED es una base de datos abierta sobre la experiencia de la lectura en el Reino Unido desde la invención de la imprenta en 1450 hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

La plataforma contiene más de 30,000 registros de experiencias lectoras específicas y documentadas. En las fichas, personas de todos tipos se refieren a textos que han leído, “desde libros y periódicos hasta materiales efímeros como programas de mano y boletos, y desde manuscritos ilustrados, novelas y poesía hasta epitafios y grafitis”.

Muchos de los testimonios se deben a hombres y mujeres notables. Nos enseñan qué leyeron escritores de la talla de Lord Byron, Percy B. Shelley, R.L. Stevenson, Joseph Conrad y Dylan Thomas: a otros grandes autores, sin duda, pero también periódicos, historietas, manuales… “Llegué a saberme de memoria páginas enteras de Madame Bovary —dice Conrad—. Pero si Madame Bovary es una obra maestra, Salammbô es casi un milagro.”

Otros testimonios, en cambio, provienen de individuos comunes, algunos con nombre y apellido, otros anónimos. Una de las fuentes más nutridas y curiosas de UK RED son los informes del Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, mejor conocido como Old Bailey. Los informes o proceedings constituyen “[…] el mayor cuerpo de textos que se haya publicado sobre las vidas de personas ajenas a las élites; contiene 197 mil 745 procesos criminales […]”. Como parte de sus declaraciones, los acusados y testigos se refieren a sus lecturas. El 27 de mayo de 1832, Samuel Davis, un aprendiz de carpintero y subastador que compareció en un juicio por homicidio, responde, a pregunta expresa sobre el tiempo que pasó en el baño, que unos cuantos minutos; no sabría decir cuánto, pero no más de lo necesario… Tenía un periódico ahí, lo leía…”.

UK RED permite hacer búsquedas por autor, por lector y por grupo lector (categoría ésta en la que se incluyen renglones tan vagos como “a young couple” u “older boys from the school of Francis Place” y tan precisas como “Alfred Tennyson and sons [Hallam and Lionel]” o “Charlotte Brontë and family”). Pero la herramienta más interesante es tal vez la de búsqueda avanzada. Entre los muchos criterios de indagación que admite destacan los de palabra clave (el término “Quixote” arroja 181 resultados; el de “Shakespeare”, 1083); rango histórico (por bloques de 50 años: 1450-1499, 1500-1549…); género, edad, clase socio-económica, ocupación, religión y país de origen del lector / escucha / grupo lector; género del texto leído (37 renglones que van desde ficción y poesía hasta política y ciencia); formato del texto impreso (anuncio, panfleto, póster…) y horario de lectura (mañana, tarde, noche). Es posible, por supuesto, combinar dos o más de estas categorías.

Una búsqueda de las lecturas de E.M. Forster restringida al género de poesía y al horario de la noche, por ejemplo, arrojó tres resultados: las Epistles, de Dryden; Oedipus Tyrannus, de Sófocles, y la Eneida, de Virgilio. A propósito de la lectura del dramaturgo griego, dice: “Una mesa limpia y la luz adecuada me robustecen, descubro. Esta noche he barrido con todas las porquerías de mi escritorio y he leído un poco de Oedipus Tyrannus, con la lámpara y un par de floreros solamente. Un florero tiene cuatro rosas, el otro un ramillete de hojas de roble: las bellotas, cuando el sol cae sobre ellas, cobran un rubor azul”.

La historia del libro y la lectura como especialidad es más o menos reciente. De acuerdo con Garr Cranney y Janet Smith Miller, sus raíces más modernas se remontan apenas a la década de los sesenta del siglo pasado. Para entender los hábitos y prácticas de lectura, dice Rosalind Crone, los expertos han buscado datos duros. “Han examinado los archivos de las editoriales a fin de recabar información sobre el tiraje, las ventas y la circulación de libros y periódicos; han desempolvado los registros de préstamo público y circulante de las bibliotecas como un modo de demostrar con qué frecuencia se solicitan ciertos libros; han catalogado los contenidos de bibliotecas privadas, y han usado incluso las tasas de alfabetización para estimar el tamaño del público lector.” Cabe hacer mención también de las encuestas que buscan medir el número de lectores y lecturas en cierto lugar y en cierto momento.

Todos estos esfuerzos, sin embargo, tienen limitaciones. Un libro comprado o tomado en préstamo de una biblioteca no es necesariamente un libro leído. ¿Cuántas veces el diario que llega a casa se queda sin abrir siquiera? Las personas que responden las encuestas, ¿dan información verdadera siempre?

Los datos de estas fuentes son, además, objetivos (aunque, como dijimos, no por fuerza exactos). Tienen que ver con la lectura como objeto de estudio, no como experiencia. Importan el número de libros, revistas y periódicos leídos, los perfiles socio-demográficos de los lectores, no el sujeto y su vivencia como lector.

Crone explica la alternativa: “[…] hay otros registros históricos, más personales; documentos que capturaron momentos en los que hombres, mujeres y niños sintieron la necesidad o se vieron forzados a revelar información sobre sus hábitos de lectura. Bitácoras, diarios, memorias y autobiografías son las fuentes más obvias de esta clase de investigación y, en los últimos 50 años, se han hecho muchos estudios detallados y esclarecedores sobre los gustos lectores y las prácticas de individuos que legaron ese tipo de recuentos”.

Con sede en el Departamento de Lengua y Literatura Inglesas de Open University, y bajo la dirección de Shafquat Towheed, UK RED es el esfuerzo más grande que se haya hecho por sistematizar y publicar este tipo de información subjetiva.

Ni el conjunto de los 30,000 registros ni, hasta donde sabemos, ninguno de sus posibles subconjuntos (las experiencias lectoras de Jane Austen, por ejemplo, o las de la clase religiosa femenina entre 1450 y 1499) constituyen bases de datos completas ni muestras representativas. Hoy por hoy, UK RED no puede usarse para identificar científicamente “hábitos y gustos de lectura compartidos”.

Pero sirve muy bien para plantear un sinnúmero de hipótesis sugerentes con las cuales trabajar (que la lectura de poesía en el Reino Unido declinó significativamente durante el siglo XIX, mientras que la de los cuentos y novelas aumentó, como apunta Crone, o que la lectura de textos filosóficos entre 1450 y 1945 fue más común en el grupo socio-económico de los profesionales, académicos, mercaderes y granjeros [¿equivalente a la clase media ilustrada?] que en el clero).

Sirve también, al lego y al experto que se plantea apenas un proyecto, para conocer mejor a cierto autor, para entender al individuo y su obra en función de los textos que lo influyeron, de sus gustos y fobias, de su experiencia lectora. Descubro, por ejemplo, que Virginia Woolf leyó con interés a Sigmund Freud. O para consentir la curiosidad, para saciar el morbo de saber qué opinaba R.L. Stevenson de Henry James.

Pero lo más valioso es, me parece, el acervo testimonial. Cada registro incluye, además de la información básica (quién leyó qué y cuándo, cómo y en qué circunstancias, etcétera), la cita textual en la que el lector (o un testigo) refiere la experiencia lectora: “Debo empezar diciendo que no soporto el Retrato de una dama[…]”; “Shaw leyó Das Capital de Marx y se convirtió al socialismo…”.

Hablamos, pues, del aspecto vivencial de una disciplina. Los testimonios reunidos en UK RED son al campo de la lectura lo que la esfera de la vida cotidiana ha sido al estudio de la historia. Su dimensión más íntima, más carnal.

Ignacio Ortiz Monasterio

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