La última persona normal

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Mención honorífica en el concurso “El cuento en cuarentena.”

Es difícil establecer el momento temporal en el que los individuos con desórdenes mentales pasaron de ser una minoría a constituir la mayoría de la población. Antes de que ocurriera dicho hito, conocido como el sorpasso, se había producido una escalada en cuanto al número de personas a las que se les diagnosticaba alguno de los más de ciento setenta desórdenes mentales conocidos. La extensión del umbral por el que determinados rasgos de un individuo —antes desapercibidos— se consideraban como sintomáticos de una patología que necesitaba ser tratada por profesionales médicos generó una enorme masa de población medicalizada. A decir de los conspiranoicos —la conspiranoia es otro desorden mental (DM) recientemente acreditado—, el escaso rigor de los diagnósticos por parte de los psiquiatras, que necesitaban enfermos —cuantos más, mejor— para vivir de ellos y, sobre todo, la presión de las empresas farmacéuticas favorecieron la epidemia de casos de DM. Los tímidos pasaron a ser catalogados como pacientes de ansiedad social, tener pesadillas equivalía a un trastorno por sueños angustiosos, los zarzallosos eran enfermos de trastorno fonológico, los despistados ofrecían síntomas de trastorno cognoscitivo no especificado y a los niños rebeldes y cabroncetes se les colgó la etiqueta del trastorno de desregulación del temperamento con disforia. Si te tomabas más de dos cafés a lo largo de la jornada, padecías intoxicación por cafeína; si después de alguna copa de más, llegada la noche, no se te levantaba al yacer con tu pareja, incurrías en un caso típico de trastorno sexual inducido por el alcohol; la gente que dejaba de fumar sufría invariablemente el desorden mental de abstinencia por nicotina; y, si te negabas a ir de camping con el plasta de tu cuñado, era a causa de una clarísima fobia social y de un trastorno de la personalidad por evitación.

Como he dicho antes, se discute mucho acerca de cuándo se produjo el sorpasso por el que los diagnosticados de DM superaron a los normales, para algunos fue el momento en que se aceptó la futbolfobia —aversión a las pasiones futbolísticas— como desorden mental. Personalmente opino que el sorpasso se alcanzó al considerarse que toda persona que hicieran más de dos veces el amor al mes ya era un sexoadicto. A mi juicio, más que el cuándo importa el después, lo que ocurrió una vez que los pacientes de DM fueron mayoría en la sociedad. En primer lugar, se produjo la normalización y visibilidad de los DM people, que, como se suele decir, “salieron del armario”. Reconocidos artistas, políticos y deportistas hicieron públicos sus desórdenes mentales sacando a relucir los aspectos positivos de sus síndromes. Así, los actores se vanagloriaban de sus trastornos de cambios de personalidad y los intelectuales de padecer trastorno negativista desafiante. Se puso de moda hacerse tarjetas de visita en las que se indicaban los DM del titular de la misma. A un servidor le entregaban tarjetas rotuladas con leyendas tales como: “Pepe López, barrendero: somatomorfo indiferenciado, trastorno de comportamiento perturbador no especificado, trastorno por rumiación y delirium debido a múltiples etiologías”; “Alejandro. Contador, controlador aéreo: síndrome de alienación parental, paramnesia reduplicativa, terrores nocturnos, narcolepsia, trastorno por estrés agudo y trastorno explosivo intermitente”; “Anselmo Urquijo, consejero delegado: síndrome neuroléptico maligno, trastorno antisocial de la personalidad, sadismo sexual, psicótico primario y piromanía”; “Selena Gutiérrez, trabajadora social: trastorno cognoscitivo, trastorno obsesivo-compulsivo, episodios maníacos, histeria, misandria, vaginismo, orgasmo femenino inhibido, fobia canina y enuresis”. Las parejas que querían presumir de armonía marital alardeaban sufrir trastorno psicótico compartido. Comenzó a ser habitual leer en los currículum vitae que los candidatos revelaran sus desórdenes mentales; un DM muy valorado era el de narcisismo, al que se relacionaba con la ambición y la capacidad de liderazgo. En los juicios penales era común que los reos se definieran como cleptómanos o que se negaran a responder alegando mutismo selectivo. Incluso comenzó a hablarse de una aristocracia entre los DM, la gente que tenía complejo edípico, complejo de Electra o trastorno de la Tourette se sentía superior a los vulgares neuróticos o a los ramplones deprimidos. La normalización de los DM alcanzó cuotas insospechadas: en mi empresa los partidos de fulbito pasaron de ser de “producción contra administración” y “almacén contra comerciales” a “hiperactivos-impulsivos contra melancólicos involutivos” y “eyaculadores precoces contra hipomaníacos”.

Las personas normales, desde que pasaron a ser una minoría, cada vez se sentían más relegadas, se las consideraba sosas, casposas y anticuadas. Como a nadie le gusta pertenecer a un colectivo minoritario estigmatizado, los normales comenzaron a tumbarse en masa en los divanes de los gabinetes psicológicos, ansiosos porque se les diagnosticara algún desorden mental. Para satisfacer a la demanda social desatada y solucionar el déficit de profesionales, se importaron 100.000 psicólogos y psiquiatras argentinos. Yo mismo cada vez me sentía más aislado; “Eres raro, eres normal”, me recriminaban las personas de mi entorno. Mi normalidad empezó a ser un motivo de seria preocupación para mí el día en que le pedí salir a una chica y esta me rechazó, alegando que, aunque yo era “muy buen chico”, debía comprender que ella no podía salir con alguien normal y que tenía puestos sus ojos en otro joven, maniaco, disocial y politoxicómano, con el que esperaba ser muy feliz.

Llegó un momento en que me quedé solo, era la última persona normal. Por muy laxos que fueran los psicólogos a la hora de valorarme, ninguno de ellos era capaz de diagnosticarme un desorden mental. Fue un psiquiatra cubano el que resolvió mi problema tras someterme al Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesotta. Según mi psiquiatra, mi desorden mental consistía, precisamente, en empeñarme en ser normal, él lo bautizó como Síndrome de afán de notoriedad por normalidad. Después de que se me diagnosticara un DM tan original como el que sufro, me siento integrado en la sociedad y he podido rehacer mi vida. Ahora soy feliz.

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