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Cuento seleccionada en la convocatoria «Todos Somos Teresa».

Teresa Palomares se mira frente al espejo. Toca su cara mientras la observa, mira su pecho, recorre con sus dedos las cicatrices de las garras de Javier Tigre. Mira esa cicatriz y ve a Javier golpeándola otra vez. Lo ve reírse de ella mientras se desangra en el piso. También recuerda a su padre gritándole mientras la llevaban al hospital, «¡Hubieras tenido la dignidad de morir ahí, como una cualquiera!». Sale del baño, se viste con un vestido negro muy largo, toca el vestido mientras recuerda que no usaba ropa negra desde que se casó con Juan Canario. Recuerda también los gritos que fueron a hacerle su madre y su padre en su boda. Va por unos zapatos negros de charol que guarda debajo de su cama. Mira su rostro frente al espejo nuevamente, palpa las marcas de su cara, los pequeños puntos negros de los que comienzan a nacer plumas. «Ya me las arrancaré en la noche», piensa mientras se peina y vuelve a mirar su reflejo. Y aunque trate de engañarse, ve en el espejo la cara de su padre. Ve claramente el recuerdo que tiene de su padre antes de morir.

«Hija», dijo Ramón Palomares con una voz que desaparecía en su memoria, aunque sólo hubiera pasado un día «qué bueno que llegaste». «Mi madre me chantajeó para venir», piensa. «No podía irme sin mirarte por última vez», dice, y le toca la mejilla al hombre. Teresa aún recuerda lo pesadas e incómodas que sintió las manos de su padre.

¿Por qué desde niña te arrancas las plumas? —dice Ramón—. Yo siempre he pensado que, de todos mis hijos, tú eres la que más se parece a mí. Eres la única que heredó mis plumas grises. Tienes mi cara, Teresa. Y aun así siempre has sido mi mayor decepción. Odio que lleves a todos lados esa cara, esas plumas que son mías. Siempre te has empeñado en joderme. Cuando te drogabas, cuando me estafaste, cuando te casaste con ese Canario… ¿no tenías suficiente con todo lo que me habías hecho? Te hablé para hacerte saber que me llevaré todo el dolor que me causaste. Pero al menos tengo un consuelo. El consuelo de que morirás igual que yo: sola, podrida, y ahogada en tu propia miseria. ¡Mira bien esta amarga cara, es la misma que llevarás cuando mueras!—.

Teresa recuerda la cara de su padre y teme que su fantasma la persiga, como a veces lo hace el fantasma de Javier. La llegada de Juan interrumpe el recuerdo de Teresa. Juan había salido de viaje al hospital de Chordata para recoger los resultados de una prueba de embarazo. Teresa hubiese ido con él, pero tuvo que ir a escuchar las últimas palabras de su padre. La sonrisa de Juan le anticipa el resultado. La noticia la alegra tanto que casi olvida que no quiso asistir al funeral de su padre, aunque no pudo evitar seguir vistiendo de luto. Esa tarde, en honor a la anunciación, se hizo en la casa de los Canario una gran comida para celebrar. Teresa no recuerda en su vida una comida familiar más feliz. Su suegro hizo chistes, sus cuñadas la felicitaban y agradecían que sus sobrinos ya tendrían con quién jugar. Teresa estaba tan alegre que no parecía vestir de negro. La comida se convirtió en cena y terminó ya entrada la noche.

Teresa está en la habitación con Juan y sonríe. En el baño, el agua de la tina se calienta. El vapor comienza a invadir la habitación mientras Teresa se desviste. Teresa abraza a Juan. Aunque nunca lo confesaron ellos siempre prefirieron abrazarse a besarse. Pensaban que un abrazo era un beso que se daba con todo el cuerpo. Teresa deja dormir a Juan mientras va al baño con un espejo de mano. El agua de la tina hierve mientras Teresa entra en ella y palpa las pequeñas plumas que nacen de su cara. Comienza a desplumarse. Se arranca las plumas con furia. —¿Son tus plumas verdad? Pues tómalas, yo nunca las he querido. ¡Toma todas tus plumas!—.

Y las plumas caen en la tina, junto con la sangre y las lágrimas de Teresa.

Ilustración: Marshiari Medina

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