La reina Amir

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Mención honorífica en el concurso “El cuento en cuarentena”.

Mi abuela saca su máquina de coser. Ahora la usa con menor frecuencia que hace un par de años, cuando me hacía bolsas con tela verde o amarilla. En algún punto se averió y mi tío se demoró un tiempo prolongado antes de llevarla a reparar, ya fuera por olvido o simplemente desidia; así quedó el artefacto, guardado en su caja, debajo de una mesilla de madera clara. De la misma manera, el cuerpo de mi abuela se fue quedando en casa. Dejó de ir a conciertos y museos. Todas las mañanas, al bañarse, se sacudía el polvo que durante el día y la noche anteriores se le hubiera quedado pegado; lo hizo hasta que se negó a salir de su cabeza, dejándosela de un blanco tierno que muy pronto empezó a teñir.

Cuando por fin pudo volver a utilizar su máquina, el cruel decurso ya había señalado sus huesos como víctimas. La espalda la sostenía con doloroso esfuerzo. Muy a pesar suyo, se hicieron recurrentes las noches en que debía guardar reposo. Con resignación se quedaba recostada hasta que diera la hora de las noticias; al llegar esta, se levantaba y prendía la televisión. Lo que nosotros veíamos como una necedad, para ella era un constante atrevimiento contra la muerte en vida. Sus batallas silenciosas las libraba casi siempre victoriosa. Su triunfo consistía en renunciar al lecho para lavar un par de medias, comerse un taco de frijoles refritos o simplemente ver el programa de boleros de las diez.

Su columna renegaba. Cada vez había más diferencias entre ellas, no llegaban a un acuerdo; hasta que una noche mi abuela no ganó. Se acabó el noticiero, terminó la presentación de Rodrigo de la Cadena y ella dormía profundamente. La desperté para que se lavara los dientes. Al abrir los ojos, luego de la confusión de no saber si era sueño o vigilia, se alteró. Me preguntó qué hora era. Un momento después se puso seria. Cerró de nuevo los ojos, se dio la vuelta y me mostró la espalda triste. Por primera vez, se sintió verdaderamente derrotada.

Durante dos años contemplé cómo su cuerpo iba cediendo ante la senectud, como un edificio barroco, rico en detalles, que comienza a sentir la opresión de los siglos; como ese edificio barroco que tuviera dentro de sí un fantasmagórico y único inquilino, con la cara pálida, pero la voz suficiente para gritar que no derrumben la construcción.

Pese a mi mayoría de edad casi recién cumplida, aún era niña suya. La abrazaba cuando podía, le daba besos hasta empalagarla, le contaba sobre mi día, lo que pensaba, le compartía dudas y reflexiones. Me entristecía saber que cada vez estaba más lejos de mí, que sin volición se encaminaba hacia una noche sibilina. Era desolador entrar a su cuarto crepuscular, con las tinieblas apoderándose del borde de la ventana, de su colcha, de sus párpados cerrados, con ese cuerpo yermo que, sin embargo, albergaba una vitalidad que ni yo misma tenía. Al oírme entrar, abría los ojos, me miraba y me preguntaba que qué había pasado. Le respondía que nada, que solo quería decirle algo, que mejor la dejaba dormir. Pero su mente inquieta se animaba con la conversación. Aunque le gustaba escucharme, lo más agradable para ella era rememorar. Sus anécdotas se alejaban varias décadas del presente. Viajaba al tiempo en que era niña, cuando empezó a trabajar, cuando mi mamá y mi tío iban a la guardería… Nos reíamos con ganas, de ser el caso, o guardábamos silencio en señal de respeto, si mencionábamos a algún fallecido.

Recuperar su máquina de coser le dio algo más de poder. Concentraba las manos y la mente en ello sin sentirse agotada. Presionaba el pedal y sobre nosotros reventaba el sonido de olas de mar, que ahogaba cualquier quejido, cualquier hartazgo existencial. El tiempo se deshacía en hebras que ella luego cosía con hilo naranja.

Llegó un día de aquellos en los que mi abuela padecía varios dolores. La descubrí en su cuarto, apoyada en su ropero y recuperándose de un calambre en la pierna. La columna baja le aquejaba, lo noté al colocar ahí mi mano fría. Le reconfortó sentir mi contacto. Suspiró, bajó la cabeza y permaneció callada. Contempló pensativa el exterior, brillante por la luz del mediodía.

