Las memorias de tu nostalgia

Durante nuestro instante tardío, presiento un sólo deber por gritar el amor tuyo a los ángeles benévolos. Ellos son unos seres muy buenos con la humanidad. Pero tú no los entiendes precisamente a ellos. Es verdad que has pasado por muchas tristezas entre los días inciertos de la vida. Igualmente, ya estás viejo con el destino. Te ves achacado por los tantos infortunios del destino, mal resistido. Además no recuerdas los aciagos ayeres de tu infancia. Aún olvidas algunos hechos de tu juventud soñadora. Así que tampoco evocas la larga permanencia dentro de tu ilustre aposento descuidado. Todo esto sucede porque el paso del tiempo costumbrista, te borró una parte de la memoria.

Pero pese a todo, hoy consigues retener algunos fragmentos temporales, presenciados durante aquella época lejana. Te veías por allá recorriendo la clásica ciudad de la música, tranquilamente. Luego, escuchabas bien armonizadas las calles del jolgorio habitual. Las sabías vivas entre leves cantos de aves. Unas pájaras revestidas de plumas azuladas y amarillas pálidas, surcaban las alturas. Ya ibas entonces por ahí viviendo entre la mucha gracia del romance juvenil. Ibas además caminado por el sendero del bien. Desde tu nobleza querías ser un mejor hombre. Tu alma procuraba ser una bienaventurada más del mundo de los insistentes lamentos.

Sobre el resto, años antes reaparecía otra vez tu presencia. Te acomodabas el sombrero de café claro. Pulías un traje de lino blanquecino junto al espejo de la pequeña habitación tuya. Allá nomás entre la mañana ardiente de soles naranjas, decidías salir de la residencia de lozas violetas algo tuya. La casita miraba hacia la plaza de Bolívar ancestral. Era un sitio pequeño, sin escaños y sin la fuente de los niños desnudos. Había sólo para el lejano tiempo tuyo, erguido, un bosque veraniego. Franqueabas enseguida el sendero principal de árboles. Andabas, bajo unas acacias de hojas verdes y bajo unos frondosos cipreses de la ciudad paradisíaca. Y así, ya entre tu ansiada premura, ibas acercándote a la solemne catedral de monjas, aparte de los curas risueños del momento un poco perecedero.

A la hora, te adentrabas en el recinto de lo sagrado. Te quitabas el sombrero de galán popular. Hacías tu ceremoniosa bendición junto a un segundo de lo menguante. De golpe, ya te ubicabas en la última hilera rodeada de asientos esmaltados. El lugar estaba algo solitario, con poca gente oradora. Más adelante, fuiste elevando un exuberante fervor cristiano; tranquilamente ofreciste la oración diaria al altísimo.

Eras muy creyente para aquellos días del ayer embebido. No había dudas de tu religión devota. Esa es la verdad que hoy me comentas. Esa es la historia que me susurras entre tu voz lánguida, una voz recién salida de tu boca arrugada. Pero que lástima hay en vos para el hoy algo nuestro. Obviamente ya se muere la tarde, limpia y cálida. Es una muerte que nos acompaña suavemente. Mientras tanto, yo descubro la perdición momentánea y tuya. Miro tu recuerdo fugado durante los otros actos de una renuncia católica. Pasó tu rebeldía sobre la realidad, que hoy te rodea. Mas ya perdiste la fe sobre cualquier creencia espiritual. Eres ahora, un rebelde de religión. Luego de las desgracias tuyas, veo ciertamente comprensible tu nostalgia, hoy tan persistida. Pasa así tu soledad por la miseria persistente. Es algo así como saborear la fruta de no seguir con el bien del mundo. Eso se debe al resultado de las muertes de tus seres queridos. Fue tu esposa y fue tu hijo quienes pasaron al otro lado del silencio. Sin ellos, así la vida es más dura que ninguna otra pesadilla. Cierto que por dicha razón hay una desgana de alegría en tu cara. Así entonces, yo, un visitante de mirada grave del mundo, pude por fin descubrir el lago lacrimoso de tu alma; desnudé lentamente la furia tuya del presente, ya ido sin ilusiones anhelantes.

