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Acero oxidado y metal mal ensamblado, un hálito de cansancio por cada rodada, cada día, cada estación. Es como tener metástasis en todas las articulaciones sin seguro médico. Vibraciones sintiéndose en cada centímetro del vagón, en los tornillos mal ensamblados, las opacas ventanas, la lata de coca-cola rodando por el piso. No tengo el estímulo del dolor para quejarme o impedirme pero sé que no estoy condiciones funcionales y paradójicamente funciono. En la década de los setenta cuando apenas estábamos emprendiendo el negocio la sociedad no era tan visceral como la de hoy en día.

Mis vagones están contaminados, portan a los parásitos de la humanidad, no sé quien diseñó los asientos en triadas, como si fuera una dinámica de integración para el primer día de clases, tres extraños arbitrarios teniendo que mantener un incómodo contacto visual hasta la estación en que se sature el vagón. Es un desperdicio de espacio el cual culmina en las puertas corredizas siendo lo más averiado de toda mi maquinaria. Las ruedas no competen a una perfecta circunferencia, lo fueron en un inicio, hoy se puede sentir las anomalías de su diámetro, hay días en los que se siente viajar encima de un cuadrilátero o en un óvalo. Tengo unas bocinas inservibles (Lo que sí sirve es el pitido penetrante que indica el cierre de puertas, a veces se atora por unos minutos ya que no siempre se pueden cerrar) que deberían de anunciar la estación actual y la próxima, no lo hacen.

Aunque funcionaran sería imposibilitada la escucha por los trovadores independientes, algunos se esfuerzan, en rara ocasión se encuentra algo de talento. La mayoría son ciegos o pretendientes de ceguera (así como su audiencia es pretendiente de sordera o indiferencia) con una bocina colgada en su mochila en el pecho andando de extremo a extremo golpeando piernas con un bastón disfuncional y un achichincle detrás pidiendo limosna agitando una lata produciendo aquél sonido metálico de las monedas pegando y brincando adentro de ésta. Los cánticos son un alarido sin esfuerzo. También están los masoquistas que van con su jerga llena de vidrio haciendo lagartijas encima de éstos para mutilarse el hombro, a mi lo único que me molesta es que joden el piso con rayaduras innecesarias, piden dinero a cambio de sudor y sangre. Espectáculo no falta, habrá que reconocerlo. 

He escuchado hablar del estridentismo pero éste no se refiere a mí. Esta vanguardia se refiere al ruido bélico de maquinarias bien ingeniadas. Mi ruido es amorfo y anti-higiénico según la salubridad auditiva. Nada de estridentismo en ello. Va un poco más allá, sobre todo al frenar tanto repentina como tardíamente. La imitación bélica del estridentismo connota el esfuerzo, disciplina y atributo de la milicia. El marchar de filas, masas bien formadas con plataformas en las botas marchando hacia el son de la muerte. En mis estaciones hay pasos de distintas tallas, de distintos calzados y distintas velocidades. Algunos con más prisa que otros pero todos con prisa.

El sonido de los aviones creados para ocasionar casi instantáneamente un Shell-shock, el sonido de los kamikazes o de los tanques invadiendo la ciudad. Sin duda un ruido desagradable y traumático. De alguna forma mi ruido solo es accidental, caótico. Sin trauma alguno solo estrés y encabronamiento de los neuróticos habitantes de la metrópoli tanto futurista como retrógrada.

Hay una nueva modalidad, <<inútil>> piensan algunos —la mayoría—, se pintaron líneas amarillas y una iconografía en donde se indica donde esperar y por donde bajar para no estorbar. Un infantilismo para la sociedad entera y aún así los códigos de civismo conducen al aglomeramiento trascendente de la civilidad. Un abigarrado escenario de personas sudoríparas e impacientes. Difícil de creer pero la infante actitud de pintar la iconografía funciona de cuando en cuando. Un astronauta podría sentirse claustrofóbico en las líneas de espera, ¡maldita sea! Un contorsionista se sentiría incómodo. 

Iconografías pueriles indicando nada. Indicaciones creadas por una aporía que convierte las direcciones en un laberinto surreal y paradójicamente funcional. Se puede distinguir al oriundo del turista por la seguridad al caminar. Quién ve las direcciones y quien camina en automático. Claro que decir turista es una metáfora del ciudadano perdido en su propia urbe.

Los colegas de la línea doce son pulcros, sin el estrepitoso movimiento. Trepidatorio y oscilatorio andar sobre las vías de las demás líneas. En sus vagones se escucha jazz suave, no tienen el sistema tríptico de sus asientos, una elegante banca lateral que aprovecha el espacio, bocinas funcionales cuya voz —diáfana y elocuente— indica la estación actual y la próxima, se trata de una amable voz femenina, dulce y cariñosa. En sus estaciones, por encima de ellos hay un museo, una micro-sala de cine y un tributo a los caricaturistas mexicanos y el grabadista Guadalupe Posadas. 

