La rosa de plástico

Invité a cenar a mi novia al restaurante más lujoso que mis ahorros podían pagar. Quedamos de vernos en el lugar, lo cual me dio tiempo de preparar su sorpresa. Le pedí al pianista de fondo que tocara nuestra canción cuando la viera llegar a mi mesa. Además, pague un costo extra para reservar el lugar que esta cerca de la ventana, en una mesa para dos. Escribí en una carta todas las cosas que siempre he querido decirle, también compre un ramo de rosas blancas con una roja en medio, la cual, escogí que fuera de plástico, para profesarle amor eterno. Ayer rente un traje solo para esta ocasión, y le pedí que llegara a las ocho en punto.

Mientras aguardo a su espera, comienzo a recordar aquel día en que la conocí. Fuimos a presentar examen de admisión a la universidad. Llevaba una blusa amarilla, una chaqueta de mezclilla y un pantalón. Su cabello negro y lacio, estaba sujetado en forma de “coleta”. Sus ojos son negros, su piel dorada y su sonrisa sin igual. Ella se inclinó por contaduría y yo por enfermería. Desde aquel día comenzamos a hablar y nos volvimos inseparables. La apoye en todo lo que pude, algunas veces le llevé lonche, pues siempre vivía estresada.

Recuerdo con cariño y emoción aquellos días.

Desde hace mucho planeaba pedirle que fuera mi esposa. Me nacía desde el interior el deseo por apoyarla en todo, cuidarla, mimarla, abrazarla y darle lo mejor de mí. Sin importar que mis amigos se burlen, tachándome de “mandilón”. Lo compartimos todo y las alegrías que trae a mi vida son innumerables. Hace un par de semanas me contó que un viejo amigo suyo de la secundaria vendría a la ciudad.

Reviso el reloj, al parecer se ha retrasado cinco minutos en llegar. Sin saber por que, la angustia se apodera de mí. Mis piernas tiemblan y comienzo a sudar. Me aterra pensar que algo le pudo ocurrir en su trayecto hacia acá. Respiro profundo intentando tranquilizarme, no se si llamarle, temo que responda mientras conduce y pueda chocar. No me queda otra opción mas que esperar. Camino hacia la entrada para mirar el momento en que llegue.

Me regreso a mi asiento y me parece que  de pronto han apagado el aire acondicionado, hace demasiado calor y no dejo de sudar.

Decido salir para esperar. Desesperado comienzo a llamar sin obtener respuesta. En un principio su celular sonó, luego dejó de hacerlo. Mandé múltiples mensajes que no fueron respondidos.

El tiempo pasó y se hizo tarde. Me regreso a mi lugar y el mesero se acerca a mi.

— Ya vamos a cerrar señor — Asiento con mi cabeza desilusionado. Temo que algo le haya ocurrido al amor de mí vida.

Me marcho directo a su casa, con la esperanza de encontrarla.

Sus padres me comentan que la vieron salir arreglada a las siete en punto. Se miran el uno al otro, angustiados.

—Ve con cuidado, nosotros haremos algunas llamadas para saber si está con alguien — Dijo su madre.

—Aguardaremos en casa por si llega. Si la encuentras, nos avisas — Dijo su padre.

Desesperado salgo a buscarla. Siento un nudo en la garganta y unas inmensas ganas de llorar me anegan. Mi temor se vuelve real, incluso palpable, algo tuvo que haberle sucedido. Presiento que he perdido al amor de mi vida.

Pronto se hacen las diez de la noche y siento como quisiera dividirme para buscarla en cualquier rincón de la ciudad. La situación me rebasa, comienzo a llorar sin control.

Resignado me detengo a un lado de un parque, necesito pensar con claridad. Mi teléfono suena, son sus padres, me dicen que no esta con ninguno de sus familiares, amigos o conocidos. Cuelgo y me quiebro en llanto. Mi corazón duele por dentro. Me arrepiento una y mil veces de haberla citado en aquel lugar. De pronto, levanto mi mirada y la veo salir “escurridiza” de un motel, cuidando que nadie la vea. Mi corazón estaba tan roto hasta ese punto que me quede paralizado ante dicha escena. Por un lado me alegra saber que estaba bien y por el otro, habría preferido no encontrarla, no en esas circunstancias.

Ahora siento que una parte de mi ha muerto.

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