Fotografía: Fares Hamouche

A veces siento como si alguien más dictara mis acciones, mis gustos, mis placeres, incluso mis pensamientos. Antes disfrutaba de la compañía, de los amigos, las mujeres, las reuniones familiares. Todas esas ocasiones calaban hondo en mi ser, como si solo viviera para eso, como si la existencia se resumiera a evitar esta soledad que ahora toma forma de una bruma que emerge de las esquinas de mi prisión, o mejor dicho, de mi habitación. Creía que el desgano, la ansiedad y la frustración que me invadía cada día, al ocultarse el sol, era debido al cansancio provocado por la irrefrenable rutina. Rutina que comenzaba a parecerme más un castigo que un reconocimiento social. Misma que cada día consolidaba con más imágenes sórdidas.

–El crecimiento en la desigualdad comienza a manifestar… –narraba con indiferencia una plástica mujer, cuyo aspecto me hace sospechar que su realidad es muy diferente de la mía.

–Un grupo de hombres armados irrumpe en el banco nacional… –informa, en un canal diferente, un sujeto que no muestra ápice de interés.

–La guerra entre el norte y el sur se extenderá, al menos, por otros cinco años… –advertía un hombre parado en un campo medio desértico con grabadora en mano.

Esto solo hace que me sienta peor, más triste y frustrado. ¿Se darán cuenta esas personas de las cosas que están diciendo? Solo puedo pensar, en broma, que no pueden ser de este planeta. Al menos, mañana será otro día.

Los cálidos rayos se cuelan por mi ventana, acariciándome con su templado tacto, como la madre cariñosa despierta a su retoño. Me es ya distante el recuerdo de la tristeza y frustración cuando me dirijo al balcón para poder recibir de lleno la gracia del sol. Cierro mis ojos y planto cara al astro rey, aunque mis parpados permanecen herméticos, este logra comunicarse a través, con forma de imágenes coloradas y destellos que danzan dentro de mi cabeza. Esta comunicación tan irracional me origina, inmediatamente, una idea que me sorprende. Sumergido en tal embeleso, aparto mi mano de las penumbras para exponerla a estos rayos sanadores. La luz ilumina y rebota sobre mi palma. Solo después logro sentir el calor, producto de la exposición. Como si no fuera efecto del sol mismo, sino que esta sensación es el resultado de mi desfasada percepción. ¿Soy yo quién decide experimentar estas consecuencias físicas? Me sumerjo por completo en estas elucubraciones. Recuerdo de inmediato que he dejado mi mano expuesta, lo cual, me produce un intenso ardor. Haciéndome apartarla por completo.

En este punto, estoy decidido. Aunque la razón intenta detenerme, mi nueva hipótesis me empuja; después de todo, los egipcios lo hacían. Mi respiración comienza a acelerarse, mis latidos se vuelven más pesados, un dolor comienza a nacer desde el fondo de mi cerebro. Pero, estas señales, en lugar de detener mi alocada obcecación, me convencen. Algo, o alguien no quiere que sepa la verdad. ¡No me importa! El valor regresó. Cierro los ojos. Inclino un poco la cabeza. Lleno hasta el último rincón de mis pulmones. ¡Elevo mi cabeza con dirección al sol! ¡Abro mis ojos y miro al sol! O, mejor dicho, observo la verdad. El color azul del cielo cambia, al menos para mi percepción, radicalmente, a un negro, el negro a un blanco; colores rojos, verdes, amarillos se manifiestan en el lienzo celeste con un pequeño destello central que se mantiene incólume.

A esta danza de rayos, luces y colores, se suma una voz. Misma que, al principio, creí mía. Esa voz con la que evaluamos nuestros planes mentales, la misma que nos consuela cuando aplazamos nuestros retos; estaba ahí. Instándome a apartar la mirada. Mas, en esta ocasión, no me abordaba con el amable tono con que siempre me solicita.

