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Ya estaban en la Tierra muchísimo antes que la aparición del hombre y continuarán después de la extinción de este…” 
Ben Shimon Dover.

La niña contemplaba extrañada como el hámster, que le habían regalado por su cumpleaños, no paraba de correr enloquecido dentro de la rueda instalada en su jaula; el animal parecía ansioso y hacía girar el artilugio con violencia a gran velocidad. Al abrir portezuela e intentar cogerlo, la mordió con fiereza, seccionando parte de su dedo meñique. Su padre acudió alarmado al escuchar sus gritos de dolor; enojado por la agresión, cogió una maza de la caja de herramientas y aplastó a la bestia ante la llorosa y atónita mirada de su pequeña.

Los obreros llenaron la calle de estruendosas máquinas excavadoras, picadoras, planeadoras. Me gustaría creer que eso fue el detonante que activó los acontecimientos horrendos que estaban por llegar: la maldita obra municipal. En la tranquilidad de aquella funesta noche, salió la primera jauría de ratas de las alcantarillas y, detrás, una miríada más; había tantas que el asfalto parecía en ebullición. Grises, pardas, negras, todas famélicas, pulgosas, agresivas y cargadas de enfermedades. Ratas, ratas y más ratas que se acumulaban unas encima de otras; algunas del tamaño de un conejo. Millones de ojillos inquietos, colmillos amarillentos y, lo peor, chillando frenéticamente al unísono en una aguda cacofonía enloquecedora, al mismo tiempo que se revolcaban en sus heces. Empujadas por las que seguían saliendo bajo tierra, ascendían por las paredes y las cañerías circundantes e incluso subían a los árboles, tirándose de nuevo sobre sus congéneres. Entraban a borbotones por las ventanas, las terrazas, las chimeneas… Se escuchaban gritos, disparos, sirenas, y más gritos.

Un coche de policía intentó, sin éxito, acceder al lugar; al patinar en la masa informe, el vehículo quedó con los neumáticos mirando hacia el cielo. Los agentes pudieron contemplar, durante unos escasos minutos, como las ventanillas se llenaban de apretados cuerpos peludos hasta que, debido a la fuerte presión, estallaron las lunas; no tardaron demasiado en arrasar el interior, dejando únicamente el chasis. Roían lo que encontraban a su paso: tuberías, cables eléctricos… ni siquiera la uralita que cubría los tendederos era ajena su voracidad. Tras varios chispazos, la luz general se apagó, aunque para los daltónicos roedores no supuso ningún problema. Cuando no hallaban nada que morder la emprendían a dentelladas entre ellas mismas, causándose graves heridas. Un fiero y musculoso Pitbull, encargado de vigilar uno de los patios inferiores, trató de enfrentarse con varias cloaqueras a la vez. En vez de amedrentarse, se pusieron en pie ante él, mostrando sus afilados incisivos. El perro solo pudo arrancarle la cabeza a una, antes de caer severamente mutilado, emitiendo lastimeros aullidos. Del pobre animal no dejaron ni el preciado tuétano que contenían sus huesos.

No existía una sola oquedad en la que no asomaran varios hociquillos puntiagudos e inquietos, contagiando la atmósfera con el hedor de las sucias y pestilentes aguas residuales que empapaban sus erizados lomos. Comenzó a caer gente de los balcones; los más afortunados conservando aún sus ojos. Al reventar contra el suelo, eran devorados con fruición. Un tipo, el narcotraficante del barrio, apareció vestido con ropa militar empuñando un fusil AK-47. “Colocado hasta las cejas”, disparaba a todo lo que se movía, agotando sus cargadores de baquelita. Ya sin balas, olvidó guardar la última para él, cayendo abatido entre estertores de dolor.

Los rátidos parecían espoleados por el mismísimo Diablo, pero la realidad era algo distinta. El rey de las ratas, un inmenso roedor, albino y tuerto con cientos de cicatrices gatunas cruzando su pulgoso pecho, jaleaba a sus oficiales que, a su vez, fustigaban al resto de hordas subterráneas a salir al exterior. Gracias al alcalde corrupto de turno varios años de planificación ratonil vieron por fin la luz. Entre sus múltiples “mejoras” había reducido, hasta la extinción, el presupuesto dedicado al mantenimiento efectivo de los métodos de control plaguicidas instalados en el subsuelo de la ciudad. Una antigua línea abandonada del metro, la alta natalidad y el corto periodo de gestación hicieron el resto, propiciando la rápida proliferación. Arengadas por su jefe supremo la Revolución no tardó demasiado en materializarse.

El rey no podía moverse sin desplazar a las más de cincuenta ratas que permanecían atadas a su larga y pegajosa cola formando su plana mayor, evidentemente hembras. Le habían proporcionado una descendencia incalculable y, además, se encargaban de alimentarle a diario. Eran mucho más listas y las prefería a los pendencieros machos que solo buscaban andar a la brega. En épocas de escasez, no le hacía ascos a devorar alguna de sus abundantes nidadas de crías ciegas y lampiñas. A su entender, tenían un sabor familiar.

El buen resultado estaba a la vista: estaban conquistando y expandiendo su hegemonía de forma imparable, sumiendo en el caos a la gigantesca urbe. Accidentes de tráfico, explosiones de gas, inundaciones… Las ratas que infestaban las bodegas de los gigantescos buques mercantes se unieron a la violenta refriega; también, las de los laboratorios liberadas por las callejeras. Se veían especímenes grotescos con dos cabezas, órganos humanos injertados, tullidos arrastrando sus extremidades… Absolutamente todos los gatos huyeron despavoridos de la ciudad. Mientras los felinos huían hacia las montañas cercanas, los ratones campestres, los almizcleros y un sinfín de subespecies acudieron a la llamada de las urbanitas. Desde el gabinete de crisis, instalado en el salón de plenos del ayuntamiento, poca cosa podían hacer, excepto esperar. Los más entusiastas lanzaban sus quiméricas propuestas para exterminar al enemigo: proponían fumigarlas con raticidas o bombardearlas con ultrasonidos emitidos con altavoces instalados en helicópteros: al escuchar las últimas noticias provenientes del aeropuerto, enmudecieron. Poco después, entraron en pánico al advertir los constantes arañazos en la sólida puerta de madera del consistorio.

Al atacar la torre de control del aeropuerto se generó la hecatombe. Los aviones que llegaban con apenas el combustible justo para aterrizar, dejaron de recibir instrucciones, colisionando entre ellos en el aire o incrustándose contra los edificios. El asunto pasó a mayores al invadir el complejo nuclear instalado en el área costera. Los cuatro reactores operaban a pleno rendimiento… 

El rey, al mismo tiempo que poseía a una de sus favoritas, no dejaba de relamerse ante las continuas noticias que le traían sus vasallos hasta que una enorme detonación hizo saltar las sólidas y pesadas tapas del alcantarillado, obligándolo a interrumpir el coito. El complejo nuclear había estallado por los aires. La radioactividad, emitida sin control, generó la densa nube tóxica que remató la humanidad, más tarde a las ratas y poco después a los ratones. Tras el Apocalipsis, unas tímidas antenas asomaron al exterior, con parsimonia, contemplando el cálido y enrojecido ambiente. La era de los escarabajos iniciaba su andadura como especie superviviente y dominante. Hacer creer a los roedores su supremacía había resultado la estrategia adecuada. De los humanos mejor no hablar: siempre habían sido más tontos y soberbios que las otras.

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