Pero bueno, mi querido Anselmo, hoy sé que hace ocho años te sucedió la tragedia del mal inesperado. Ese dolor, ahora lo pronuncias temerosamente en compañía de una copa de ron. Y es clara, toda la indiferencia tuya por la existencia del hoy inequívoco. Fue durante algún anochecer violado cuando te llegaron con la revelación de lo mortuorio. Así que, detrás del antiguo ocaso, tú estabas recostado sobre la hamaca artesanal, ella, traída de la guajira. Persistías en vuestra casita empolvada. Leías el periódico semanal, bajo la luz de la luna y junto al foco blanquecino del solar. Repasabas las noticias página por página mientras la noche lloraba sobre los seres humanos de la ciudad poética. Todo sucedía suavemente hasta un momento preciso cuando tocaron a la puerta fuertemente. Aquí, fueron repetidos los golpes que escuchaste al interior de tu estancia colonial. Te molestó el ruido locamente y ello te asustó. Se hizo desesperante el golpeteo desde tu profunda percepción del universo. Te asustaste al mismo tiempo del saber incierto. Por lo tanto, dejaste el diario en el suelo enlozado en azul. Te erguiste ya resueltamente del sitio de relajamiento. Parecían ser movimientos algo bien premeditados. Después, te colocaste las pantuflas negras y por último te dirigiste hacia la entrada para mirar a quién necesitaban con tanta urgencia.

Aquí abriste la puerta ansiosamente y sin mirar por la rejilla. De repente, te tropezaste con el párroco de la catedral de aquellos días misteriosos. Llevaba él su sotana negra y su melena andaba bien arreglado para la ocasión. El señor era el mejor amigo tuyo. Te relacionabas íntegramente al abrazo de su bondad creyente. Al rato te dijo con voz confusa que debías permanecer en calma, ante la confidencia que ibas a escuchar en unos segundos. De alguna manera, comprendiste que se trataba de algo trascendental. Al principio pensaste que era alguna información sobre el empleado, Arsenio. El joven laboraba en el pequeño restaurante, que tú tenías en el barrio de Belén. Para esos días tu empleado se encontraba de mala salud. Había recaído en fuertes fiebres como de vampiros. Fuera de eso el párroco confidente era también allegado de Arsenio. Además, él estaba pendiente de cualquier cosa que pudiera pasarle al muchacho. Así que por fin, hiciste pasar al luterano de la iglesia.

Ambos ingresaron a la sala rápidamente entre la angustia. Enseguida te ubicaste a un lado del sofá principal del sitio de recibimiento. El párroco con un algo de cautela llevó su brazo por detrás de tus hombros. Ya para los otros instantes, él, junto a su voz de intriga, te habló sobre un accidente que había sufrido el último autobús que iba llegando de Bogotá. Allí probablemente iban tú esposa del encanto y tu hijo de apenas quince años de elegancia. Hasta la misma noche del no placer, nadie sabía sobre las víctimas. No se sabía mucho del accidente. Tampoco se había dado ninguna alerta sobre los posibles sobrevivientes. Pero a pesar del sigilo, cuando escuchaste la noticia, percibiste adentro de la conciencia unas sobre otras imágenes de mortandad; ellas, dibujaban la masacre que tuvieron los dos familiares tuyos; fue entonces horrenda la tragedia, presentida desde tus constantes nociones. De lejos presentías como las humanidades del bus eran espichadas por una mula de carga. Y el niño agonizando sobre el regazo de tu esposa y tu mujer siendo degollada por el vidrio de una ventana.

Ahora bien, amigo, una vez acabados los hechos tenebrosos, se pudo atenuar tú dolor con las voces del entierro. Ya pues con los años, te dejaste ir por entre las ráfagas oscuras de la soledad. Paso a paso, te fuiste del amor a la vida, porque aún no entiendes tu ausencia en compañía de sombras. Son unos abismos que te hunden en trago y bajo unas botellas de ron. De hecho del momento del vacío, hoy no hay que ocultarlo; la verdad años atrás eras un bebedor de los días contrapuestos. Y el presente ya es algo peor. Pues mira nomás, la cantina en donde estamos padeciendo. Nos vemos ambos suciamente decaídos; ambos reflejados bajo un ahogo de bohemia, cuyo vicio no es más para ningún visitante del alrededor hundido. Es sólo nuestro, el refugio de estas panas y cada lamento, tanto tuyo como mío, sabido entre las pesadumbres compartidas.

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