Fotografía: Aimee Vogelsang

“Una linda vista, una chica con un libro…”

Shirley Jackson en “Siempre hemos vivido en el castillo”

 

No es la primera vez, claro que no. Después de todo vienen en más de una forma; sabes que existen, y están ahí, los has visto y escuchado, solo lo suficiente para que sepas que no estás solo, ¿quiénes somos?

Un gran silencio se escuchó en el salón mientras Diana terminaba de leer su historia en voz alta.

Diana, una adolescente, es como cualquier niña, muestra en su actitud lo que oculta.

―Ha terminado la clase, jóvenes. Nos vemos en la siguiente ―dice el profesor. Diana, como no haciendo caso del profesor, cerró despacio su cuaderno, el cual estaba forrado de estampas de AC/DC, para ella la mejor banda de rock.

Era como en un mundo mágico, casi distópico, en una mañana fresca. Afuera de la escuela los pajarillos cantaban, el sol calentaba los edificios estilo pagoda. Un anciano tocaba su flauta, como saludando a la madre naturaleza. La escuela es amplia y estaba construída en la parte baja de un cerro. Grandes bambúes funcionan como muros. En el centro del lugar hay una amplia placita, en ella algunos estudiantes practican meditación, artes marciales; aprenden de la naturaleza. Los salones de clases tienen dos ventanas, que realmente eran un par de paneles, que se podían deslizar sin dificultad pero resistentes a los vientos que ocasionalmente azotaban a la zona. Mientras los varones salen con sus mochilas colgadas del hombro, algunas muchachas abrazan sus libros y ríen; sus faldas flaid ondeaban por la rapidez con la que las estudiantes salían por contarse algún chismesillo urgente. Al final solo se queda una pequeña, leyendo en voz alta una historia, como si fuera a decir un discurso ante decenas personas, decenas de almas.

Pero Diana se queda ahí, viendo el espacio vacío de su salón de clases; aprecia en el ambiente un aroma dulce, como a manzanas con canela.
―Linda historia, ¿cómo te inspiraste? ―dice el profesor con tono paternalista y como si estuviera con una pequeña criatura frágil.
―Gracias, profe. La verdad estas historias me llaman la atención ―las palabras de Diana salieron ahogadas como si fueran para ella.
La clase de Diana estaba formada por 20 estudiantes de secundaria con alto rendimiento en sus clases. La clase de literatura era su favorita; podía escribir, quizá al fin, lo que llevaba dentro. Sus compañeros eran buenos estudiantes, sin embargo siempre miraban a Diana con recelo pues, para ellos, era la rara del salón.

El profesor, joven de 25 años y con poco tiempo de estar en la escuela, pensaba que leer a autores clásicos como García Márquez, Horacio Quiroga o Sor Juana Inés servían para conocer lo tradicional de la literatura occidental, pero lo que realmente ayudaba a los estudiantes era poder plasmar su vida y problemas a través de creaciones literarias; Di, como solía llamar a Diana, era su consentida, sin embargo nunca, hasta donde se sabe, dio paso para querer hacer uso de su juventud y posición, para obtener favores pocos éticos.
―Profe, me tengo que ir, nos vemos… después.
―Di, espera.

Di quedó congelada porque había escuchado historias de maestros que abusan de sus alumnos en salones de clase. Miró a su alrededor: un par de ventanas con vista a la placita de la escuela, 20 mesabancos, un pizarrón, un escritorio, y ahí estaba el profesor; sus demás compañeros ya se habían ido, estaba sola con él, oía en su mente aún sigo aquí cuando realmente quería irse de ese lugar (¿podía?)

