La humeante taza de té no hacía más que empañar el paisaje, ocultando con ella las finas gotas de rocío, que con dulzura se acumulaban al otro lado de la ventana.

Unos ojos marrones se vislumbraban entre la obscuridad del exterior, observando con curiosidad digna de un infante, el brumoso follaje del bosque, a la espera de algún suceso.

Suceso que lo obligaba a tener paciencia, y aquella espera lo inquietaba, lo mantenía ansioso, su corazón palpitaba a la par de los truenos.

Con sus diminutas manos comenzó a trazar líneas alrededor de la ventana, deslizando sus dedos por la extensión del cristal, dibujando figuras extrañas. El sabor de la infusión proveía un cálido sentir en el interior de su boca, no era amargo ni tampoco dulce. Su paladar lo reconoció como un sabor fresco y suave, que poco a poco arrasaba con la amargura que tenía atorada en la garganta, llegando hasta el pecho e instalándose en su estómago. Mas la presión en su abdomen no desapareció por completo, aún sentía la angustia carcomerlo por dentro. Dejándolo abatido por la incertidumbre.

El tiempo transcurría lento, cada sorbo era un minuto, y cada taza de té era una hora que lucía cada vez más interminable que la anterior. El pequeño no sabía cuánto había pasado, pero cada vez que observaba su jardín, menos podía divisar la flora del mismo. Ya no veía los lirios o las calas, no veía los arbustos silvestres ni los hierbajos propios de la estación. Y si llegara a ser capaz de verlos, solo sería gracias a los destellos de luz que le proporcionaban los relámpagos, los que en compañía de los truenos —que habían hecho acto de presencia durante toda la noche— retumbaban en su cabeza.

Llegó un momento en que fue necesario apagar las luces de su habitación, sus ojos cansados negaban la dulce caricia de la obscuridad, mientras que sus párpados rogaban ser cerrados de la incesante vigilancia, que, hasta ahora, no parecía dar alivio alguno. De pronto, la dulce voz de su padre se deslizaba por sus oídos, amable y cálida. Unos brazos lo estrechaban con ternura, un corazón rebosante de cariño le cantaba una canción de cuna, mientras la finura de un mar blanco le brindaba una caricia casi etérea. Poco a poco fue cerrando sus ojos, dejando que el lejano llamado del sueño se lo llevara.

Ya no escuchaba la canción de cuna, o los tambores de los truenos, ni siquiera el llanto del cielo que se oía desde la distancia con fiereza. Tan solo, el llamado de la inconsciencia que lo arrullaba y lo guiaba por el suave oleaje del mar.

Durante un largo tiempo no hubo tambor al cual escuchar, llanto al cual lamentar ni oleaje por el cual dejarse llevar. El amanecer se adosaba con lentitud mientras unos tenues rayos anaranjados rozaban la copa de los árboles y el viento movía sus hojas con fuerza, una fina brisa fresca recorrió el lugar a la vez que las gotas de rocío caían sobre la tierra húmeda. La imagen que revelaba el cristal era majestuosa, tranquilizadora y familiar, el silencio absoluto de la casa junto con los soplidos del viento del exterior lo incitaban a incorporarse, a levantarse de la cálida comodidad que le brindaba su cama para aproximarse hacia la ventana, a salir de su hogar y entrar a aquel bosque solitario. El pequeño se revolvía entre las sábanas, el chillar de la madera vieja se quejaba por el incesante movimiento y la tela poco a poco se separaba del colchón, terminando por dejar la cama totalmente desecha a la vez que se sentaba en el borde de la misma. Observaba sus pies descalzos que flotaban muy lejanos al suelo, la puerta a su lado que lo alejaba del resto de la casa, y por un momento sus ojos se desviaron en dirección a la ventana que estaba al fondo de la habitación, aquel portal de cristal en el cual estuvo horas observando hacia el exterior y el cual ahora le otorgaba una hermosa vista de los alrededores. Este patrón se repetía una y otra vez, por su mente viajaban pensamientos fugases, ideas arriesgadas para su edad y planes inadmisibles que lo agitaban. Su infantil pensamiento insistía en que se quedara ahí, en su cama. Pero había algo más, algo en su pecho que lo llenaba de una emoción desconocida, algo que lo atraía de manera exorbitante y sin mesura.