—Si quieres, quédate a descansar en lo que yo voy al mercado —dije—. Nada más hago una lista de qué necesitamos.

—No, hija. No, no, no, no. Si no salgo me voy a sentir peor. A mi edad, uno tiene que asolearse la espalda. No te preocupes —replicó al ver mi cara de preocupación—. Me llevo la gorra —añadió. Volvió a guardar silencio. Observó durante un tiempo prolongado el cristal delante de ella y articuló—: A ver si luego me haces favor de lavar las ventanas, que están bien cochinas.

La reina Amir preside a su séquito, montada en un carruaje tirado por hipocampos de papel. Viste un manto turquesa, bordado en las orillas con encaje blanco. Vigorosa mujer que solo tiene el presente, un presente lleno de juventud y vida. Debajo de ella se extienden unos campos de trigo enmielado. Su cabello es una aureola de algodón marrón rojizo. La figura erguida y abundante de la soberana se alza con orgullo debajo de la tela arrugada que es el cielo. Usa un brazalete de oro y plata y varios anillos de amatista. Extiende los dedos, acariciando la plácida noche de otoño. Lleva en su corona una esfera de vidrio, radiante cúmulo de partículas solares. Se dirige al encuentro tan ansiado.

La idea me vino tan rápido que no supe ni de dónde salió. La respuesta a sus males era sencilla: tenía que encerrar unos pedazos de sol en una esfera y llevárselos a su cuarto, de esta manera nunca más se sentiría obligada a salir si no tenía ganas. Hasta donde yo sabía, nadie había hecho lo que yo me proponía. Aun sin tener antecedentes que me mostraran el camino, me pareció la mejor opción. Los médicos no hacían más que deprimirla o ser condescendientes. Sus gestos apesadumbrados eran insignificantes para ellos. Trataban de convencerla implícitamente de que era natural sufrir, postrarse en una cama como castigo por llegar a una edad avanzada. No había más que hacer.

El álgebra debía tener una respuesta. Saqué mi Baldor y me puse a estudiar. Había ecuaciones, raíces cuadradas, algoritmos, pero nada que me indicara cuál era la operación que necesitaba. No tenía idea de cómo convertir esos números que me atolondraban la cabeza a algo preciso, tangible o útil. Me pasé toda esa tarde resolviendo ejercicios, hasta que se me olvidó por qué lo hacía. Cuando por fin me aburrí, me di cuenta que había sido muy tonta: primero tenía que aprender sobre la luz como fenómeno físico.

Busqué en el índice del libro básico de física hasta dar con el capítulo que buscaba. Esta vez me desanimé a los quince minutos de haber empezado a leer: los ejemplos me parecían incomprensibles y ridículos. Vagué por otras lecciones y solo iba en aumento mi ansiedad. No entendía qué rayos iba yo a hacer con tanto vector y leyes de reflexión; estaba claro que tampoco era eso lo que me ayudaría en mi propósito.

Como último recurso, busqué algunos conjuros y aforismos en otras lenguas. Recurrí al latín, pues era sabido, en el mundo del cine, que siempre funciona para invocar a algún demonio o convertirse en el amo del mundo. En esta ocasión no me abrumé; al contrario, las fórmulas con las que me había enfrentado en un principio me parecían verdaderamente diabólicas, comparadas con el estudio gramatical. Por fin abordaba un terreno conocido. Me perdí durante horas en las declinaciones, la voz pasiva y el pronombre relativo; sin embargo, el amanecer comenzó a clarear las cortinas y nunca hallé una solución.

Algo me faltaba. Ni siquiera tenía claro por qué me había inclinado a estudiar brevemente estas ramas del saber. Parecía lo más apropiado. Todo misterio, por más fantástico que pareciera, tenía una solución científica, razonable. Si esto era así, la búsqueda debía empezar de tal manera. ¿Qué es lo que me movía a mí? ¿Acaso era la necesidad de conocer el mundo, de comprender algo que estuviese fuera de los límites de mi propio cuerpo? No, no era eso. La causa de tanta energía y esfuerzo inconmensurable se concentraba en una sola frase nominal: mi abuela. Los medios no eran más que clichés que disfrazaban mi impotencia.

