Y es que se comieron todo lo que dejaron los cómicos, las estatuas humanas, los pintores y caricaturistas; los protestantes de treinta y una militancias entre carabineros sin idea de vocación; las putas imaginarias cuando no llegaron a tiempo para cobrar a los viejos en silencio; los comensales sin cubiertos al aire libre en otoño, los punks, los danzantes, los mimos comprometedores del cándido ciudadano, los ladrones siempre al lado y uno que otro oficinista; los barrenderos, los solitarios legítimos y los legítimos solitarios que luchan por no serlo; y a partir de lo anterior, como pastores, hippies, boleros o vendedores de libros en sinopsis extravagantes que a nadie le interesan.

Palomas suficientes para ahuyentar mi caminar y otros sonidos humanoides en el centro de Santiago. Nunca volveré a ver tantas; exigiéndome cada una dejarla en paz en sus picotazos.

Eran muchas, seguramente la próxima semana la televisión les obsequiará el tiempo suficiente para apagarlas, a la derecha de otro error.

Me hacía falta sentir la ciudad luego de dos semanas enclaustrado. Los cafés con piernas y los pastores gritantes, biblia en mano, se han convertido en una sola cosa que a nadie parece interesarle, más allá de un vistazo.

No sé, pero intuía la ausencia de dealers y hasta padrotres. Era como caminar por un pueblo olvidado, donde la ofensiva y el pacto eran sinónimos de ausencia; nada o muy poco de todo; y de pronto todo puede serlo en un haitiano que grita lo que debe en créole –ese francés antillano, inconfundible en el acento-; porque según él “Dios toma carbono dos, a Luka el sobrecito que también cura el coronavirus”.

De regreso experimenté sentarme en el metro; hacía once años que no lo lograba. Los vagones vacíos de toda publicidad; los edificios repletos de gente camuflada asomándose en balcones o ventanas, como felinos al asecho de sus necesarias extroversiones televisivas, chocantes de la realidad que pocos se atreverán a ver.

Así fue mi día hoy. Un par de niñas hermosas que por sí solas se dejaron ver a sus dieciocho en el metro –hace falta hacerlo, hoy me doy cuenta- y hasta guiar al tipo perdido ente la línea cuatro y cinco.

Me encantó caminar tanto en pasos invisibles; porque de eso se trata esto: marchar y equivocarse.

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