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Mientras estaba parado en la entrada de la catedral, perseguía con la mirada a los autos que pasaban. Vio su reloj, negro y elegante, con correas de cuero; recordó el día que lo compro a un ambulante cuando caminaba a la municipalidad donde hacia sus prácticas pre profesionales. Se había dado cuenta que todos los funcionarios públicos de un cargo elevado, llevaban relojes muy sofisticados; y como desde pequeño su padre le decía que la apariencia era muy importante, apenas vio al vendedor acercarse, se decidió a comprar uno. Ahora, treinta y dos años después, las correas estaban agrietadas, la luna empañada por la humedad no permitía ver claramente el pestillo más corto; sin embargo, los pequeños números en círculo mantenían su brillante color plateado.

Faltaban ocho minutos para las tres de la tarde, como siempre, había llegado temprano. Desde su etapa universitaria se acostumbró a llegar quince minutos antes a cada cita, así como, también, a esperar unos minutos más de lo acordado a sus amigos: Lorca, Carson, Martín y Fiel.

El segundo en llegar siempre era Martín, con un cigarro en la boca y una cajetilla en el bolsillo de la camisa. Una sonrisa, un abrazo y a sentarse en la banqueta que está al frente del quiosco de la facultad de Derecho. El segundo en aparecer era Lorca, un marrón entrañable, flaco, norteño a carta cabal, con camisa blanca o azul, pantalón crema o marrón, zapatos negros y un libro en la mano. Casi unos minutos después llegaba Fiel, espaldas anchas, un largo cabello negro (siempre recogido en una cola), usaba polos con los nombres de sus bandas de metal favoritas, tan grotescas y underground que debía enviar dinero a su hermano para los comprará en Argentina; antes de saludar a todos, soltaba alguna frase divertida que seguramente venia pensando por el camino.

Luego, cuando los cuatro ya estaban a mitad de la conversación, que iniciaba con seriedad, pero después de unos minutos se convertía en una charla tan banal como les era posible a los estudiantes de universidad pública, llegaba Carson con una altiva forma de andar, cabello desenredado y mirada desafiante. Una vez que la pandilla estaba completa, salían de la universidad por un camino que tenía un olor penetrante a vino y ron de quemar.

Sus pensamientos le permitieron pasar desapercibido los minutos extras que estuvo parado. Cuando vio aparecer a Martín y Lorca, ya eran las cuatro y cuarto. Casi inmediatamente llegó fiel, acompañado de su mujer, una santa que nadie llegaba a comprender cómo podía seguir con él. No faltaba nadie más.

Después de los abrazos y saludos, se dispusieron a rodear la iglesia. A espaldas de la gran construcción eclesiástica, y en medio de sombras, estaban las rejas de la entrada del cementerio, ya que, al ocultarse el sol, la altura de la iglesia se interponía entre la luz solar y aquel terreno lleno de nichos.

Eran pocos los pabellones, tenían una altura de tres o cuatro metros, contenían decenas de ataúdes en su estructura, como si fueran ladrillos de una pared grotesca y macabra. Con cada paso cambiaba la actitud del grupo, cada vez más callados y solemnes. A la mitad del sexto pabellón pararon bruscamente, después de mirarse unos a otros, levantaron el rostro con dirección a la penúltima fila de aquella pared de tumbas.

-Aquí estamos “Sir”, juntos otra vez – dijo Lorca.

-Si es que algo de ti queda en esa caja.  – añadió Fiel.

-Bueno, científicamente aún hay mucho de él.– dijo Martín, que iba agregar algo más, pero sintió la mirada de Lorca y calló instantáneamente.

-No puedes hablar bien ni en la reunión por el año de la Muerte de Carsón.

-Lo lamento, tienes razón Lorca, muy desatinado mi comentario.

Fiel tocó el hombro de J°, porque se había dado cuenta que retenía las lágrimas.

-Estoy bien, Fiel. No es por tristeza, es por rabia. Fuimos amigos por tantos años y no pude ir a su entierro. No merezco estar aquí. Él hubiera querido que no este.

-No es verdad, sabes que nunca fue rencoroso. Si alguna vez se enojaba de verdad era con Martín.

-Tienes razón, aunque yo nunca le hacía nada.– Dijo Martín – A veces me hartaba tanto que me prometía a mí mismo no volver a hablarle, pero como cada viernes, todos terminábamos en mi casa viendo una película o simplemente escuchando música.

-Lo de ustedes era amor y odio, recuerdo que decíamos que eran las dos caras de una misma moneda.– decía Lorca, mientras sonreía – Parecían niños, molestándose por todo, no perdían una oportunidad para empezar una nueva discusión.

-¿Recuerdan los insultos que usábamos? – preguntó J° – “Gordo chifero”, “Chairo”, “Facho pobre” o “Falso”.

-Como niños, ¡carajo!– reafirmó Lorca.

-Pero la pasábamos bien, ninguna pelea llego a más. – decía Fiel mientras acomodaba las flores que había comprado. – Excepto esa vez en el Parque Los Lamentos, ya amaneciendo, Lorca le dio un señor puñetazo a Carson.

-Estábamos todos muy mal, ¿creo que fueron cuatro litros de ron? Por eso, todos ya nos íbamos a casa. – Añadió Lorca en su defensa.

-Lo cierto es que el único testigo visible del puñete fue J° – Fiel miró a J° como pidiéndole que hablara – nosotros solo vimos como caía con dureza, y en cámara lenta, el cuerpo de “Sir” Carson.

-Después de tantos años, ya es hora que lo aceptes Lorca, no fue en “broma” como dices, yo vi cuando tomaste impulso para que el golpe sea más contundente. Pero, como dije, ya pasaron muchos años, al final seguimos siendo tan amigos como siempre.

Todos callaron por un momento, por sus mentes pasaron cientos de anécdotas. Graciosas, tristes, misteriosas o absurdas. Lorca acomodó una escalera, que servía para subir hasta la altura de nicho y empezó a limpiar la lápida. Fiel le alcanzó las flores y fueron puestas en un recipiente sujetado por unos alambres.

Lorca bajó, casi ceremoniosamente, miró a sus amigos, todos tenían la cabeza llena de canas, y las arrugas ya habían conquistado sus fieros rostros. Se dieron un abrazo, y entre risas y recuerdos salieron del cementerio por un camino que también olía a vino y ron de quemar.

 

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