Acoge en su manto las estrellas trasnochadas, hasta hacerlas débiles motas fúlgidas de polvo, impacientes por su resurrección. La reina despide un aroma a dulce almizcle, combinado con guayaba. Pide a su séquito que la espere detrás del volcán de la mujer durmiente mientras ella visita a la persona que tanto la invoca en llantos. Arranca un lienzo delgado de cielo y lo enrolla con cuidado para que no se maltrate. Ya está tan cerca.

El qui nunc it per iter tenebricosum illuc, unde negant redire quemquam se me escapaba como si nunca lo hubiese dicho, hasta que no quedaba más rastro de las palabras que un lírico retumbar lejano. Me faltaba ingenio. Debía ser astuta, encontrar una manera más obvia y, por tanto, sutil de lograr mi cometido. Si la respuesta no estaba, pues, en algo que pudiera aprender, entonces quizá estaba en algo que ya sabía…

Las ventanas ardían con el pestañeo púrpura del día. El sol no tardaría en asomar detrás del Iztaccíhuatl, por lo que estaba a tiempo de intentar mi más reciente ocurrencia. Me preparé con una cangurera en la que guardé algunas herramientas que tal vez me ayudarían en el camino. Descorrí con un movimiento brusco las cortinas, abrí la ventana, me senté en el centro de la sala y esperé con los ojos cerrados. Cuando sentí los primeros roces del día, me puse de rodillas y comencé a mover la mano por el aire: no había para mí una forma más sincera de entendimiento que el tacto. Al extender los dedos sentía como si los poros de mi piel se agrandaran hasta dejar salir unos tentáculos babosos que abarcaban el inmensurable espacio del mundo. Leían en braille la historia de las cosas, absorbían el conocimiento, acariciaban con rudeza torpe el transcurrir temporal. De esta manera podía yo saber muchas cosas, de esta manera pude yo sentir cuando un delgado rayo de sol se me enredó en el índice.

Apreté los ojos emocionada. Como con ellos no se puede ver claramente, continué palpando a ciegas. Poco a poco fui tomando más y más hilos solares. Los atrapaba casi por obra del azar, como cuando una ola me revolcaba en la orilla de la playa y sin querer llegaban a mi mano los googles que el propio mar me había arrancado. Cuando tuve suficientes comencé a trenzarlos hasta que me quedó una soga. Recordé una de las lecciones del manual de física que revisé el día anterior la cual, si bien no tenía que ver con la luz, mencionaba la fuerza que debía haber en ambos extremos de una cuerda para que quedara tensa. Sonreí. ¿De algo me había servido esa breve consulta del libro?

Me acomodé la cangurera, respiré hondo. Los pájaros que me espiaban desde un cable cercano a la ventana callaron. Los árboles sudaban de angustia. El ruido entero de la Tierra se detuvo para mí. Puse un pie sobre la trenza, extendí los brazos hasta que mi cuerpo quedara en forma de cruz y miré hacia el frente. Mi viaje comenzaba.

Al principio anduve lenta. Temía perder el equilibrio y caer al vacío con los planes frustrados y el objetivo cumplido a medias. Procuraba no mirar hacia abajo para que no me diera miedo. En el horizonte se veían árboles pequeños bien podados, edificios, algunas casas, avenidas y sus automóviles. Me habría aburrido de contemplar eso si no hubiera sido por la adrenalina que tenía; mas, luego, un nuevo panorama partió mis ojos. Admiré la irregularidad armónica de las montañas y aun pude descubrir lo que había detrás de ellas (más montañas: enigma resuelto). Me lavé la cara en el cuenco de las nubes, bebí su escondida agua de lluvia.

Subí y subí, distrayéndome a ratos, olvidando de pronto dónde estaba caminando. Los colores cambiaban ante mí: lo que al principio era un trazo azul de acuarela, en seguida se transformó a uno marrón, naranja, rosa y algo así como amarillo. Pensé que sería buena idea tomar unos pedazos de cielo para fundir esas tonalidades en un lienzo. Tomé con la mano un poco de cada uno, los guardé en la cangurera y continué.