–¡Basta! –escuchaba desde lo profundo.

–¡Qué estás haciendo!

–¡Aparta ya la mirada!

–¡Te vas a hacer daño!

–¡Haz caso de lo que te digo!

Pero, ante estos reclamos, había quedado zanjada mi expectativa. Simplemente lo supe. Esa voz que me había acompañado desde que tengo uso de razón no era la voz de mi mente. A decir verdad y haciendo memoria. Ese arcano vocablo solo se manifestaba cuando deseaba hacer algo por amor, cuando me instaba a mí mismo a intentar cosas nuevas. Siempre se asomaba con el comprehensivo tono, invitándome con pretextos a quedarme donde estaba, a olvidar aquello que me hacía sentir vivo. Por tanto tiempo pensé que tan afectuoso trato no podría ser más que yo mismo, tratando de mantenerme a salvo. Ahora, esa abominable ocasión, me injuria y amenaza tras desobedecerle.

–¡Te vas a arrepentir! No hay más tranquilidad para quien intenta levantar el velo de Isis. –dijo a modo de despedida.

Al sentir que se había dado por vencido, noté una ligereza que emanaba del entrecejo. El maremágnum de colores y rayos había cesado. La luz del sol no provocaba nada ya en mis ojos. Aquel astro rey había adoptado una forma diferente. Seguía siendo el pequeño círculo blanco, mas, ahora, era como si todos estuviéramos contenidos en ese lejano punto luminoso. Me encontraba allá y aquí. ¡Al mismo tiempo!

–Bienvenido. –Se manifestó, no tan profundo en mi ser, un pensamiento.

Este tenía una presencia diferente. Era una idea clara, sin ambigüedades, hablándome. Percibí, inmediatamente un origen diferente. No experimenté sospecha, ni siquiera el nerviosismo que llegaba junto con la otra voz. Solamente el sosiego acompañaba esta nueva intervención. Sin embargo, seguía sin poder identificar su origen.

–Esto debe ser un sueño. –agregué a modo de respuesta.

–Solo si asocias el sueño con lo onírico. Entonces no, no es un sueño.

–Así que sí, esto es real. –traté de afianzar mi razón.

–Eso es relativo.

–¿A qué te refieres? –Mi pulso se aceleraba cada vez más.

–Toda esta conversación está sucediendo dentro de ti. Yo soy tú. –explicó el etéreo eco.

–¿Cómo puedes tú ser yo, si yo estoy aquí parado? –pregunté incrédulo. Podía ya escuchar mis propios latidos.

–No, tú no eres tu cuerpo. Eres más que eso. –la entidad me respondió con paciencia.

–Cuando alguien está por nacer en el plano tridimensional, la sustancia portadora de vida se encuentra almacenada en la luz. Una vez que el vehículo está formado, o sea, el cuerpo físico; la sustancia puede habitar ese vehículo. Este planeta es inyectado cada segundo por millones y millones de datos provenientes del sol, de las estrellas y del vacío cósmico en forma de luz…

–¿De qué estás hablando? –interrumpí.

–El cuerpo es el único medio por el que podemos experimentar una densidad tan baja. La tercera dimensión. –La voz ignoró mi pregunta.

–El plano en el que existo está en el mismo espacio que aquel que guarda tu cuerpo físico. Mas te es imposible ver porque la materia es muy densa. No puede vibrar más alto. Yo sí te puedo ver ahora. Tú solo logras escucharme, pero no con tus oídos. Sino con el entendimiento.

–¿Quieres decir que ahora mismo te encuentras en mi interior? –pregunté creyendo entender razones.

–No, adentro de ti solo hay órganos y huesos. En realidad, yo estoy en todos lados al mismo tiempo. Tampoco eres tu cerebro. ¿O pensabas que todos tus conocimientos y todos tus recuerdos yacen en el cerebro?

–¿Entonces de dónde vienen todos estos saberes? –Preguntaba, al tiempo que me recargaba en el borde del balcón.