El profesor caminó hacia el cesto de la basura para tirar un papel hecho bola. Di abrió sus ojos como platos grandes, pues ahora el maestro estaba a un paso de bloquear la única salida; la desconfianza le hizo recrear varios escenarios que podrían suceder y en cada uno había sangre derramada, y era la de ella por supuesto.
―¿Sí, profe? ―respondió Diana en voz baja, casi como un susurro.
―Quiero que me digas la verdad, ¿de dónde sacas las historias que tanto escribes?, ¿en qué te inspiras, Di?
El apodo de “Di” molestaba a Diana porque pensaba que era como un puente para otras cosas, en ese momento era en lo que menos le preocupaba; el puente estaba puesto y el profesor podía cruzarlo sin el menor esfuerzo, ¿lo cruzaría?
―Di, no quiero incomodarte, solo quiero entender ―al igual que ella lo dice en voz baja casi, dando un par de pasos hacia adelante. Sigue bloqueando la puerta.

Después de una larga pausa Diana, su Di, comenzó a hablar.
―No hay nada que entender, solo soy una chica con sus cosas, cosas de la edad (¡Quiero irme de aquí!, ¡auxilio!)
―Entonces dime o mejor… recuérdame lo que es tener tu edad.
―Profe ―dijo en voz baja, sentía una presión, el acoso, el profesor; una presión que le oprimía el cerebro lo suficiente como para salir corriendo sin importarle nada.

―La verdad es que no creo que pueda creerme ―hizo una larga pausa― pero las historias que cuento, no son mías, las he escuchado de una persona. Ella me las cuenta y yo las escribo. Es simplemente que esta persona tiene mucho que contar y… y creo que merece que todo lo que ha vivido (vivió) sea contado.

El profesor dio varios pasos hacia adelante, hacia Di. Él desea tener un acercamiento amistoso, para eliminar el terror gélido que se sentía en el aire.

A veces los maestros no saben identificar cuando los estudiantes necesitan espacio, a veces lo confunden con alguna rebeldía. A veces los estudiantes, en su forma de mantener su distancia con las personas, son su forma de expresar la necesidad que tienen de ser escuchados o tomados en cuenta, o liberados.

En esta ocasión Diana se mantiene fija en su lugar dando un apretón ligero a sus libros; el profesor presionando aún más a Diana, continúa insistiendo.
―Platícame, Di, ¿quién es esta persona?
―Este lugar profe, bueno… sé que tiene poco dando clases y no sabe el pasado de este lugar, quiero decir… lo que estaba antes de la escuela. Aquí fue hace tiempo otra escuela. Hubo un incendio…, una estudiante…, su sombra…, deambula por estos lugares. A veces…
Diana se detuvo secamente, fue como tragarse el resto de las palabras como fideos. El profesor se quedó observándola. Ambos inmutables. El silencio incómodo fue roto cuando el profesor preguntó:
―¿Has hablado con esa niña?
Dudando si le estaba tomando el pelo o las intenciones eran nobles y auténticas, Diana asiente.
―Platícame, ¿qué te ha contado? ―el profesor estaba más cerca de Diana, quien responde casi instantáneamente, como si hiciera caso omiso de la presencia cercana del profesor.
―A veces es como una brisa fría, a veces es una voz tenue que dice “te observo”, a veces es una sombra que se desliza por los pasillos, pero, a veces, cuando estoy en silencio, me dice “aún sigo aquí” al oído; me lo dice muy despacito ―Diana mueve sus ojos como aquel gato Félix que cuelga como reloj―. Al principio me daba miedo. Yo pensé que eran cosas mías o juegos de mi mente, pero un día cuando estaba… aquí… sola, estudiando unos apuntes de pronto escuché varios pasos en el salón que se dirigían hacia mí, como si alguien fuera perseguido; en el pasillo solo se escuchaban ecos de voces lejanas ―, mientras Di hablaba, el ambiente comenzó a oler a ocre y éter, algo descompuesto y quemado; aún se podía escuchar el sonido de la flauta del anciano― …y no había nadie… solamente yo. En ese preciso momento… me di cuenta que todo lo que creía escuchar y ver… sentir… eran reales; las historia que la gente de aquí cuenta acerca de esta niña son reales, ella es real…

Tras una larga pausa el profesor se sentó en el mesabanco más cercano a su Di cruzando sus dedos, apoyándose sobre su pierna derecha. Diana sintió intranquilidad pues la mera presencia del profesor imponía. Llevando su mano a la boca, cual pensador, el profesor continuaba observándola mientras ella proseguía la historia, ya con un tono pausado y temeroso:
―Sentí que una masa pesada de aire se me acercó y, desde mi mente horrorizada, fue cuando escuché su historia, me la contó ―Larga pausa―. Fue cuando escuché, dentro de mi cabeza por primera vez “sigo aquí”, pero no era la de ella, era una voz gruesa y gutural.