Sin darme cuenta, crucé todas las capas de la atmósfera. De un momento a otro, los oídos comenzaron a dolerme con el avasallador silencio. Miré a mi alrededor y no vi nada más que un interminable color púrpura oscuro, con incrustaciones de estrellas y una inmensa fuente de luz, resentida por la trenza que le había hecho. Había llegado el momento de andar con paso firme, sin devaneos e indecisiones.

A partir de ese punto, el viaje debía ser a ciegas. Me dije que el equilibrio no importaba tanto en ese lugar, por lo que podía ir con las manos delante de mí. Contuve la respiración. Sentí que el cuerpo me pesaba cada vez más. Mi espalda comenzó a encorvarse, la piel me colgaba. Toda yo me desparramaba en ese espacio, creado hace tiempo a partir de la nada, con los ojos saltones de tanto esfuerzo.

Me retorcí sobre la soga, sufriendo dolor en las articulaciones y la negligencia del corazón para latir. No pude caminar más. Avancé arrastrándome, como un gusano pálido, derretido y moribundo. La única forma de regresar con vida era confiar en mi piel, que aún debía conservar sus facultades sensibles. Imaginé de nuevo los tentáculos gelatinosos saliendo de mis poros, asiéndose con fuerza a… a un algo. ¡Había llegado! Unas llagas fulminantes me indicaron que estaba tocando el sol.

Abrí el cierre con premura. Saqué un cepillo cuyas cerdas había cubierto con cinta de aislar. El rey de los astros se retorció al sentir que le estaba tocando el cabello. Lo halé con fuerza, arranqué cuanto pude hasta juntar una bola espesa de pelo rubio. La deposité lo más rápido que pude dentro de la esfera de vidrio que llevaba, que en realidad era una pecera.

Me di la vuelta y caminé tan velozmente como pude. El sol estaba enojado: gritó, lanzando un estruendo de fuego y chispas azules. Podía sentir sus ojos fulminantes en mi espalda. Conforme me alejaba, mi cuerpo recuperaba su vitalidad. En lugar de andar paso a paso, corrí, sin importarme el peligro de hacerlo en una cuerda floja. Oh, no; apenas reparaba en eso: ya no había tensión en ella.

El trayecto de regreso fue atrabancado. Me sumergí en un túnel de líneas indistintas. Únicamente me detenía para asegurarme de llevar conmigo la cangurera. Mientras la trenza desgreñada siguiera amarrada al sillón de mi casa, tenía esperanza. Las manos reemplazaron los pies. Me balanceé como si fuera una liana, con los intestinos en la garganta y unas ganas tremendas de orinarme encima. A pesar de no tener un gran músculo, mis brazos se esforzaban para sostenerme. La fe me empujaba; sin embargo, al contemplar el incendio de nubes que se extendían ante mí, sentí cómo la soga perdía repentinamente la poca tensión que conservaba. Ya no habría más futuro para mí.

Sucumbí ante la opresión de la gravedad. Bajé varios kilómetros de altura. Golpeé a un pájaro distraído, vi sucederse los paisajes, alcancé a distinguir con mayor nitidez algunas copas de árboles. A la vez no parecía que me aproximara a nada. Descenso eterno, eterno infierno. Incluso llegó un momento en que se perdió el efecto de caída, en su lugar me sentí flotando. A merced de los caprichos del aire, pero navegando sobre las crestas del viento, a fin de cuentas.

A mis ojos llegó de improviso una línea delgada al principio, brillante y dorada. Conforme me acercaba, me di cuenta de que era una raya sólida, horizontal, que provenía de la dirección en que quedaba mi casa. Al quedar a escasos metros sobre esta, pude distinguir que era una cuerda… ¡una cuerda! ¡Y áurea!

Palpé una vez más mi bolsita para asegurarme de que seguía conmigo, me preparé para sujetarme y, en el momento preciso, me aferré con los dedos, las uñas, enredé los brazos y casi también los dientes a ella. En esta ocasión avancé sin un método preciso. Me arrastraba a ratos, caminaba otros. El peor miedo que pude haber sentido ya había pasado. Su capa horrorosa me hizo perder por un segundo toda imagen de un porvenir. Ahora me tocaba a mí ponerme un sombrero de plumas largas, ser valiente y arrojarme con brío al último tramo de batalla.

