La metamorfosis del coyote

Silencio a media mañana o a media tarde, las horas del día no son fáciles de distinguir entre la neblina característica de los bosques infinitos. La luz es neutra, excepto para los cazadores de coyotes, es por eso que sé que es media tarde.

Esa neblina continua, sin intermisión alguna y un poco transparente, con cúmulos blanquecinos, limpia de excesos, ligera. Aunque lo suficientemente densa como para mantenerse al ras de la naturaleza muerta que va fertilizando la tierra negra; fluye con misterio, con trazas de conciencia; replica el movimiento rítmico de la vida que oculta. Busca ser imperceptible y al mismo tiempo impresionante; escurridiza y a la vez visible. Está descubriendo cómo colarse a las memorias de quién la admira, aullando al viento, cazando de día. Esforzándose por ser parte de la manada, por tener colmillos y clavarlos en honor a la Luna. Tratando de tener pelaje fino, casi plateado, a veces dorado, a ratos opaco. Está queriendo ser uno de ellos, ser un coyote. 

Se siente el frío rozando la piel y trenzándose con los cabellos, enfriando hasta el alma, escarchando las pestañas, pausando la circulación y entumeciendo las extremidades. Extrayendo exhalaciones desde el interior. Vahos que son pedazos de recuerdos forzados a materializarse en forma de vapor, que están destinados a quedarse en este bosque, ser parte de la neblina y fusionarse con los recuerdos de otros que algún día estuvieron aquí de pie. Otros que también experimentaron cómo los coyotes manejan el tiempo desde lejos: adormeciéndolo y avivándolo. 

Ya es hora. Silencio. 

Estoy atento a percibir el olor de algún coyote cercano. Dicen que huelen a etéreo. 

No respiro. Silencio. 

Quiero escuchar el leve sonido de su palpitar. 

Silencio. 

La única forma de saber que está cerca es oyendo el quiebre de las hojas y ramas que soportan su liviano peso, que básicamente es lo único que le impide fugarse de la realidad. 

Silencio. Guarda silencio.

Abre bien los ojos, cazador. Dicen que dejan chispazos de color verde al andar. 

Silencio. 

Nada. Se asoman las estrellas y nada. 

Silencio. 

Crac…, crac…, crac… 

Silencio. 

De pronto a lo lejos destellos del color favorito de la naturaleza ¡es un coyote, no hay duda! Me apresuro. Respiro. Inhalo y exhalo. Me agito. Mis sentidos están más sensibles que nunca. Siento la sangre cálida alimentando mi fría musculatura. Me muevo: ¡crac, crac, crac! Casi corro: ¡crac, crac, crac! Ruego que no me escuche, ¡crac! Necesito estar cerca, ¡crac! Acabo de ver su sombra, ¡crac,crac! Qué extraño, también es color musgo. ¡Un poco más! Casi vuelo. Casi llego. ¡Ahí está!, ¡crac! Salto, extiendo los brazos, ¡crac, crac! Calculo aterrizar en su lomo y apenas puedo distinguirlo. Caigo, ¡crac,crac! Lavanda con petricor, sí, así huele lo etéreo… ¡Crac!, lo rozo, me mira…, ¡crac! Me mira con ojos de universo. Silencio.

Floto. Me voy. ¿Floto en donde floté ayer?, digo mañana, ¿qué?, digo ¿en dónde floto anteayer, no, no, digo hoy? Me hundo, me pierdo, me … ¿Estoy muerto? No. Regreso.

Pausa, todo se detiene. 

El tiempo se calma, nada se mueve.

Frágil, ahora todo es frágil.

3…2…1. 

Silencio.  

¡Crac, crac, crac! Y de pronto estoy viéndome a mí mismo caer del cielo sobre mi propio cuerpo como un halcón en cacería. ¡Crac!, bajo mis patas está el quiebre de las ramas y luces verdes botando. Mi pelaje encrespado. Mi lomo encorvado. ¿Quién eres?, ¡crac! ¿Qué quieres? Mis colmillos afuera, ¡crac! Me preparo en honor a la madre celeste, ¡crac, crac, crac! ¿Crees qué puedes atraparme?, ¡crac! Ataco. 

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