Diana se detuvo y dio un sobresalto al recordarlo. Después continuó con la mirada fija ahora hacia el escritorio, y como si estuviera sola en el salón dijo en voz seria y sin vida: “No tengas miedo, eres observadora. Yo también lo era… cuando estaba viva… ahora… ahora solo me queda el recuerdo de…”

El recuerdo de aquella niña, el recuerdo cuando lo era, cuando estaba triste. Tenía pensamientos suicidas. Mis padres me ignoraban. En mis ojos se notaban círculos oscuros producto de insomnios porque me despertaban mi sueños, sueños en los que una niña (como yo) era acosada por un fantasma. Es por eso que mi razón de vivir era la escuela. Pasaba largas horas fuera de casa, inventaba pretextos para quedarme en el salón, hora extras, trabajos en equipo, era el momento del día que sentía que pertenecía a algo… y era tomada en cuenta. En una ocasión decidí quedarme después de clases, me habían citado para clases de regularización, pues tenía problemas para escribir mis ideas correctamente. El tutor me había dicho que si no aprobaba la materia y me quedaba a clases de regularización, «tendría que repetir el ciclo completo». Una vez que terminé mis tareas se las mostré a mi tutor. Él las revisó y me puso más actividades pero hacer en casa; yo no quería ir a mi casa, prefería estar en la escuela, mis padres trabajaban, yo no quería estar sola: había una niña que me asustaba en los sueños, una niña con ojos lechosos.

Diana continúo la historia, mientras un tenue sonido, como los que produce un shakuhachi, se escucha en el salón:

―El tutor guardó sus cosas y cuando terminó se detuvo a ver a la niña, ella sintió unos ojos negros recorrer su cuerpo y esto la estremeció. Ella decidió guardar sus hojas con rapidez e irse apresurada del salón; su demás compañeros debían tener ya ventaja de distancia. La escuela empezaba a quedarse desierta. La niña sabía esto, pero el tutor también porque la alcanzó y fue cuando la detuvo de un brazo justo antes de salir.

Yo mantenía la mirada hacia el suelo, sentía mi alma triste y «muerta», pues pude anticipar lo que venía. El tutor tomó de mis hombros, y con su mano derecha levantó mi mentón para que pudiera mirarlo a los ojos; vi unos ojos angelicales y casi húmedos que no dejaban de verme. Observé al tutor mirar hacia los lados como buscando personas o algún curioso que pudiera estar observando; observándonos. De pronto lo angelical de su mirada desapareció y vi en él unos ojos de maldad, deseo y excitación, de una locura perdida. Me tomó a la fuerza y me apretó hacia él. Un miembro palpitante comenzaba a tener forma en su pantalón delgado. Sin despegarse de mí, me llevó al escritorio velozmente, como si se tratase de una danza lúgubre; pude sentir cómo sus rodillas abrían mis piernas.

Al mismo tiempo que un tutor forcejeaba con su estudiante, una voz lejana, como de otro mundo podía escucharse:

―La niña no puso resistencia, era claro el dominio que tenía sobre ella, y la empujó hacia el escritorio quedando a su merced. Pudo sentir como la olfateaba desesperadamente: su cabello, su cuello, sus axilas, sus pechos a través de su ropa, su vag…

Diana hizo una pausa y el profesor dio un respiro profundo. Hubo silencio umbral en el salón, y entre ellos.