Arte urbano decadente en forma de graffiti obsceno y mediocre hecho con plumón indeleble. Escaleras eléctricas que no funcionan desde el 84. Vendedores ambulantes y puestos de gastronomía de insalubre culinaria. 

Mis vagones están mal atendidos y apestan a putrefacción. A nadie le interesa recoger las vomitadas de aquellos últimos horarios en donde se suben los decadentes ebrios esperando llegar a tiempo sin que clausuren sus transbordos. Las bebidas azucaradas que tiran los infantes cuando un adulto lo mueve accidentalmente con las prominentes caderas. Vidrios rayados con mensajes, a veces de amor, la mayoría son un sinsentido del tedio de un usuario promedio. Los tubos metálicos a veces están incompletos y portan bacterias como la sudoración excesiva lubricándolos.

He escuchado hablar de la madre Gaya. Un rumor a voces. Algunas líneas llegan a la superficie y ven un delineado de la idílica y esquizofrénica urbanidad. Llegan a pasar por un par de árboles, hablan sobre lo verde, han visto algunas enredaderas. No puedo opinar al respecto en el mundo subterráneo; se puede sentir el peso de la población. Hasta ahí llega la interacción con la naturaleza, y si se puede considerar natural las cascadas gestadas por la mala construcción en épocas de lluvia, también he podido ver aquellos manantiales de agua negra formándose en las vías. 

Ningún interés filosófico sobre la existencia de Dios acá abajo. Incluso el creyente está molesto y considera el ateísmo. Los profetas no son más que charlatanes extorsivos so ganancia lucrativa. 

Hasta donde sé existe la testarudez humana (en abundancia). Las puertas de mis vagones no se pueden cerrar si un cuerpo físico obstruye el espacio. El chilango de ego narcisista cegador se rehúsa a moverse, expresión tanto estóica como indiferente, está logrando un efecto mariposa de impuntualidades en toda la urbe. Parece no importarle. No le importan las leyes de la física así como la psicosis colectiva de una claustrofobia innecesaria. El ego indica que la masa (en términos sociales, no físicos) debe empujar para entrar, en lugar de dejar salir para tener espacio suficiente y después entrar. Debo recalcar que la madre Gaya, incluyendo las leyes de la física y geometría no llegaron hasta acá abajo. La tensión se eleva por aquellos que quieren bajar y no pueden por aquellos que quieren subir y no dejan bajar —Si tan solo existiera una solución prudente a aquél enigma— una buena alegoría social capitalista sobre la gente que no quiere estar en un lugar y no los deja salir <<alguien>> que en realidad no los quiere <<ahí>> pero por miedo y precipitación empujan a quien tengan que empujar sin visión de las consecuencias. 

Pero yo que sé de eso. Que puedo saber de alegorías, sólo sé de tumultos y túneles. Conozco el tiempo y la relatividad, sobre todo la prisa, conozco lo que es la gente corriendo y aventándose a las puertas cerrándose para no perder aquella junta tan importante, conozco las llamadas telefónicas en la que mienten <<aquí me encuentro en tres estaciones más adelante de la que estoy>>. En cuanto a la relatividad, sobre todo la prolongación, los cinco minutos que se pueden convertir en una hora sin explicación alguna. El tiempo y el espacio entorpecidos por la sobre-saturación de personajes narcisistas pensando que su puntualidad es más importante y a expensas de la de los demás, por encima de eso no olvidemos la pereza recalcitrante en las escaleras eléctricas y el espacio desperdiciado de las escaleras fijas. 

La máquina no puede avanzar hasta que se llegue a un acuerdo entre el testarudo(s) que obstruye las puertas y la programación uniforme de la maquinaria. Hace falta un ingeniero que cuide de sus máquinas pero no hay tiempo, aparentemente debemos estar en constante movimiento para cargar a toda la sobrepoblación de un lado a otro; epopeyas contemporáneas.

Solo tengo que moverme hacia adelante. No es un trabajo muy complicado, moverme por los túneles y pararme en las estaciones. De alguna forma se convierte en un trabajo muy complicado. No tengo que pensar, ya hicieron las vías por mí, no hay ningún atajo o una ruta alternativa, solo me muevo hacia adelante y está determinado según las ruedas pegadas a los rieles. De alguna forma el trabajo es complicado, bastante complicado. Vivo dentro de una cartografía de innumerables posibilidades, una red etérea, amplia. No tengo mucho que elegir en ésta. Solo me muevo hacia adelante y atrás. Una línea recta.

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