Lo recuerdo así

Sorpresivamente, me citó en la banca de un parque abandonado. Habíamos hablado por teléfono días atrás. Sabía quién era. No tenía nada que perder.

Desde hacía varios años, dominado por una sensación de desencanto, deambulaba sin propósito por las calles de la inhóspita ciudad. Veía a la gente merodear circunscrita a su individualismo, hostiles con los excluidos, insensibles al dolor ajeno…

Pese a su actitud idealista, que difería de la mía, le creí todo. Corroboré nombres, fechas y lugares después de la escueta conversación.

El tema me resultó familiar, recuerdo que desde pequeño mi padre me había leído sobre viajes en el tiempo y máquinas enigmáticas, mi viejo, que era matemático y muy aficionado a la ciencia ficción, me enseñó a creer en lo imposible y a conservar la mente abierta.

Al verlo reconocí en sus rasgos el mismo aire solitario, aunque conduciéndose con mayor propiedad, daba la impresión de haber logrado cierta serenidad y paz consigo mismo.

Observándolo minuciosamente y escuchándolo con más atención aún, no me inmuté cuando sacó el artefacto y me encargó la misión.

Al distanciarme lentamente logré reconocer bajo los parpados caídos y los surcos en las sienes aquella mirada melancólica e indolente, que devolví en gesto inequívoco de efecto especular.

Finalmente me vi alejándome, más viejo pero con aire compasivo y conciliador. Solo, sosteniendo el artefacto supe lo que tenía que hacer…

Lo arrojé al vacío.

¡Había visto lo suficiente para no creer en el futuro de la humanidad!

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