La luz, hilada con firmeza, provenía de la ventana de mi sala. Me acerqué con la incertidumbre que guía a la prisa. Finalmente, lo conseguí: estaba de nuevo en casa, para pesar del sol. Me tomé algunos momentos para recuperarme, respirar profundo y temblar todo lo que no me había permitido antes. Cuando levanté la mirada, noté que la trenza de la gran estrella no estaba sujeta al sillón. Seguí el rastro hasta ver que iniciaba en la máquina de coser de mi abuela.

Ella estaba detrás de su aparato, con lágrimas en las pestañas. Se levantó con dificultad de la silla, se aproximó a mí y me pidió que me incorporara. En un vistazo pude percatarme de que tenía más canas, lucía más pequeña y la tristeza se había instalado en sus labios.

—Te tardaste mucho —dijo al fin.

—Pero ya estoy aquí.

—¡Un año te estuve esperando!

—Y con todo, desafié las leyes de la física —respondí, con una carcajada emocionada—. Te traje algo.

Saqué la pecera de la cangurera. Ambas nos admiramos con el poder cegador que tenían las hebras ahí contenidas. Ardientes, deseosas por salir y extenderse a lo largo del mundo, se movían sin parar.

—Siempre pensé que estabas loca, pero me quedé corta.

—Esto es para que tu cuarto esté calientito, para que no tengas que salir si ese día no quieres —al decir esto, los trémulos ojos de tortuguita que tenía mi abuela se posaron en los míos. Me miró llena de ternura. Abrió los brazos y en un parpadeo yo me instalé en su pecho blando.

—Ay, nietecita.

—Ay, agüelita.

—No les creía cuando me decían que era horrible llegar a viejo —suspiró—. No es solo que tenga que asolearme. Ya no puedo hacer nada, no disfruto las caminatas como antes. Todo me pesa. Quisiera irme al fondo de la tierra, donde pueda vivir por siempre en un cuerpo vigoroso, con el que te pueda cargar de nuevo, como cuando eras bebé.

—Pero… pero todo puede mejorar. ¿De veras prefieres irte?—le pregunté en un hilo de voz.

—Sí, en verdad ya quiero.

La contemplé llorando. Nuestras lágrimas se hicieron un confuso río de nostalgia adelantada y sentimiento de pérdida. Dentro de la cangurera, los colores que le había robado al viento morían preocupados.

—Entonces, déjame ir contigo. No me quiero quedar aquí sin ti —dije con seguridad. Me miró con espanto e incredulidad.

—¡No! ¡Sácate, qué! Tú estás joven. La que se va soy yo. Dame la pecera. ¡Que me la des, caramba!

—¡Por favor, agüe! Quiero estar contigo. Si me dejas aquí sola me moriré de melancolía. Te invocaré en cada sueño, seré un espectro que vague por los rincones de la casa, sin una respuesta, sin una amiga. He vivido bien mi vida. No antepongo la cantidad de años a la calidad de mis recuerdos.

Ella me acarició la cabeza. Sonrió y me dijo:

—Gracias por tanto cariño. Ya, no seas necia.

Como si de antemano hubiera sabido qué hacer, tomó entre sus manos la pecera, se persignó, oró y presionó los mechones presos del sol contra su pecho. Me abalancé sobre ella para darle un último abrazo, pero mi cara fue a dar contra un muro: su desaparición fue tan fantástica e inexplicable como mi odisea solar. Me quedé abandonada, anegada en llanto y con un chichón en la frente. Se había ido para siempre.

La reina Amir entró presurosa al cuarto de la joven. Le dio un beso en los ojos para sacarla del sueño. Esta despertó, confundida al principio, pero después encantada. Abrazó el cuerpo flexible de Su Majestad, sintiéndose la criatura más afortunada. Ambas sollozaban con un nudo de nostalgia en la garganta. La soberana le extendió el lienzo celeste y le pidió que pintara en él con los colores que un día se había llevado de las nubes. El sol de su corona ardió conmovido y, en su explosión de llanto, le pidió a la luna que hiciera llover rayos como tributo a un amor tan sincero e inmortal. Se abrazaron hasta que el día arribó a las orillas del continente. Para entonces la reina se había vuelto a esfumar.

“Te quiero, agüe”.

“Y yo a ti, querida”.

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