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Había agotado sus amistades en la red social mientras los días escapaban como los granos de reloj de arena y, aunque su mujer despertaba sonriente y apuraba un beso en el entrecejo de su hombre, él fingía devolver la caricia para evadir la continua turbación que le alejaba el sueño. El Instituto en donde ahora hacia uso del laboratorio no concluía su engranaje burocrático, y el cheque prometido como inicio de su beca no llegaba, dejándolo sin dinero para solventar las deudas que todos los días iban aumentando. Esa fue la razón por la que recurrió a sus contactos de la red social, que ahora se habían agotado como a él le había crecido la vergüenza para volver a pedirles otro préstamo.

Al primer mes de no llegar su pago decidió escribir claro y sencillo a todos los que siempre le ponían Me gusta a sus publicaciones. Consideró el perfil de cada uno de sus contactos: Los médicos siempre tienen dinero porque sus entradas son constantes; igual los abogados, o los que trabajan en universidades que saben cómo funciona esto de la burocracia académica. Ellos entenderían. Pero aquellos que más creyó que podían tenderle la mano, se disculparon: Mi carro se ha averiado, El esposo de mi hermana la abandonó y tengo que hacerme cargo de mis sobrinos. Todo para decir que no podían apoyarlo, ¿y quién podía culparlos? Pero aquellos en los que menos confianza tuvo, le hicieron de inmediato un depósito: Cuando puedas y tengas me lo devuelves.

El problema había sido resuelto para ese primer mes; para el segundo, usó a otros de sus contactos, con el mismo resultado, fue apoyado por las personas en las que menos confianza tenía al principio. Esos dos primeros meses logró enviar el dinero requerido para la manutención de sus hijos. Pero ahora se acercaba de nuevo la quincena, y la situación era la misma, el dinero siempre era necesario, y a pesar de las doce horas de pasarse metido en su bata de laboratorio, la universidad siempre tenía un pretexto más: Hay que cambiar un oficio, no ha podido firmar el director, que se necesita cambiar el protocolo, de arriba dijeron que mejor se regrese el protocolo como estaba al principio, mientras no se acepte el protocolo y no se firme el convenio, no se puede hacer la solicitud de su pago. Y los días seguían huyendo como los granos en el reloj de arena.

Su mujer no podía ayudarlo más, aunque quisiera. El dinero que ella cobraba por su trabajo en la Academia de Idiomas solo les alcanzaba para comer, y quizá para cubrir la renta del apartamento, pero no para enviar a los niños. La desesperación lo situaba al borde del suicidio, le metía ideas locas en la cabeza: Me dan ganas de asaltar a alguien. Tanto estudiar para terminar siendo un ladronzuelo: No hay nada peor que tener hijos y no tener los medios para sacarlos adelante. Ningún trabajo diferente podrá compensar la deuda que ahora tengo, y si la beca se sigue atrasando dónde conseguiré el efectivo que necesitamos. Veía pocos caminos para salir adelante.

Pensaba en seguir pidiendo prestado, en decir a las madres de sus hijos que tendrían que aguantar. O quizá desaparecer. Si dejo de escribir y llamarles, ellos no podrán encontrarme. Mejor no comunicarme hasta que la situación se resuelva. La Universidad no podrá seguir tardándose, tengo mi carta de aceptación para esta estancia, solo hay que saber esperar. Su mujer tampoco encontraba más palabras de aliento que ofrecerle. Trataba de animarlo, de no indisponerlo, le daba todo el dinero que cobraba, y continuaba sugiriendo que estuviera tranquilo, que no se desesperara, que el pago de la beca llegaría, aunque los meses se siguieran atrasando, e intentaba reanimarlo con algunas anécdotas de su familia: Mis tíos, que ahora se han jubilado, también padecieron esa falta de pago inicial cuando trabajaron en la universidad. Es la burocracia y no hay nada más que hacer que esperar. Ten ánimo. Tu ex esposa lo entenderá.

– Sé que tiene que entenderlo, y que buscará resolver la situación, pero el sentimiento de ser un miserable no me abandona. No es consuelo lo que los demás hagan o dejen de hacer, no me consuela como les ha ido a los demás, o lo que los demás enfrentaron; lo que no me deja dormir, y me mantiene desesperado, es pensar en todos los errores cometidos a lo largo de la vida que me tienen en este punto. En pensar si debo ya claudicar a esta idea de ser investigador, y mejor dedicarme a un trabajo de oficina como la mayor parte de las personas. Pero con el sueldo que me oferten no salimos adelante, mi deuda ha crecido demasiado ya. La burocracia es un terrible monstruo que nos mastica a su antojo. De qué sirven los estudios, si unos administradores seguirán tratándonos como mendigos.