De nuevamente ese maldito y largo silencio.

El profesor, que aún tenía la mano en su boca, la bajó y la puso sobre el banco. Y para romper el silencio, y sin mirar a su hermosa “Di”, preguntó:
―¿Hace cuánto que estás muerta, Diana?
Los ojos de Diana se abrieron, casi se desorbitaron, se volvieron lechosos y tuvieron un objetivo: hacia el profesor; sus libros cayeron y el ruido resonó en el salón en un eco corto y seco; un aire fresco y pesado hizo deslizar las ventanas, la flauta del anciano había callado para pasar al sonido tenue del shakuhachi.

Desde su lugar Diana se acercó hacia al profesor a la velocidad del pensamiento, sin que sus pies tocaran el piso; mientras el profesor daba marcha atrás, una «danza lúgubre» era recreada, como la de aquella niña con su tutor.

El profesor quedó inmóvil. Estaban de frente. Estar cerca de ella congeló su cerebro. Sin embargo la mayor gelidez que sintió, en su corazón torturado, fue cuando escuchó unas palabras que surgieron, pero no de la boca de su eternamente Di, sino de algún lugar lejano, quizá del mismo lugar donde un tutor enterraba viva a su alumna:
30 años, ¿ya lo olvidaste? ―palabras sin vida que retumbaron en la mente del profesor, proyectadas como un martilleo seco y opaco.

Días antes a que un olor a quemado inunda el lugar, la desaparición de una niña se convirtió en el tema de conversación en los pasillos de la escuela; la noticia generó habladurías: fue expulsada por mala conducta, se fue con su novio (¡era una niña!, por Dios), entre otros. La verdad no salió a la luz hasta que el profesor fue sorprendido desnudo sosteniendo relaciones sexuales sobre el cuerpo inerte de una niña.

Mis compañeros y profesores me buscaron por toda la escuela: estacionamiento, salones, almacén y cuarto de utilerías; ¡Hasta mi tutor se unió a la búsqueda! Yo recordaba todo, cada momento. Cómo su mano temblorosa y ansiosa me dio una bofetada. Me subió a la mesa del escritorio y me empujó, y me olfateó. Con su mano en mi frente, y mientras caía de espaldas, hizo que me golpeara la parte de atrás de mi cabeza. Mientras caía en un aturdimiento, sentí sus manos tomar mis caderas y bajar mi bragas… sentí cómo lo hizo porque aún estaba consciente; sentí sus dedos rozar mis nalgas y después un dolor fuerte, abajo, tan fuerte que acabó por desmayarme; no sin antes dar un grito ahogado. Horas más tarde, me despertó la falta de aire y un dolor en mis muñecas porque fui amarrada de los manos y pies; fui enterrada viva en el terreno baldío detrás de la escuela, Diana. Mi tutor regresó a la escena del crimen y limpió con sus ropas los rastros de sangre. Después supe que se dirigió al baño, limpió sus prendas y repetía la tarea; no sé cuántas veces hizo esto, supongo que su mente delirante no tomó importancia a esto. Pero mientras el tutor vivía en su «ciclo de limpieza», yo continuaba con vida, enterrada, asfixiada en mi propia respiración; estuve así pocos minutos, después silencio y oscuridad. Mi falta de oxígeno hizo que no gritara, estaba semidesnuda y me desangré, y nadie pudo escucharme. Mientras arriba, en la superficie, había un tutor que guardaba las apariencias; un tutor que me desenterraba y, sobre mi cadáver, continuaba saciando su locura. Y volvía a enterrarme. Así fue por un par de meses, hasta que fue descubierto por un par de alumnos que escucharon unos fuertes gemidos orgásmicos; su locura le hacía pensar que aún seguía viva para él.


Se escucha la voz de Diana y se antoja de un mundo muy lejano para la niña que agonizaba en una posición fetal, nadando en su propia sangre:

―El tutor fue llevado hasta la dirección de la escuela. El director, con un cigarrillo en mano, intentaba entender la situación, daba caladas mientras apuntaba con este hacia el tutor; él solo se mantenía en silencio, con el rostro sucio y con un olor fuerte a carne descompuesta; esperaban la llegada de la policía.