–Ya te lo he dicho, toda la información se encuentra viajando por medio de la luz. Los conocimientos que crees tuyos solo han pasado a manifestarse en tu aura. Los grandes inventos que aún no se han hecho y todas esas ideas maravillosas van a la deriva; esperando que alguien logre captarlas e interpretarlas. Cuando tienes una idea, eres capaz de imaginar su forma. En ese preciso instante, has logrado interpretarlo. Si no fueras capaz de existir en dimensiones superiores no podrías acceder al arte, la música y las ciencias. Pero, una vez que logras pescar una idea, depende del vehículo, del cuerpo, volverlo real, como dices.

–¿Y por qué no he logrado acceder a esas ideas maravillosas si se encuentran disponibles para todos? –pregunté con cierto ápice de frustración.

–Lo has hecho ya pero, has sido víctima de aquellos que parasitan la tercera dimensión. Entidades que existen por nuestros miedos, nuestras inseguridades, frustraciones. ¿Recuerdas cuando querías ser pintor y te desanimaste por pensar que por no haber pintado nunca no había razón para intentar? Pues esa falsa noción no era tu voz interior, era una de esas entidades. De hecho, era yo quien te instaba a pintar porque tú ya habías sido pintor. Fuiste un pintor muy famoso en el renacimiento Italiano. En esa época estábamos más unidos pero, al parecer, lo olvidaste.

Cuando noté ya me encontraba tendido sobre mi cama observando el techo de mi habitación. Me encontraba en un estado de ingravidez, como si todas mis obligaciones hubieran sido arrancadas de tajo. Pregunté directamente:

–¿Qué es, pues, real?

–Incorpórate, cierra los ojos y respira hondo. –sugirió la voz.

–Eso es, en este instante nada existe realmente. Solo el piso debajo de tus pies existe porque lo experimentas. No existe ni tu cama, ni la mesa, tampoco la ventana, ni siquiera el exterior. Estando completamente inmóvil y relajado tampoco eres capaz de sentir tu cuerpo.

Solo dejé escapar una sonrisa, tratando de no perder el ritmo de la respiración que había logrado.

–Ahora abre los ojos. Todo se vuelve a manifestar real. Porque la realidad la creamos al observar. Así que eres tú quien se mueve por el mundo, pero soy yo quien lo entiende.

Todo me parecía más colorido, mi cuerpo estaba relajado. Mis sentidos se habían agudizado. Ahora me parecía inconcebible la tristeza y los detalles más insignificantes capturaban toda mi atención.

–Los tienen sedados a todos ustedes. El máximo potencial que reposa en su interior ha sido desactivado por los que gobiernan la densidad que experimentan. Las imágenes a las que son expuestos constantemente, en todas partes: violencia, odio, sexo y consumo. Hacen que sus divinas vibraciones bajen su frecuencia. Piensan que el miedo y la tristeza son suyos pero, en realidad, es la forma de evitar que ustedes puedan despertar. Los noticieros no los informan, solo les infunden terror. Se valora lo falso, se celebra la ignorancia y se censura al sabio.

–¿Qué debo hacer? –pregunté convencido.

–Ya lo has hecho. Al aceptar una idea diferente a tus creencias. Al cuestionar todo lo que sabes y comenzando a crecer en tu interior estás soltando las cadenas que pesan sobre la voluntad única que rige a todos los seres.

Entonces, respiré profundo una vez más. Logré sentir el misterioso lugar donde yacía aquella voz afuera de mí. Entendí que mi cuerpo estaba anclado a aquel mundo de tres dimensiones, mas mi esencia pertenecía al universo. Los arboles en la calle eran seducidos por la brisa, que era mi respiración. Yo era las personas que en la calle caminaban. Mi parpadeo duraba lo mismo que dura la existencia física. Soy una experiencia. Comprendí, pues, había despertado.

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