Acompañó a su mujer hasta su oficina, en las afueras de la ciudad. Ella se despidió con un beso, y cerró la puerta muy despacio, pidiéndole confianza y sugiriéndole que trate de estar mejor, con la esperanza de verlo más tranquilo al concluir el día de trabajo. Apenas llevaba unos meses viviendo con él, y había comenzando a notar esos altibajos emocionales en que se situaba, la mayoría de las veces por los enredos económicos que lo ahorcaban con tal de que a sus hijos nos les faltara lo indispensable. «Siempre les he dado lo que necesitan. No poder hacerlo es tan deprimente».

No fue sino hasta llegar a la esquina, luego de despedirse de su mujer, cuando aquel hombre se presentó delante de él. Tenía la cara cuadrada, un bigote descuidado, cabello corto ceniciento, que se veía un poco aceitoso por alguna grasa. Llevaba pantalones de mezclilla, una camisa de manga larga de color azul, que apenas sobresalía de su chamarra gris. Cuando levantó la vista para observarlo, reconoció que quizá se habían cruzado con antelación alguna de las otras veces que había acompañado a su mujer hasta la oficina; ahí en los alrededores. Hoy lo miró arreglándose las uñas, como esperando a alguien justo en aquella esquina donde tenía que tomar el autobús para ir a la universidad. El hombre le miraba y luego se miraba las uñas de la mano derecha, mientras que ayudado con los dedos de la mano izquierda se las iba limpiando. El tipo le sonrió como si estuviera esperándolo a él. Cuando llegó a la esquina, junto a él, a un lado del paradero del autobús aquel hombre le ofreció un cigarro. Lo aceptó, quería mitigar un poco su continuo nerviosismo, y permitió que le acercara la lumbre del encendedor.

– Le estaba esperando. Usted disculpara el atrevimiento, le vi dejar a su mujer en la oficina, y como yo iba saliendo de la Academia de Idiomas, no pude evitar escuchar que anda usted en apuros económicos. Así que le esperé para ofrecerle una forma… de apoyo, digamos.

– Si se trata de un préstamo, o de una tarjeta, olvídelo, estoy en el buró de crédito.

– Mis servicios van más allá, amigo. Tengo la posibilidad de ofrecerle un trato, que le evitará para siempre volver a pensar en cómo conseguir dinero.

Estaba harto de esa gente que se acerca a ofrecer cosas, o que intenta hacer plática sin siquiera pensar en respetar el silencio del otro, pero no quiso ser grosero. Continuamente había personas que se le acercaban a ofrecerle todo tipo de negocios, donde «no hay nada de inversión», y que resulta un total fraude. Pero en aquella esquina pasaba el autobús que lo llevaría a la universidad, y había aceptado el cigarrillo, así que no había forma de evadir la plática.

– Dígame.

– Usted anda necesitado de recursos económicos y yo puedo entregarle ahora mismo una suma suficiente como para que usted deje de preocuparse por enviar dinero a sus hijos; le ofrezco igual el efectivo suficiente para que liquide las deudas que hasta ahora haya contraído.

– ¿Pero cómo puede usted saber a cuánto asciende mi deuda?

– Amigo, es claro que no lo sé. Pero eso no es lo importante. Yo le daré lo que usted necesite. Solo tenemos que firmar un contrato -y extrajo del bolsillo de su chaqueta gris unos papeles mal doblados, y un pequeño estuche de plástico negro, donde bien pudo contener un lapicero, una aguja o una navaja- Está en que usted se decida, mi amigo.

– No entiendo muy bien. Usted no me conoce, apenas ha escuchado parte de la plática con mi mujer al dejarla en su oficina, y ahora me ofrece dinero para solventar mis deudas.

– Y una mensualidad suficiente para que no tenga que volver a contraerlas.

– Pero yo tengo una beca, solo que aun no me la pagan. Y eso implica un compromiso de tiempo, no puedo trabajar de otra cosa por ahora.

– Conmigo no necesita usted dejar esa beca, no le estoy ofreciendo trabajo. Y precisamente, esto podría considerarse como una beca extra. Un pago mensual.

– ¿Entonces me dará dinero sin que yo tenga que dar nada?

– Claro que no, amigo; siempre hay algo que dar a cambio.

– Pero usted no me ha dicho ¿qué es lo que quiere de mi? Si no es trabajo, ni tengo que dedicarle tiempo. ¿Qué es lo que tengo que darle?