En un acto de culpabilidad, de locura, miedo y desesperación, pues mi sangre estaba aún fresca en su ropa pero sobre todo en su mente, tomó el cigarrillo del director y lo aventó a las cortinas; estas prendieron casi de inmediato por la finura de su tela. El director no alcanzó a sofocar las llamas que crecían más y más a cada momento; un escupitajo de llama cayó sobre la alfombra. El fuego devoraba más la oficina y el tutor reía como loco con la boca abierta en forma de o.

―Todos salieron de la oficina del director menos él. El incendio recorrió poca a poco la escuela, pudieron evitar el incendio si los extintores hubieran servido, si la escuela no hubiera acumulado papeles en las oficinas. Y en menos de 15 minutos la escuela estaba incendiada; bajo una cama cálida descansaban dos cuerpos: uno que reía en su enferma locura y la de una pobre niña que era enterrada y desenterrada varias veces.

Así es mi historia, Diana: Muchos años más tarde una nueva escuela se nació. Mientras preparaban los cimientos del nuevo edificio encontraron mi cuerpo en la parte de atrás, de lo que fue el recuerdo de una vieja escuela quemada, mi escuela; el cuerpo de la estudiante que estaba perdida y fue identificada como tal porque aún traía su gafete escolar. La profundidad con la que fui enterrada me protegió del fuego, mas no de los gusanos que ya habían hecho de mí un buffet. Ahora, y con el paso del tiempo los estudiantes dicen que se escuchan mis pasos, pasos por el lugar que tanto amaba, mi eterna escuela.

Y es por eso que aquella niña, Diana, tenía miedo de su salón. Ahí en ese lugar, en ese espacio, (probablemente hasta los espacios tridimensionales y temporales pueden estar malditos) había sucedido un crimen que culminó con un incendio. Diana escuchaba a una niña en sus pensamientos. Una niña soñaba con una estudiante acosada por el fantasma de su profesor de literatura.

«Aún sigo aquí».

(La vida es una extensa historia contada por varios narradores. Es una combinación de varias perspectivas. Cada uno de nosotros construye el camino que lleva al desenlace de nuestro capítulo; estoy seguro que alguien terminará de contar nuestra historia, así como nosotros la de otra persona: un eterno ciclo que continúa perpetuando para asegurar su propia existencia. A veces para saber que existimos, alguien tiene que ser testigo de nuestra presencia, independientemente en el mundo, o plano, en el que nos encontremos)

No era la primera vez, claro que no. Después de todo vienen en más de una forma. Sabes que existen, están ahí, los has visto y escuchado, solo lo suficiente para que sepas que no estás solo, ¿quiénes somos?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te recomendamos:

Hideka Tonomura and the censored beauty: 殿村任香とcancer beauty

We truly admire Hideka Tonomura’s artwork and had the pleasure of chatting with her. Hideka’s artwork establish and impressive and...

Hideka Tonomura y la belleza de la censura:殿村任香とcancer beauty

Nos declaramos fans del arte de Hideka Tonomura (Japón). Tuvimos el placer y la oportunidad de platicar con ella. Su...

El Pelukas y los sobresaltos de la adrenalina

Ahí estaban todos los morritos sentados, abrazados cada uno a sus rodillas, riéndose entre ellos, ocultos debajo de greñas oxigenadas...

Creamy cat: Un vistazo al diseño mexicano independiente.

Fue un enero del 2012, cuando un fotógrafo Español, ahumado en su cigarro, encharcado en su silla giratoria, humilló a...

Laura Aurora llegó de S-Cassiopeiae.

Desde el cybergoth, el hell-billy, los drag queens, hasta el bubblegoth, y el retro-futurismo, y sin ser partidaria de ninguna...

¿Qué quieres leer?