Aquel hombre lo miró con extrema fijeza. Expulsaba lujuria por los ojos. El autobús paró junto a ellos, abrió la puerta para invitarlo a subir, pero aquel individuo lo retuvo poniendo la mano con que sostenía los papeles sobre su pecho, mientras miraba al chofer con tal profundidad que le hizo cerrar la puerta de nuevo y marcharse.

– Siempre hay algo que usted puede darme, le repito.

Dio un paso atrás para que el hombre retirara la mano de su pecho, y para poder mirarle de cuerpo entero. Ahora no sólo estaba confundido, sentía ese temor que hace estar alerta ante un peligro. El humo del tabaco creaba un pequeño neblinaje detrás del cual pudo ver al hombre que le ofrecía el trato. No había nada distinto en él de todas las personas con las que a diario se topaba. Era un tipo vestido sin grandes lujos, camisa de vestir, pantalón de mezclilla, chamarra gris; no se le veía agresivo. Giró la cabeza para ver si encontraba algún automóvil lujoso alrededor de ellos, pero no había ninguno aparcado cerca.

– ¿Le interesa liquidar sus deudas hoy mismo, o no?- insistió aquel hombre.

– Claro, pero…- y dudó. Las noches de insomnio y la intranquilidad por la deuda y sus necesidades económicas lo estaban trastornando. No dejaba de pensar. No podía conciliar el sueño, y sus pesadillas le estaban arrastrando a la desesperación. Fue cuando intuyó y creyó pensar que se encontraba frente al diablo. Se miró de pie en una encrucijada en la que tendría que poner a prueba su egoísmo y su angustia. Aquellas historias que siempre le habían parecido mitos referentes a la codicia, a la avaricia de la sociedad, a esa forma de conseguir dinero fácil entregando… el alma, vinieron a su mente. Se sabía un hombre creyente, temeroso del destino que se construye paso a paso, y no tomando caminos alternos que pudieran poner en riesgo su vida y su libertad. Dio una fumada larga a su cigarro, para luego lanzarlo al piso, sin dejar de ver el rostro sonriente de aquel hombre, que ahora paseaba los papeles del contrato por sus ojos.

– ¿Quiere que leamos el contrato, para que usted lo firme? En este preciso instante usted puede olvidarse de todos sus problemas económicos. Solo decídase y entonces le explicaré los pormenores de este acuerdo.

– No puedo hacerlo. Por más pobreza que ahora padezca, nada será tan terrible como para que yo le entregue mi alma al diablo.

– ¿Alma? Pero de qué diablos está usted hablando. Lo que quiero es que me entregue a su mujer. Tengo una casa de citas. He estado mirando a su mujer entrar y salir de esta oficina todos los días. En esta academia de idiomas me he conseguido varias chicas anteriormente, porque a nuestros clientes les gusta que las mujeres hablen varios idiomas para poder darse a entender con ellas y vivir una mejor experiencia. Llevo varios meses visitando esta academia, y otras escuelas de idiomas que contratan jóvenes con cierta regularidad. Es un buen lugar para conectar mujeres. Le entregaré el dinero de inmediato, solo firme este contrato, y nosotros nos encargaremos de su mujer. El contrato indica que usted no podrá verla más, pero mes a mes le llegará dinero a su cuenta de banco. Es mejor arreglarnos con usted, que tener que secuestrarla, y que usted comience a buscarla y hacer indagatorias que nos pongan en el ojo de la autoridad. De esta forma, usted se beneficia económicamente, y será más difícil que alguien más pregunte por ella. Este contrato lo compromete a usted como a nosotros. Si usted dice algo, cae también. Además le doy mi palabra que a ella la trataremos adecuadamente, nadie va a lastimarla o a matarla. Tenemos un tipo de cliente que busca un tipo especial de mujer, y eso las aleja de peligro. Pero si no quiere aceptar, pues no ha pasado nada. Usted no sabe siquiera quien soy yo.

Mientras aquel hombre hablaba, pensó en su mujer, en aquel beso que diario le daba al amanecer, y en todas las veces que le tomaba de las manos o se recostaba en su pecho y le decía: «Todo va a estar bien». Llevaban apenas unos meses viviendo juntos, pero los días se hacían ágiles estando con ella. Le gustaba la forma en que lo miraba siempre, mientras bebían café, se daban una ducha, juntos, o se podían pasar muchas horas mirando la televisión, sin dejar de platicar.

– Tampoco mi mujer está en venta –dijo mientras abordaba el autobús que acababa de orillarse, para poner distancia- ¡Es usted peor que el diablo!, -y el autobús arrancó alejándolo de aquel hombre, que volvió a sonreír, mientras se guardaba los papeles en el bolsillo interior de su chamarra.

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